Según hablamos, pensamos
“La palabra es un arma cargada, decía Julio Cortázar. Por eso la gran importancia del léxico que se emplea en los medios de difusión masiva.”
Pensamos con palabras. O sea que tal como escribimos o hablamos, es como pensamos.
De tanta alaraca e invasión de palabras perduellis devienen sacrilegios, como afirmar: “Las Malvinas serán argentinas cuando los kelpers voten con los pies, que quieran ser argentinos”.
Sacrilegio, porque el mismo malhablado, días después, decía que "se trata Malvinas de una causa sagrada".
Y es digno recordar que toda política, como arquitecta del bien común, es la realización práctica de una teología. Tan sagrada su expresión que el coronel Seineldín, uno de los que estuvieron al frente del desembarco, la bautizó como “Operación Nuestra Señora del Rosario”. Brilló allí la palabra de honor y de fe.
Pero si nos acostumbramos a hablar chabacanerías vamos a terminar pensando chabacanerías.
La palabra es un arma cargada, decía Julio Cortázar. Por eso la gran importancia del léxico que se emplea en los medios de difusión masiva donde a un oidor desprevenido, al escuchar sandeces, vulgaridades u ordinarieces -sin apercibirse de ello- le van cambiando el pensamiento o lo que es peor, se lo adormecen.
De ahí se pasa a la acción, o no, en función de cómo pensamos. El triunfo del capanga no reside en tener esclavos por sometidos, sino porque los mismos están conformes con serlo.
Esa especie de modorra que hoy asusta y que invade sibilinamente como parálisis a nuestro pueblo con tanta hambre, desocupación, industricidio y muerte postulada como paradigma siniestro de un geonocidio a cuentagotas, para alcanzar la meta liberal (Llach) "de una Argentina para diez millones de habitantes".
Muletillas como “nada” -especie de apoyo a no poder o no querer argumentar- o "me hizo ruido”-para significar que algo “llama la atención”-, o la reiterada a diario por el señor presidente: “o sea, sigamos, o sea, este”, tan insignificantes como vacuas.
Pero la palabra también es la base de lo más excelso: “en el principio era el Verbo”.
O la palabra como poesía (Cecilia Roggero) para complacernos: ”Hay palabras redondas, como mundo, como hueco, como sol / Hay palabras que acompañan, como luz, perro, sombra / Hay palabras que lloran, como lluvia / Hay palabras amargas, como tónico / Difíciles, como “lo siento” / Hay palabras y palabras / las que se dicen, las que se callan / Grandotas, como grito o castigo / Palabras que ríen, como circo / Palabras tristes, como fin / Hay las que duelen, como Gaza / Hay las que abren puertas misteriosas”.
Palabras sabias como las de Abba Eban: “Nunca subestimes la locura como componente esencial de la política”.
Apunto que malas palabras son hambre, apalear jubilados, ajustar el cinturón, endeudarnos con el FMI, deslealtad, mentir, traición, cobardía, pobreza, vulnerabilidad, abandono, desamor, desagradecido, fallar, hipocresía, mal hijo, padre abandónico, extorsionar, coimear con fondos de discapacidad, estafar con Libra...
Sobran malas palabras de ese estilo.