Bahía Blanca | Viernes, 20 de mayo

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Cristina y Alberto tienen que hablar, no queda otra…

La columna dominical de nuestro corresponsal en Casa Rosada.

   El presidente Alberto Fernández ha llegado estas últimas jornadas a la residencia oficial de Olivos para desenchufarse con los quehaceres familiares que le demanda su hijo Francisco, con el convencimiento de que hay un sólo camino para destrabar la interna en el Frente de Todos y evitar que -de seguir por este camino- no sólo terminen saltando por el aire más cabezas de la cuenta en el cascoteado gabinete sino que también se convierta en un seria realidad el pronóstico de una dura derrota en las elecciones de 2023.

   Una prueba al canto que rescataba en las últimas horas un dirigente del entorno político de Alberto, a quien conoce desde hace 30 años era bien elocuente: “Si vos mirás, parecía que la pelea era por la cabeza de (Martín) Guzmán,  pero resulta que ahora el 'Cuervo' (Andrés) Larroque y otros de la 'Orga' (La Cámpora) salen a pedir además  la cabeza de (Matías) Kulfas y (Claudio) Moroni, y no faltan los que insisten en que para Cristina la presencia de Vilma Ibarra es insostenible. ¡Es una escalada!”.

   Todo pareciera indicar, salta a la vista con un simple repaso de las declaraciones de uno y otro bando, que la fuerte interna en el Frente de Todos solo se arregla haciendo rodar cabezas. A Larroque no le tembló la voz esta semana para decir al Presidente que el Gobierno no es suyo, sino que “es nuestro”. O sea de Cristina y La Cámpora más sus aliados.

   Los argumentos que se escriben al menos del lado del Instituto Patria son siempre los mismos: Alberto ya fracasó, no tiene como dar vuelta el destino de su gobierno, y quedó atado a la impronta que Guzmán le aplicó a toda la política económica desde aquel mal acuerdo firmado con el Fondo Monetario Internacional que objetaron con fuerza Cristina y Máximo Kirchner.

   “La política económica está siendo exitosa, venimos creciendo, hay índices promisorios en la industria y en el campo, de manera que decir cualquier cosa para alimentar la tribuna solo suena a chicana”, replica aquel dirigente del peronismo porteño que acompaña al presidente en el gobierno nacional.

   A estas alturas, en las últimas horas empezaban a aparecer algunos signos de que se podría estar alumbrando algún tipo de camino de acercamiento entre la vicepresidenta y jefa del espacio político del presidente, su  delegado en el poder, que hace más de dos meses que no se dirigen la palabra.

   “Tienen que sentarse y hablar, no queda otra, esto no se arregla con guerra de declaraciones o chicanas sino con diálogo”, remarca aquel albertista de la primera hora.

   Lo concreto es que si  efectivamente se están formando dos bandos medianamente dialoguistas, bien podrían haber tropezado con un problema antes de arrancar. 

   En el interior de La Cámpora deslizan en charlas privadas que el estilo que le gustaba utilizar a Oscar Parrili a  la hora de captar viejos enemigos en la primera etapa de Néstor Kirchner, es el que mejor cuadraría en esta etapa de la negociación, en especial  luego de que Larroque declarara como “nuestro” al gobierno de Alberto Fernández. 

   “Rendición incondicional”, se escuchó en una de esas reuniones en las que de a poco se estaría delineando un futuro distinto del Frente de Todos, tal como se lo conoce hasta ahora. 

   Conclusiones hay muchísimas, algunas muy subidas de tono, y cada cual puede tomar la que mejor le venga  a sus intereses políticos. Por un lado, el propio Larroque que ha dicho a su tropa que Alberto debería dar el primer paso y acercarse a un diálogo con Cristina, y dejar de lado lo que voceros oficiales o  comedidos de turno  tratan de arreglar los tantos con la vice. 

   Sería extraño ese combinación del cristicamporismo porque a estas alturas se sabe que la cabeza de Guzmán, cuando menos, es innegociable. 

   Cristina quiere la renuncia del ministro de Economía en su despacho del Senado y eso no se lo saca nadie de la cabeza: lo culpa de todos los males y de mandar directamente al  kirchnerismo  a una derrota en los comicios previstos para el año próximo.

   “Alberto la llama a Cristina, se junta, y nosotros paramos la ofensiva”, dicen muy sueltos de cuerpo en un par de despachos del Instituto Patria.

   Nadie podría cantar victoria a estas alturas y menos en las filas del kirchnerismo, porque a toda esa saga se le sumó en estos días una  posición aún más irreductible del albertismo, tal vez nunca esperada ni por su propio círculo de colaboradores, que pondrían nomas un tanto complicados los aprontes para un avance en las negociaciones políticas. 

   “Si te tengo que decir hoy, no hay chance, Alberto no piensa llamarla nunca más, se cansó de tanto ninguneo o de que ella deje que a su lado tengan frases ofensivas por quien en definitiva  es el Presidente de la Nación”, dicen los más díscolos.

  De uno y otro lado de la trinchera  rescataban esta semana al menos un pequeño haz de luz que pudiera alumbrar una salida al final del túnel: Eduardo "Wado" De Pedro.  El ministro del Ïnterior es un cristinista incondicional pero también  guarda un enorme sentido de solidaridad hacia el elenco gubernamental, con cuyos integrantes  por lo general tiene buen diálogo, aunque no siempre salga a la luz.

   Pero siempre hay un pero. En el albertismo sospechan de la existencia de un proyecto presidencial encabezado por el abogado de Mercedes, que habría sido desplegado con creces durante su reciente visita a Israel. 

   Alberto y los suyos creen que Cristina lo puede usar esta vez como su  nuevo delfín y de paso abortar así cualquier intento del Presiente de ir por la reelección.