Edelsztein: “Sin financiamiento público no hay ciencia; y sin confianza fundada no hay sociedad”
“Es imprescindible explicar por qué debe existir el recurso estatal”, dice Valeria Edelsztein, una voz influyente en la comunicación del sector. También habla de individualismo epistemológico, antivacunas y negacionismo climático.
Periodista. Círculo de Periodistas Deportivos de Bahía Blanca. Fue redactor de la revista Encestando (1985-2000). Desde 1987 trabaja en el diario La Nueva Provincia (hoy La Nueva.). Pasó por las secciones Deportes, La Región y La Ciudad, donde se desempeña actualmente. Está especializado en periodismo agropecuario desde 2001. Miembro de la Asociación Bonaerense de Periodistas Agropecuarios. Responsable de las páginas webs de la Asociación de Ganaderos (AGA) y de Abopa.
“La situación del sistema científico-tecnológico y de la universidad pública en nuestro país es catastrófica por el nivel de desfinanciamiento y desmantelamiento que se viene ejecutando desde diciembre de 2023. El impacto de las medidas tomadas por el Gobierno representa un golpe casi mortal contra todo aquello que defendemos”.
Para Valeria Edelsztein, doctora en Química, docente, investigadora y una de las voces más influyentes en la comunicación pública de las ciencias en la Argentina, se vuelve imprescindible salir a comunicar no solo qué investigaciones se llevan a cabo, sino por qué es indispensable que exista financiamiento público estatal.
Autora de libros emblemáticos como Los remedios de la abuela y Científicas, ex columnista del programa Científicos Industria Argentina y @valearvejita en IG, Edelsztein actualmente investiga, junto a Claudio Cormick (NdR: doctor en Filosofía por la UBA, escritor, docente y divulgador científico), la manera en que circula el conocimiento y la dinámica interna de los discursos anticientíficos.
En una extensa conversación con La Nueva. en oportunidad de una reciente visita a nuestra ciudad, no solo analiza el desmantelamiento del sistema científico-tecnológico argentino, sino que desentraña cómo el individualismo epistemológico alimenta las teorías del terraplanismo, de las posturas antivacunas y del negacionismo climático.
—Algunos discursos argumentan que la inversión en investigación debería recaer exclusivamente en el sector privado. ¿Qué tan factible es esa premisa?
—Sostener que el privado va a asumir el financiamiento de la investigación científica es una mezcla entre ingenuidad y crueldad. Es una postura ingenua porque desconoce el funcionamiento real de la ciencia, y es cruel porque demuestra que no importan las necesidades ni la vida de las personas. Al sector privado no le interesan los problemas sociales o de salud que atraviesan a la población si no representan un negocio rentable.
“Un caso emblemático es el del Chagas, una enfermedad endémica de países pobres donde el 70 % de las investigaciones globales se sostienen con fondos públicos. Cuando dos multinacionales farmacéuticas decidieron interrumpir la fabricación de los únicos dos medicamentos disponibles por falta de rentabilidad, la producción tuvo que ser rescatada por un laboratorio estatal en Brasil y por la presión de organismos internacionales. Además, la primera formulación pediátrica de la historia contra el Chagas se logró en la Argentina gracias a un desarrollo público con consorcios internacionales, evitando que las familias tuvieran que fraccionar manualmente las pastillas sin certeza de la dosis”.
—También has mencionado el ejemplo de la energía nuclear como una contradicción del discurso de mercado...
—Exactamente. Existe una profunda incoherencia entre la tecnofilia que muestra el Gobierno nacional por la energía nuclear, o la inteligencia artificial, y su fundamentalismo de mercado. En la Argentina nunca hubo capitales privados que invirtieran en energía nuclear porque implicaba un riesgo financiero demasiado elevado; incluso, durante la ola de privatizaciones de la década del 90 fue uno de los pocos sectores que no se privatizó por esa misma razón. Toda la infraestructura y el desarrollo nuclear del país se construyeron con financiamiento estatal.
“Por otra parte, las políticas actuales están hipotecando el futuro del país al provocar una fuga masiva de recursos humanos de excelencia, formados por el Estado gracias al esfuerzo de la ciudadanía, que se están yendo y que difícilmente volveremos a recuperar”.
—Frente a esta crisis, ¿de qué manera debe articularse la respuesta de la comunidad científica?
—La salida es colectiva y es en las calles luchando. No alcanza con dar una pelea aislada dentro del sector de ciencia y técnica. Desde que asumió esta gestión venimos organizando festivales de comunicación, asambleas en el polo científico tecnológico y marchas masivas en confluencia con otros sectores. Aunque antes de diciembre de 2023 la situación no era perfecta, este ajuste brutal y vertiginoso no tiene precedentes en la historia reciente, por lo que exige defender la salud, la educación y la ciencia pública de manera conjunta y poniendo el cuerpo.
—Antes de abordar los discursos anticientíficos, ¿cómo nació tu vocación? ¿elegiste la ciencia o la comunicación de la ciencia te llegó a vos?
—Mi acercamiento a la ciencia no vino de cuna, sino de una profesora de fisicoquímica de tercer año de la secundaria, Ana Rybak (NdR: licenciada en Química por la UBA y docente de niveles medio, terciario y universitario). Un día nos explicó los modelos atómicos y lanzó la pregunta: si el núcleo es positivo y los electrones son negativos, ¿por qué no se caen ni se pegotean? Lo determinante no fue la respuesta, sino el click mental de descubrir lo fascinante que era hacerse preguntas, no saber la respuesta y salir a buscarla.
“Sostener que el sector privado va a asumir el financiamiento de la investigación científica es una mezcla entre ingenuidad y crueldad”.
“Elegí la orientación de técnica química, hice la licenciatura y luego el doctorado. Durante esta última etapa, me di cuenta de que, aunque me apasionaba el trabajo de laboratorio, me faltaba algo crucial: salir a contar lo que hacíamos. Sin conocerlo, en 2010 le escribí un mail a Diego Golombek (NdR: doctor en Ciencias Biológicas, especialista en cronobiología y divulgador científico) para pedirle un consejo. Me propuso presentarle una idea y de allí surgió Los remedios de la abuela, mi primer libro en la colección Ciencia que ladra. Eso me abrió las puertas para trabajar con Adrián Paenza (NdR: periodista, matemático y docente) en el programa Científicos Industria Argentina y escribir, posteriormente, Científicas.
Tratado sobre la falsa trampa de las dos campanas
—Junto al Dr. Claudio Cormick ofrecieron una conferencia en la UNS titulada ¿Por qué somos todos terraplanistas? Ahora te pregunto: ¿Lo somos?
—En realidad el título busca, justamente, provocar para poner en debate una idea muy arraigada en la enseñanza y en la divulgación: la noción de que la verdadera actitud científica consiste en cuestionar absolutamente todo, todo el tiempo. Nosotros sostenemos que esa premisa extrema es un problema porque es, exactamente, la bandera del terraplanismo. Ellos afirman que no se debe confiar en nadie ni en el consenso experto de los astrónomos o de la NASA, sino que cada individuo debe verificar la evidencia de primera mano. Llevan esto a límites drásticos construyendo cohetes caseros y lanzándolos al desierto. A esa actitud la denominamos individualismo epistemológico; es decir, la creencia de que la única forma válida de adquirir conocimiento es la comprobación personal.
—¿Por qué resulta inviable aplicar esa postura en la vida cotidiana?
—Porque el conocimiento que ha construido la humanidad a lo largo de la historia es gigantesco y resulta imposible que quepa en una sola mente humana.
“En la práctica, somos profundamente ignorantes en casi todas las materias, salvo en nuestra pequeña área de especialización. Para sobrevivir, dependemos de una confianza fundada y racional. Todos los días abrimos la canilla y tomamos agua confiando en que fue potabilizada; nos subimos a ascensores o aviones confiando en los ingenieros que los construyeron y consumimos latas de alimentos sin hacerles previamente un análisis bromatológico. Si desde las escuelas insistimos en que hay que verificar todo de manera individual, terminamos formando personas con una matriz de pensamiento terraplanista”.
—Suele agruparse al terraplanismo, a los movimientos antivacunas y al negacionismo climático en una misma bolsa. Sin embargo, tus investigaciones muestran que operan de forma diferente...
—La diferencia clave radica en la forma en que cada grupo se vincula con el consenso experto. El principal argumento sobre el cambio climático es negar la existencia de un consenso, sosteniendo que los científicos aún no se han puesto de acuerdo. En este grupo, la evidencia demuestra que, al informarles formalmente que existe más de un 97 % de acuerdo entre los climatólogos sobre el origen antrópico del fenómeno, muchas personas modifican su postura.
“Los movimientos antivacunas reconocen abiertamente que existe un consenso médico e institucional, como el de la OMS (NdR: Organización Mundial de la Salud), que afirma que las vacunas son seguras y efectivas, pero niegan que dicho consenso sea probatorio. Argumentan que se trata de una conspiración global, por intereses económicos o tecnologías 5G, y depositan su fe en ciertos expertos marginales que operan por fuera de la comunidad científica.
“Los terraplanistas admiten que la mayoría de la sociedad y de la ciencia considera que la Tierra es esférica, pero afirman que se trata de una conspiración global. A esto le suman el individualismo epistemológico radical; esto es, rechazan la distinción entre un experto y un lego, exigiendo que solo la verificación presencial de primera mano es válida”.
—Frente a estos discursos, ¿cuál es la responsabilidad del periodismo y de la educación científica?
—El periodismo cumple un rol fundamental de mediación entre el conocimiento científico y la sociedad. Un error muy extendido es caer en la falsa trampa de las dos campanas, donde se presenta en pie de igualdad a un especialista, que habla en representación de un consenso respaldado por décadas de evidencia sólida, frente a una persona negacionista que expresa una mera opinión personal. Presentar ambas posturas como equivalentes estimula el negacionismo.
“El verdadero pensamiento crítico que debemos cultivar, tanto desde las aulas como desde los medios, no consiste en empujar a la gente a chequear la evidencia primaria, lo cual es impracticable, sino en enseñar a evaluar la credibilidad de las instituciones y aprender a identificar cuáles son las fuentes confiables en las que podemos depositar una confianza fundada”.