Bahía Blanca | Jueves, 22 de febrero

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Cuando Bahía Blanca no formó parte de Argentina (parte 3)

Entre 1852 y 1861, la Provincia de Buenos Aires fue un Estado independiente, con autoridades, leyes, moneda y ejército propios, al margen de la Confederación comandada por Urquiza. Y la ciudad, por entonces un poblado, ocupó un rol decisivo en los planes de los gobiernos secesionistas.

Capítulo 3

(Para leer los capítulos 1 y 2, haga clic acá)

 

Los últimos dos años de existencia del Estado de Buenos Aires fueron tan intensos para la Provincia como para Bahía Blanca.

Luego de un período de cierta estabilidad política con la Confederación -en buena medida por los intentos conciliadores del presidente Justo José de Urquiza, que intentaba negociar el reingreso, sobre todo para restablecer las finanzas de su propia administración- la asunción de Valentín Alsina como gobernador, en diciembre de 1858, marcó el regreso de las hostilidades.

El nuevo mandatario era el jefe del Partido Autonomista, un sector que impulsaba directamente la secesión bonaerense del resto del país, a diferencia del Partido Nacional de Bartolomé Mitre, que buscaba la reincorporación del Estado a la Confederación, pero imponiendo el dominio bonaerense al resto de las provincias.

Alsina mostró rápidamente una actitud más agresiva hacia el gobierno de Paraná, con intromisiones directas sobre los conflictos de otras provincias, en busca de beneficiar a los sectores unitarios locales en sus disputas con los federales. Buscaba así desestabilizar a Urquiza para que abandonara sus planes de unidad entre ambos estados.

Cada vez más irritado, el Congreso confederado dictó en abril de 1859 una ley que habilitaba al Ejecutivo a reincorporar a la provincia disidente, de manera pacífica o por la fuerza.

Valentín Alsina

Inevitablemente el gobierno bonaerense interpretó esa decisión como una declaración de guerra y comenzó los preparativos bélicos, con el general Bartolomé Mitre al mando de las fuerzas.

En ese contexto, a las cuatro de la mañana del 19 de mayo de 1859, un malón con más de dos mil lanzas al mando del cacique Calfucurá ingresó a toda velocidad por las calles Zelarrayán y Estomba luego de atravesar el bañado de Giménez -lo que hoy es el Parque de Mayo- y sortear el sistema de defensa del fuerte bahiense.

Los detalles del asalto, tan sorpresivo como contundente, son largamente conocidos. De acuerdo con las investigaciones de diferentes historiadores, en los combates fallecieron seis vecinos y un número de lanceros que, según las diversas fuentes, varía de 60 a 200 víctimas.

La ofensiva no fue un hecho aislado, propio de las constantes tensiones de la frontera, sino que estuvo directamente influenciada por la pulseada entre Buenos Aires y Paraná: Calfucurá mantenía una buena relación táctica con Urquiza, casi como una continuidad de su vínculo cordial con Rosas.

Pero al mismo tiempo acumulaba rencores con el gobierno provincial, en especial luego del asesinato de José María Yanquetruz durante una pelea en la pulpería de Luis Silva, frente a la plaza del fuerte, y de la incursión del ejército a sus tolderías en las Salinas Grandes, un año antes.

Calfucurá

El episodio del malón resultó tan traumático para la población que militares y civiles acordaron reforzar casi por completo tanto las defensas en murallas, puentes y barracas como el sistema de guardias de vigilancia.

La creciente agitación política que se respiraba en la provincia explotó el 23 de octubre de 1859, cuando las fuerzas del Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina chocaron finalmente en la cañada del arroyo de Cepeda, cerca del límite provincial con Santa Fe.

La batalla fue relativamente corta: el ejército confederado, superior en número y experiencia de combate, derrotó al comandado por Mitre en unas pocas horas, gracias a un efectivo movimiento conjunto de infantería y caballería.

El triunfo le permitió a Urquiza internarse en territorio bonaerense hasta llegar al pueblo de San José de Flores -actualmente el barrio porteño del mismo nombre-, desde donde presionó a las autoridades del Estado para lograr la inmediata reincorporación de la Provincia al país.

La oferta confederada consistía en restablecer la “integridad nacional” a cambio de permitirle a Buenos Aires una revisión de la Constitución de 1853, con la posibilidad de introducir modificaciones al texto, además de la promesa de que no habría sanciones para los responsables de la secesión declarada siete años antes.

La Batalla de Cepeda

Claro que no sólo se trataba de concesiones: desde el campamento de Urquiza también se exigió la inmediata renuncia de Alsina, a quien consideraban como un obstáculo para las negociaciones.

El mandatario provincial intentó negarse, pero la Legislatura le solicitó la dimisión ya que su resistencia “era en ese momento inútil para la paz como para la guerra”.

Cuatro días después de su salida, el 11 de noviembre, los representantes de ambos bandos acordaron la firma del Pacto de Flores, por el cual el Estado de Buenos Aires se declaraba parte de la Confederación.

Pero la unidad estaba lejos de consumarse.

En Bahía, mientras tanto, la Comisión Municipal -integrada en ese momento por Sixto Laspiur, Mauricio Méndez y Cornelio Galván- trataba de impulsar una mejora general de las condiciones de la población. Si las secuelas del malón obligaron a reforzar todos los sistema de defensa, el paso de la comisión exploradora de Carlos Pellegrini también resultó determinante para iniciar un período de modernización de las casas, los comercios y los edificios públicos.

Sixto Laspiur

Una de las primeras decisiones fue la construcción de una nueva catedral sobre el terreno de la antigua iglesia, en el mismo predio en que se encuentra actualmente. Laspiur encabezó una colecta de fondos entre los vecinos mientras Filippo Caronti trazó los planos del edificio, que abrió sus puertas finalmente en septiembre de 1860, con una ceremonia de bendición a cargo del presbítero Miguel Marchiano.

Casi de inmediato, a metros del nuevo templo comenzó a levantarse una escuela por impulso del jefe del Departamento de Escuelas bonaerenses, Domingo Faustino Sarmiento, que incluiría en su matrícula tanto a la Escuela de Varones creada en 1854 como la flamante Escuela de Niñas, inaugurada en noviembre de 1858 bajo la dirección de Rita Rodríguez de Sagari.

Alrededor de las nuevas construcciones, en las cuadras que comenzaban a extenderse en torno al fuerte, comenzó a notarse una incipiente vida comercial: las pulperías que caracterizaron las primeras décadas bahienses se habían diversificado en rubros como almacenes de comestibles y tejidos, tabernas, fondas, panaderías y una carnicería.

Un esbozo de prosperidad sobrevolaba el poblado, aunque la vida cotidiana seguía con una marcada dependencia de lo que se decidía en Buenos Aires.

En marzo de 1860, la asunción del abogado cordobés Santiago Derqui como sucesor de Justo José de Urquiza en la Presidencia pareció iniciar un período de relativa tranquilidad. En ese contexto fueron aprobadas todas las reformas propuestas por la Provincia al texto constitucional de 1853, y pocos meses después los porteños y bonaerenses fueron convocados por el gobernador Mitre para elegir a los diputados que se sumarían al Congreso Nacional como parte del acuerdo unionista.

Santiago Derqui

Pero sorpresivamente las autoridades de Paraná rechazaron los diplomas de los legisladores designados por considerar que habían sido elegidos mediante una ley electoral local y no nacional. No hizo falta mucho más: era el argumento perfecto que necesitaba la Provincia para impugnar el Pacto de Flores, al que consideraba firmado bajo presión, desconocer la autoridad de Derqui y precipitar un nuevo choque contra las fuerzas confederadas.

Alarmado, el Presidente interpretó la decisión como un acto de sedición y le encargó a Urquiza la organización de las tropas para resolver el conflicto de una vez por todas.

El 17 de septiembre de 1861, en un paraje cercano al arroyo Pavón, entre los actuales pueblos santafesinos de Rueda y Godoy, ambos ejércitos volvieron a enfrentarse. Y aunque los combates marcaron una rápida ventaja para las tropas de la Confederación, la sorpresiva retirada de Urquiza del campo de batalla, decidió el resultado a favor del Estado de Buenos Aires.

Aunque existen muchas posibles interpretaciones para la deserción del expresidente -que incluyen desde un enfrentamiento personal con Derqui hasta un posible pacto de paz impulsado por la Masonería- lo cierto es que Pavón significó un momento decisivo para la organización nacional.

Con el terreno liberado, las fuerzas del Estado de Buenos Aires tomaron el control de las demás provincias en pocas semanas -en muchos casos, con una violencia inusitada-, proscribieron a los dirigentes federales e impusieron en cada caso autoridades afines a sus intereses. Una sugestiva excepción fue el gobierno de Entre Ríos, que siguió a cargo de Urquiza.

Bartolomé Mitre

Las renuncias de Derqui, que se refugió en Montevideo, y de su vicepresidente Juan Esteban Pedernera, fueron casi una formalidad: el verdadero poder estaba en manos de Mitre.

A pesar de que los sectores más reaccionarios exigían la redacción de una nueva Constitución, el virtual nuevo mandatario reconoció formalmente el texto acordado del año anterior, trasladó la capital del país a la ciudad de Buenos Aires y nacionalizó la renta aduanera.

Finalmente el Estado de Buenos Aires se incorporó al resto del país. 

Los bahienses, en tanto, siguieron las alternativas del conflicto a través de la información que traían los viajeros y la correspondencia. Con cada novedad se entremezclaban las expectativas y las preocupaciones. 

Cuatro años más tarde, el 31 de agosto de 1865, un decreto provincial estableció la creación del Partido de Bahía Blanca. 

El fuerte, lentamente, le iba cediendo el paso a la ciudad.