Bahía Blanca | Domingo, 25 de febrero

Bahía Blanca | Domingo, 25 de febrero

Bahía Blanca | Domingo, 25 de febrero

El calor en Bahía, ¿es de ahora o es de siempre?

Historias de cuando el calentamiento global y otras cuestiones ambientales no eran todavía parte de agenda alguna.

Bahía en enero siempre fue un horno. Grado más, grado menos, desde principios de siglo las temperaturas en ese mes supieron alcanzar de manera habitual los 40º C, convirtiendo a la ciudad en un verdadero infierno.

Dan cuenta de eso crónicas de época, en tiempos donde a duras penas el calor se combatía con un ventilador, donde no había heladeras eléctricas ni aire acondicionado y el único punto a favor es que no se cortaba internet ni el cable porque esas prestaciones eran cosas del futuro.

Una crónica de este diario de enero de 1923 da cuenta del clima local, cuando el calentamiento global y otras cuestiones ambientales no eran todavía parte de agenda alguna.

“Decididamente, el clima bahiense tiene veleidades de mujer histérica”, señalaba la nota en La Nueva Provincia, poniendo ya el pie en una postura machista que hoy se condenaría sin piedad.

La referencia es porque se habían sucedido unos días “impertinentemente fríos”, como si el invierno hubiese querido despedirse “haciendo una intrusión furtiva en la estación estival” y a los pocos días el verano apareció en todo su esplendor, clamando venganza con una “pascua de horno”.

“El sol rajaba la tierra; el resplandor caldeaba el aire; las calles despedían un vaho asfixiante; la gente se desesperaba de ese baño turco romano que se le hacía tomar a la fuerza”, se describió de manera por demás ilustrativa.

Soplaba un poco de viento, es cierto, pero lo único que lograba era aumentar la molestia con la tierra que levantaba. Era lo que durante mucho tiempo se llamó “un día de Bahía”: Calor, vaho y viento caliente.

“¡Qué cosa bárbara”! repetían los caminantes mientras con un pañuelo de tela se humedecía recogía de la frente, el cuello, las narices, las manos y otras partes las gruesas gotas de exudación, “para no decir sudor –explicaba el escrito—que es una palabra fea y a veces sucia”.

Se esperaba que a la tardecita la temperatura bajara, que el día se pusiera “un poquito más decente”, pero la esperanza se desvaneció cuando el termómetro mantenía firme su mercurio, marcando 38ºC a la sombra. 

La decencia llegó a la noche, porque además, un detalle no menor, es el momento en que es más fácil “aliviarse de ropa, aflojarse botones y cordones”, manejos a los que se podía atribuir la sensación de relativo alivio.

Pero además se sumaba la infaltable brisa, que refrescaba a pesar de arrastrar tierra, papeles y basura.

Un siglo

Un año después, el 21  enero de 1924, el termómetro trepó a 43.6 ºC, una temperatura “tropical y asfixiante, desusada para la ciudad”, señaló este diario.

Ese registro “a la sombra”, con lo cual una isla de calor, en el centro, en el asfalto, sin un árbol, debía orillar los 50º C.

“Ha sido un día bochornoso, cansino y agotador, con el viento que sopló con extrema violencia y era tan quemante la avalancha ventosa que más de uno debía detenerse un momento antes de poder seguir. En la calle el aire era “irrespirable” y los pocos viandantes buscaban desesperados un poco de sombra”.

En su oficina meteorológica, el vecino Ambrosio Proverbio, registraba algunos datos adicionales: higrómetro 10, nubes clase claro, vientos del Nord Oeste a 50 km/h, probabilidades de lluvia.

Los gatos

El dato más antiguo que se tiene de un día abrasador lo aportó en 1943 el vecino Lucas Abad, una especie de “activo ambulante” de Bahía Blanca.

Abad recordaba con claridad la jornada del 4 de enero de 1883, cuando el termómetro llegó a 45ºC a la sombra a las 5 de la tarde y los gatos –primeras víctimas del calor—“comenzaron a morirse”.

Esa jornada el propio Felipe Caronti, que llevaba un detallado registro del clima local desde 1854, aseguró que jamás había notado tanto calor.

“De continuar así peligra la existencia de todos los habitantes”, dijo.

A la nochecita, los habitantes encontraron algo de alivio: el viento rotó al sudeste y alcanzó a reanimar a los “abatidos espíritus que había atravesado el abrasador día”.