Bahía Blanca | Miércoles, 24 de abril

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La fortaleza de Catalina Arena y este título con 9 de Julio que bajó del cielo

La madurez con la que sobrelleva su historia, con la pérdida de sus padres, la hacen una campeona de la vida misma.

Cata, los abuelos Kuki y Carlos, y Valen, su hermano. Fotos: Emmanuel Briane y Tomás Bernabé-La Nueva.

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"Vivo a base de 'todo pasa por algo'. Si yo me tengo que enredar con el porqué pasan las cosas, tendría un millón de preguntas que nadie puede responderme”.

Catalina Arena tiene 21 años. Es la misma que salió frustrada del vestuario llorando tras la derrota inicial de 9 de Julio ante Estrella en la final de Primera Femenino, y la que también empezó a llorar de felicidad antes del cierre del último juego, cuando ya acariciaban el título.

“Yo lloro por todo, por felicidad, por tristeza, por nervios... Es una manera de canalizar. Cuando era chica –recuerda- me molestaba, pero ya me tildaban como 'la llorona' y, en realidad, venía de antes, de otras experiencias”.

Cata vs. "la cata". Catalina defiende a la catamarqueña Carcas.

Detrás de la base y aguerrida defensora de 9 hay una fuerte historia, un camino con obstáculos, una nena que perdió a sus padres y que, con admirable entereza, creció haciéndole frente a la vida.

***

Vero, su mamá, cursaba el séptimo mes de embarazo cuando se le manifestó una encefalitis herpética. Los médicos decidieron rápidamente.

“Fue una cesárea de urgencia. Complicada hasta para nacer, je”, asume Cata, a esta altura, con un dejo de naturalidad.

Era 25 de noviembre, el día de Santa Catalina, de ahí la elección de su nombre.

Cata fue saliendo adelante, mientras su mamá luchaba por su vida hasta que, casi milagrosamente, el 8 de diciembre, día de la Virgen, Verónica despertó del coma.

Todo, poco a poco, fue encaminándose a través de los años.

La presentación, esperando (penúltima) a su compañera.

Baile, la primera elección de Cata, se frustró rápidamente: “Era re pata dura (sic) y no me gustaba”, reconoce.

Y tomó otro rumbo, caminando por calle Charlone, a dos cuadras de su casa.

“Le dije 'mamá, quiero hacer básquet'. Y fuimos a 9 de Julio porque iba mi primo Benjamín y me quedaba cerca. Además, mi tío Sergio (Semerano) fue toda la vida del club, no me iba a dejar ir a Pacífico, je”, asegura.

Definición, camino al título.

Lejos de imaginarlo, ese sería el lugar que la contendría de todo lo que vino después.

Primero, el fallecimiento de Francisco, su papá, el martes 13 de octubre de 2015.

“Lo de papá y mamá –compara- fueron dos situaciones completamente diferentes, de las cuales aprendí. En realidad, a mamá en un momento le pregunté: ‘¿Qué pasa? ¿papá se va a morir?’ Y ella me dijo que no. Yo lo percibía, porque sabía que con todo lo que había pasado (estaba operado de corazón)... No sé, lo sentía. Y no pasó en ese momento, fue después, pero algo me decía que iba a pasar.

—¿Eso te hizo estar más preparada?

—Nooo... Estaba en la escuela, me buscó el abuelo y ese mismo día viajé a Viedma (donde se había radicado su papá). Tenía 13 años.

Con el duelo a medio elaborar, cinco años después otro golpe para Cata y Valentín, su hermano menor: a Vero le detectaron cáncer de hígado.

“Lo de mamá -puntualiza- duró un mes desde que me blanquearon la situación. Todo noviembre; en mi cumple (el 25) ella estaba internada (falleció el 6 de diciembre de 2020). Fue re duro, porque cuando me lo dijeron mi respuesta fue ‘bueno, le doy mi hígado, no me importa’. Hasta pedí que me hicieran estudios para donarle mi hígado. Y me respondieron que ya era tarde. ‘¿Cómo ya es tarde? ¿Entonces por qué no lo hicieron antes?’ En realidad, empezás con los por qué, ¿viste? Es como la negación. Después lo entendí”.

El mate va y viene, la charla fluye. Los ojos de Cata brillan. Ella se muestra firme, su relato perfora el alma.

—¿Cómo vas creciendo con tu experiencia de vida? Hay que ser valiente...

—Las pérdidas son cosas que pasan y uno no puede controlar. La gente a veces me dice “¡Ayyy! ¿Cómo hacés?”. Y mi única respuesta es “no me queda otra”. ¿Qué voy a hacer? Siempre seguí con mis responsabilidades, a veces me costó un poco más, pero el club me ayudó un montón. El equipo me cuidó mucho y siempre que me pasaba algo estaban conteniéndome. En el club era donde me descargaba.

—Qué bueno que hayas encontrado una vía de escape. Sos una joven adulta.

—Sí, pero mi hermano Valentín (16 años) es igual. El entendió todo. Es más, entendió cosas antes que yo.

—¿Cómo es Valen?

—Un  genio.

—¿Y los abuelos?

—Los papás sustitutos. A Valen lo miman un montón, por eso a veces hay alguna que otra peleíta, je.

—¿Y vos, qué rol cumplís ahí?

—Medio raro: hermana, amiga y...

—Madre... 

—Sí, todo junto. Trato de guiarlo por el camino que me parece, que es el mismo que mis abuelos, pero como hay diferencia de generaciones, a veces me planto un poco más. Igual Valentín es muy responsable, sólo tiene cosas como cualquier adolescente. Él, como me pasa a mí, naturalizamos un poco más lo que nos pasó. En cambio, la gente grande que pierde seres queridos se pregunta, ¿y ahora qué hago? Nosotros tenemos toda una vida por delante y esa es la diferencia. Que tenemos cosas para tratar, seguro, porque todo el mundo tiene sus problemas.

—¿Cómo tratás con tus amigas estos temas?

—A veces se piensa que como a uno le pasaron tantas cosas tiene más respuestas, y yo puedo darte algún consejo, pero hay veces que no me sale, me gana el recuerdo...

—¿Cómo viviste estos días de tanta movilización emocional?

—¿Estos días? Sí... Porque, encima, mirando fotos, me apareció una de mi mamá en la tribuna con una sonrisa así (se dibuja con las manos) de oreja a oreja. Había otras madres, estaban mis abuelos (Kuki y Carlos Vaquero), la mamá de mi mejor amiga (Agustina Moreno) que ya no juega más... Fue un cachetazo lindo. Dije, me quedo con esa imagen de la tribuna...

Vero, al medio, y esa sonrisa inolvidable.

—¿En qué partido la habían sacado?

—En el Provincial U17. Estaba ella ahí. Siempre estaba.

—Lo bueno que guardes en el recuerdo esas imágenes.

—Sí. A los dos los recuerdo de la misma manera.

Con papá, Francisco.

—¿De Pancho, tu papá, qué recordás?

—Todo gracioso, je, je. Nunca una lágrima con él, más allá de la angustia desde cuando pasó lo que pasó.

—¿Y mamá?

—La personalidad cien por ciento. Ella era súper nerviosa, como la abuela, somos las tres iguales, je. Era muy buena, había cosas que no decía, se las guardaba... Ella siempre estaba bien. Lo único que le dijo a una de sus amigas fue “estoy cansada”. Yo le decía: “Llorá mamá”. Y ella me respondía que estaba bien, yo no podía creerlo. Entonces yo me preguntaba, ¿estará bien o me oculta todo? Tampoco sabía si ella estaba entendiendo su situación.

—Admirable.

—Yo lo valoro, pero a la vez sé que le debe haber hecho mal guardarse todo. A mí me sirvió mucho que ella se muestre bien, pero hubiera estado bueno que se apoyara más en nosotros. No le salía.

—Tal vez el día que seas madre te vas a dar cuenta por qué lo hizo.

—Puede ser. Yo aprendí a ser muy transparente en ese sentido. Si estoy mal, estoy mal y si estoy bien, estoy bien. Y, sino, te das cuenta enseguida, por mi cara, je.

Cata, con la porra, da rienda suelta al festejo.

—Y ahora, ¿cómo estás? Feliz imagino.

—¡Seee! Todos estos años era un anhelo ser campeón. Pero era muy difícil, porque la mayoría éramos chicas.

—A decir verdad, no salían como favoritas en la final.

—No sé si había favoritismo, sino equipos impuestos por las jugadoras y su experiencia. Y teníamos que creérnosla un poco y ganarnos nuestro lugar.

—Algo que no les pasó el primer partido de la final.

—No. El primer partido (derrota 79 a 55) no sé qué pasó. No éramos nosotras.

—Como dirán las jugadoras de Estrella respecto del último partido (71-35).

—Tampoco. No eran ellas. Julián (Turcato, el DT) nos dijo: “Tienen que creer que son las jugadores de Primera y referentes para las más chicas del club”. Y ahora, hasta firmamos camisetas de las nenas; es re lindo.

Para ganar hay que esforzarse...

Catalina cursa el último año de Profesorado de Educación Física, entrena Escuelita y Maxi Básquet Femenino en Barracas, y también trabaja en el gimnasio de 9 de Julio.

“No hay que dejar el estudio y sí hacer las dos actividades. El básquet te saca de todas las responsabilidades, pero a la vez también es una responsabilidad”, analiza.

Cata arrastra un problema físico que es postural, lo cual la marginó durante un largo tiempo de las canchas.

“El sacro está en otra posición y me duele depende del día, la humedad... Cuando dejé de entrenar la pasé mal, porque quería apoyar a mis compañeras, pero estaba insoportable”, confiesa.

Lautaro Garcés (izquierda) y Turcato, festejan con las chicas.

Fue muy importante, según destaca, la presencia del profe Lautaro Garcés.

“Nos dio una mano terrible. Es muy buen profe y compañero en todo sentido. Nos inculcó la rutina, me da una mano con el profesorado, siempre dispuesto. Vamos todas a la misma nutricionista que nos recomendó y se pasan información”, agradeció.

En definitiva, todo pasa por el club, su cable a tierra.

“No tenía tan presente que era una institución tan importante para mí hasta que vivimos la pandemia. Ahí me pregunté, ¿dónde me meto ahora, con todas las cosas que me pasan? Además de estar en mi casa...”, recordó.

Ahí pasó gran parte de su infancia. Aprendió mucho más que a jugar al básquetbol, ese deporte que le hizo uno de los regalos más lindos de su vida: el campeonato.

Cada vez que lo recuerda se le ilumina la cara, le brota esa sonrisa fresca.

Cata habla. Escuchan Emilia Fernández (4), Victoria Martín (semioculta), dos con las que compartió desde sus inicios. También. Corvalán (10) y Tombesi.

El mate, a esta altura, ya se había lavado. Y algunas frases, fuertes, todavía retumbaban. Era Cata en su estado natural, transparente.

—Me quedó con el “vivo a base de todo pasa por algo”. Y te pregunto: ¿Por qué pasó lo que pasó el último domingo?

—Mmm... ¡Qué buena pregunta! Se tenía que dar. Yo pensaba voy a tratar de manifestarlo, de pedirle a mamá, a papá y al universo que pase... Y sabía que iba a pasar. Tampoco podía salir diciendo “sé que va a pasar”.

Pero estábamos todas muy confiadas. Rozaba la confianza con el creérnosla. Y no quería pasar esa línea y que después nos pisotearan.

—¿Cómo fue eso de saber que iban a ganar, sentís que hay algo que te ayuda?

—Creo que, claramente, todo pasa por algo. Sé que hay algo, no sé qué. Estuve mucho tiempo hablando con una mujer que me guió un poquito, en base al reiki y energías, en lo cual uno puede creer o no. Y ella, solamente conociendo mi nombre y fecha de nacimiento me dijo: “Me fijé por ahí y tenías dos ángeles que te habían hecho como una coraza”. Yo sé que ellos, mis papás, están ahí acompañándome en cada paso, en todo. Siempre me pasó.

Cata transmite amor eterno en cada recuerdo de Vero y Pancho. Los siente a su lado. Emociona.

“En mi primera preselección, cuando tenía 13 años, me enfermé, no pude entrenar y me sacaron. Lo llamé llorando a mi papá, que estaba viviendo en Viedma y me dijo 'si estás llorando es porque tenés sangre caliente, lo vivís, lo sentís, estás llorando porque te importa. La próxima será'. Y la próxima preselección quedé. Fue porque él me lo dijo y, también, porque hice todo para quedar. Pensé: 'si papá me lo dijo, yo voy a quedar'”, rememoró.

Y no fue solo en esa oportunidad. Hubo un último mensaje al que se aferra.

La chica del sombrero.

“Un día mi papá, cuando perdíamos seguido y por mucho, me fue a ver y perdimos sólo por tres puntos. Me dijo: 'El próximo partido lo ganan'. Entre ese partido y el siguiente él falleció y cuando volvimos a jugar, ganamos... ¡Qué sé yo...! Me lleno con esas cosas. Con los recuerdos y lo que me va pasando”.

Claramente, todo pasa por algo. Y este campeonato con 9 de Julio, para Cata bajó del cielo...