Bahía Blanca | Martes, 04 de octubre

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26 de julio de 1890: la Revolución del Parque

Anteriormente narramos las incidencias de la “Revolución del Parque”. Nos detendremos ahora en sus consecuencias. (Segunda y última nota)

Ricardo de Titto /  Especial para “La Nueva.”

   A los hechos de julio-agosto del 90 se los suele conocer como una “revolución”. A nuestro entender es más preciso llamarlos crisis revolucionaria. En efecto, la profunda crisis que azota al gobierno de Juárez Celman y al régimen político roquista es sacudida por la entrada en escena de la movilización de un amplio arco social y político. 

   Esta lucha genera un “vacío de poder” que plantea la posibilidad de que los insurrectos ocupen el gobierno. Sin embargo, diversos mecanismos entran en juego y abortan la revolución. “La revolución, señor presidente, está vencida, pero el gobierno está muerto”.

   La definición del senador Manuel Dídimo Pizarro, dicha en el Parlamento unos días después del alzamiento, no puede ser más concluyente y ajustada a los hechos. El propio desarrollo de los acontecimientos en las jornadas del 26 de julio, en los que los manifestantes son traicionados por parte de sus dirigentes, como la misma asunción del vicepresidente Pellegrini el 7 de agosto –para completar el mandato hasta octubre de 1892– confirman que, ni por programa, ni por dirección, las jornadas de julio de 1890 merecen calificarse como “revolución”. En todo caso, se trataría de una revolución desviada de su rumbo supuesto o canalizada por fuerzas ajenas. 

   En sus resultados no obtiene más que una paulatina y controlada apertura del régimen político –que tardará más de diez años en concretarse– y un giro importante de la orientación económica. Es sí –y con todos los oropeles–, el fin de un gobierno autocrático caracterizado por la corrupción y el desenfreno de la oligarquía en el poder y, además, el comienzo de una Argentina política moderna, con partidos políticos de nuevo tipo como lo serán la Unión Cívica Radical (1891), el Partido Socialista (1894-96) y la Liga del Sur (1908, después, Partido Demócrata Progresista). También nuevas figuras políticas se encumbran: Leandro Alem y su sobrino Hipólito Yrigoyen, Bernardo de Irigoyen, Juan B. Justo y Lisandro de la Torre.

A rey muerto, rey puesto

   Juárez Celman presenta su renuncia el 4 de agosto y dos días después el vicepresidente Carlos Pellegrini se calza la banda presidencial. 

   Roca asegura, sin ambages, que él hizo todo: “Ha sido una providencia y fortuna grande para la República que no haya triunfado la revolución ni quedado victorioso Juárez. Yo vi claro esta solución desde el primer instante del movimiento y me puse a trabajar en ese sentido. El éxito más completo coronó mis esfuerzos y todo el país aplaudió el resultado, aunque no todo el mundo haya reconocido y visto al autor principal de la obra”.

   A pesar de su opinión, y, seguramente, de su decisiva influencia en el derrotero de los acontecimientos, es evidente que otras fuerzas se han puesto en movimiento. En enero de 1891 la convención de la Unión Cívica se reúne en Rosario y proclama la fórmula Mitre-Bernardo de Irigoyen, pero Don Hipólito Yrigoyen se opone y suma otra disidencia con su tío Alem. En marzo se realizan elecciones legislativas, la Unión Cívica triunfa y Alem y del Valle son electos senadores. 

   Tres días después, Mitre, que había tomado prudente distancia de los acontecimientos, regresa de un viaje a Europa y es recibido por una multitud que saluda su paso y en el que no faltan muchas mujeres que lo endiosan.

   En un gesto poco imaginable tiempo antes, Roca, ahora ministro de Interior de Pellegrini, lo recibe en el puerto. Mitre y Roca se abrazan ante el saludo enfervorizado de miles de porteños. 

   El PAN –Partido Autonomista Nacional– se adhiere a la candidatura presidencial de Mitre, pero opone como vicepresidente a José Evaristo Uriburu. Alem, Yrigoyen, De la Torre y Barroetaveña se oponen rotundamente, pero, esta vez, Del Valle disiente. 

   Mitre y Roca, con el respaldo de los sectores moderados de la Revolución del Parque –los católicos entre ellos– celebran un “acuerdo patriótico” que hace a un lado a los intransigentes. Los acuerdistas forman la Unión Cívica Nacional y los “alemistas” la Unión Cívica Radical.  

   No ha pasado mucho desde el intento revolucionario. Es 1891. En abril del año siguiente, el gobierno decreta el estado de sitio y varios dirigentes radicales son arrestados y conducidos –una verdadera ironía– al vapor La Argentina.

El plan Pellegrini

   Pellegrini gobierna poco tiempo, hasta el 12 de octubre de 1892, pero deja una marca indeleble en su paso por la primera magistratura. Imprime una política proteccionista y sostiene que la Argentina debe ser algo más que “una fábrica de pasto”: “El librecambio es la última aspiración de la industria que sólo puede hallar en ella su pleno desarrollo, como la planta busca el aire libre para adquirir elevada talla y frondosa copa. Pero de que la planta necesite el aire libre para alcanzar su mayor crecimiento no se deduce que no debamos abrigarla al nacer, porque lo que es un elemento de vida para el árbol crecido, puede ser un elemento de muerte para la planta que nace. Si el libre cambio desarrolla la industria que ha adquirido cierto vigor y le permite alcanzar todo el esplendor posible, el librecambio mata la industria naciente.”

   A la par de este discurso “proteccionista e industrialista”, Pellegrini honra con celo los pagos la deuda externa: se solicita un crédito ante la banca Morgan para pagar vencimientos a la Baring. 

   El nuevo compromiso también resulta inédito: durante 15 años el gobierno argentino debió depositar todos los días los servicios de amortización e interés en una cuenta ad hoc del Banco de la Nación.

   La medida no cayó bien en Buenos Aires. El clima de agitación se extiende y los festejos del 25 de mayo no pueden ser los habituales. Las banderas inglesas, consigna The Standard, “fueron destrozadas por argentinos bien vestidos”, dejando constancia que no se trataba, precisamente, de una revuelta obrera. Hay manifestaciones que rodean el Banco de Londres y aparecen “groseras y obscenas caricaturas de los ingleses en varios impresos”, como alerta el embajador norteamericano a su gobierno.

La UCR, el nuevo siglo, el voto

   La pelea por conquistar el voto popular es una forma de contrapesar la fuerza del “régimen”, como ha bautizado Alem a la trenza especuladora que se ha enriquecido asociada a los negocios del Estado. Los estancieros, propietarios de capital nacional se enfrentan al capital financiero y también se suman al frente “antioligárquico”.

   Pellegrini, fundador de la Sociedad Rural y la Unión Industrial, imprime un giro proteccionista para que buena parte de las inmensas ganancias que produce la exportación agropecuaria, reviertan en el mercado interno. 

   Autocriticándose de su gestión anterior como hombre del roquismo, comienza a bregar por un saneamiento de las estructuras corruptas en la administración pública y la apertura democrática del sufragio. “El voto electoral no es solo el más grande de nuestros deberes. Es el voto lo único que levanta y dignifica al ciudadano y que hace respetable al pueblo”.

   Provocado el cisma de la Unión Cívica, el ala que enfrenta la “transigencia” ante “la oligarquía”, y que se comienza a definir como “intransigente”, origina la Unión Cívica Radical, que protagoniza un nuevo levantamiento armado en 1893. Aunque Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear logran tomar la capital bonaerense y hay acciones bien sincronizadas que dan una posición de fuerza a los radicales, deben capitular.

   En 1896 la muerte sorpresiva de los dos principales líderes, Aristóbulo del Valle, enfermo de un glaucoma crónico, a fines de enero y Leandro Alem, que se suicida el 1 de julio, parece dejar a la UCR en el desamparo. 

   Pero, desde los arrabales porteños y los pueblos de la provincia de Buenos Aires emerge “Don Hipólito”, el nuevo caudillo popular. Bajo su dirección el partido realiza dos importantes levantamientos armados en la primera década del nuevo siglo.

   En el aniversario de la Revolución del Parque, en julio de 1903, se reúnen 50 mil personas en la Recoleta. Vicente Gallo, dirigente de la UCR, promete una nueva insurrección, lo que se cumple en 1905 que sacude sobre todo a Mendoza y Córdoba donde los radicales controlan por el poder por unos días. En especial la provincia mediterránea vive horas dramáticas cuando los insurrectos apresan al vicepresidente José Figueroa Alcorta y a “Julito” Roca, el hijo del “Zorro”. 

   El presidente Quintana ordena una represión contundente; varios dirigentes mueren en los enfrentamientos. Hipólito Yrigoyen se mantiene en la clandestinidad un tiempo hasta que se presenta ante la Justicia federal y asume la total responsabilidad de la rebelión.

“¿Quién nos perdonará?”

   Pellegrini toma distancia de la revolución radical del 4 de febrero de 1905 –no apoya los métodos violentos– pero empuja una política similar: “Es notorio que he hecho norma inflexible de toda mi carrera política condenar y combatir las revoluciones como medio de modificar o mejorar nuestros hábitos políticos, y que he condenado especialmente la del 4 de febrero último; pero si soy radical en este principio, él no impide reconocer que se coloca a los ciudadanos en una situación desesperada si por una parte se les priva de todos sus derechos y se les cierran todos los recursos legales y por otra se les prohíbe el último y supremo recurso de la fuerza, y comprendo que situaciones como la existente en la provincia de Santa Fe, son capaces de hacer vacilar hasta convicciones tan profundamente arraigadas como la mía. [...] ¿Y quién nos perdonará a nosotros? Solo habrá paz en este país el día que todos los argentinos tengamos los mismos derechos, el día que no haya que apelar a las armas para reivindicar los derechos despojados”.

Muertes en 1906, democracia en el ‘16

   En 1906, por rara coincidencia mueren los tres líderes de la Coalición: Mitre en enero, Pellegrini en julio y Bernardo de Irigoyen en diciembre. Tomará la posta Roque Sáenz Peña, íntimo amigo de Pellegrini, que asume la presidencia en 1910 y, en acuerdo con Hipólito Yrigoyen que le reclama que “abra las urnas al pueblo”, dicta la ley de sufragio universal. 

   Con ella, los radicales alcanzan el poder en 1916 y la Argentina se convierte, finalmente, en una democracia parlamentaria completando el ciclo abierto, primero con la constitución de 1853 y su reforma de 1860, luego, con la capitalización de Buenos Aires, en 1880 y, finalmente, con la Revolución del 90. 

   Sáenz Peña cuenta que Pellegrini, a quien consideraba su maestro, poco antes de morir le confesó: “Quisiera borrar veinticinco años de mi vida.”

Palabras de Pellegrini

   Yo pregunto, señor Presidente, ¿qué produce hoy la provincia de Buenos Aires, la primera provincia de la República? Triste es decirlo, solo produce pasto, y toda su riqueza está pendiente de las nubes. El año que ellas nieguen riego a nuestros campos, toda nuestra riqueza habrá desaparecido.

   Es necesario que en la República se trabaje y se produzca algo más que pasto. Es necesario economizar hasta donde nos sea posible el valor en trabajo que hoy pagamos al extranjero, porque esa economía aumenta en otro tanto nuestra riqueza.

   Si se observa que esa producción puede ocasionar algún perjuicio al consumidor, diré que cuando se trata de tan altos intereses en el porvenir, los inconvenientes del momento no son jamás un obstáculo, y digo del momento porque la protección no es un sistema permanente sino transitorio, que todas las naciones, sin una sola excepción, han adoptado en la instancia de su industria.

Honrar la deuda externa

   En medio de esas primeras angustias del tesoro, cuando faltaban hasta los recursos para pagar la administración, envié el último peso a Europa para atender los cupones de nuestra deuda y junto con el dinero para pagar esos cupones envié al doctor (Victorino) de la Plaza con el estado más completo y detallado sobre la situación del erario nacional, sobre los recursos presentes, sobre los proyectos futuros del gobierno. [...] Todos estos planes fueron entregados por el doctor (Victorino) de la Plaza a la comisión de la alta banca inglesa que en esos momentos estaba constituida bajo el nombre de Comité Baring, presidido por el barón de Rothschild.”

Del manifiesto revolucionario de 1905

   La Unión Cívica Radical que es fuerza representativa de ideales y de aspiraciones colectivas, y que combate un régimen y no hombres, no puede pues declinar de su propósito ni arriar su bandera. Cumple las decisiones de sus autoridades directivas y responde a las exhortaciones de todos sus centros de opinión.

   Va a la protesta armada venciendo las naturales vacilaciones que han trabajado el espíritu de sus miembros porque contrista e indigna sin duda el hecho de que un pueblo, vejado en sus más puros atributos e intensamente lesionado en su vitalidad, tenga aún que derramar su sangre para conseguir su justa y legítima reparación. Pero el sacrificio ha sido prometido a la Nación: lo reclaman su honor y su grandeza, y lo obliga la temeraria persistencia del régimen y la amenaza de su agravación.