Sacar las ideas políticas del clóset
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En este último tiempo, en distintos escenarios se repite la misma pregunta y es si las democracias están en riesgo frente al poder de los tecnócratas. Les confieso que al principio me pareció casi una locura, una discusión lejana y hasta de ciencia ficción.
Pero el 9 de septiembre, cuando Jacob Coxon, un investigador que trabajó en OpenAI y en Anthropic, renuncia y escribe en X que quienes construyen la inteligencia artificial creen que podría matarnos a todos antes de que termine la década, analicé más a fondo toda esta cuestión.
No puedo asegurar si tiene razón sobre el final del mundo, pero su advertencia pone en primer plano que gran parte de nuestra conversación política pasa por las redes sociales, las plataformas y la inteligencia artificial, y todo eso está en manos de unos pocos dueños que deciden cómo funcionan.
Elon Musk, uno de los referentes de la nueva derecha tecnológica, compra la red social donde se discute buena parte de la política del planeta. Peter Thiel, otro de los grandes financistas de la nueva derecha tecnológica, sostiene en secreto la demanda judicial que termina con la quiebra del medio digital Gawker. Sin dudas, son dos gestos distintos pero que dicen lo mismo, porque quien tiene el poder decide qué voces suenan y cuánto cuesta levantar la voz.
Es decir, unos pocos concentran parlantes, muchos bajamos el volumen. Ellos amplifican mientras nosotros medimos cada palabra.
Entonces desde la Psicología Política la pregunta es: ¿qué pasa con una democracia cuando empezamos a callar lo que pensamos?
Y tomo prestada una expresión que proviene de una historia y un proceso a veces muy doloroso: salir del clóset. Obviamente no equiparo experiencias, la uso porque nombra lo que hacemos cuando escondemos lo que pensamos para no pagar el costo de decirlo y las consecuencias.
Pero este clóset no tiene puerta ni llave y se arma de a poco. En la sobremesa del domingo cuando alguien cambia de tema justo cuando la charla va hacia la política para evitar la discusión, en algún grupo de WhatsApp donde leemos y no contestamos, en el trabajo donde preferimos asentir antes que discutir. Nadie nos encierra, nos guardamos solos, y cada vez que callamos el clóset se convierte en el lugar seguro.
No hay censura ni leyes que prohíban opinar, sino que ocurre algo dentro de cada uno, hacemos un cálculo rápido y decimos “mejor cierro la boca”.
Solomon Asch, psicólogo social y uno de los pioneros en el estudio de la conformidad, nos ayuda a entender este mecanismo de “llamarse a silencio”. Sus experimentos en los años 50 muestran que muchas personas repiten lo que dice la mayoría aun sabiendo que está equivocada, no porque el grupo las convenza sino para no quedar afuera. Asch descubre también que esa presión solo funciona si todo el grupo dice lo mismo, porque basta que una persona diga otra cosa para que los demás se animen a hablar.
A su vez, Paulo Freire, autor de “Pedagogía del oprimido”, llama cultura del silencio a lo que ocurre cuando quienes están sometidos aceptan que su palabra no vale y dejan que otros nombren el mundo por ellos. Para el pedagogo brasileño, salir de ese silencio no es un acto individual sino un proceso colectivo de toma de conciencia, que empieza cuando alguien recupera el derecho a decir su propia palabra.
Este mecanismo voluntario que manda las ideas al “clóset” tiene un aliado formidable, y juntos forman el “combo” perfecto. El que controla una plataforma no necesita convencernos de nada, solo elige qué mensajes vemos y cuáles se repiten, y la inteligencia artificial hace que eso sea cada vez más fácil y más barato. De hecho, descubrieron granjas de bots, redes de perfiles falsos fabricados con inteligencia artificial que se hacían pasar por personas comunes.
Cuando se habla de inteligencia artificial, plataformas y democracia, el miedo más común es que nos manipulen el voto. Pero la democracia no se juega solo el día que votamos, se juega todos los días en la conversación, y ahí el riesgo es otro. Si nos hacen creer que somos pocos, o si decir lo que pensamos nos trae insultos, muchos se callan. Y cuando gana el silencio, la conversación queda en manos de quien controla la plataforma.
Desde la Psicología Política debemos ir un paso más allá del algoritmo y mirar qué nos pasa cuando no decimos lo que pensamos. Entonces la pregunta es: ¿En qué se convierte una democracia cuando unos pocos deciden de qué se habla y muchos renuncian a su propia voz?
En el experimento de Asch el grupo está sentado en la misma sala. Hoy ese grupo nos habla desde una pantalla, y muchas veces ni siquiera existe, porque esas granjas de bots fabrican una multitud que insulta, descalifica y castiga a quien se anima a decir otra cosa. Frente a ese odio amplificado, muchos eligen el clóset, no porque hayan cambiado de idea sino porque decirla se volvió demasiado caro.
Acá tenemos una versión “argenta”. Según un informe de FOPEA, la palabra que el Presidente más repite en X para descalificar es “kuka”. De hecho, por estas columnas, me tildan de “kuka” o peronista como insulto, yo sigo, pero sé que muchos ante esta situación se meten en el clóset.
Cuando el silencio deja de ser una decisión privada y se vuelve un hecho político, cada voz que se apaga le deja más espacio a quien concentra el poder y la conversación. Y es muy grave que en una democracia la palabra exista, pero cada vez menos personas se animen a expresarse, porque el silencio no es prudencia ni neutralidad, el silencio es sumisión.
La salida de esto no necesita héroes, los "Thiel" que nos empujan al silencio se desvanecen cuando las voces se amplifican. Por eso propongo sacar las ideas políticas del clóset y sensibilizar. La puerta se abre desde adentro, y si nos callamos, la conversación no queda vacía, la ocupan otros.