Bahía Blanca | Miércoles, 30 de noviembre

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Cuando el odio es el discurso

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   Dardos, flechas, lanzas, misiles, son distintos tipos de armas lanzadas mediante la fuerza mecánica, que se emplean tanto para la defensa como para el ataque, en ocasiones el objetivo es aniquilar a otro, hoy el uso de ellas es casi excepcional.

   Sin dudas una de las armas del siglo XXI es la palabra, pues brindan la posibilidad de significar las vivencias, dar sentido a la vida desde los superficial hasta lo profundo; son un vehículo de contacto con la realidad, con los otros.

   ¿Cómo utilizar las palabras? ¿Tienen poder curativo? ¿Algunas personas las emplean para aniquilar al otro?

   Las palabras se asemejan a un puente, nos permiten acercarnos a mundos a veces desconocidos, a los otros y también a nosotros mismos, pero contrariamente sirven para alejarnos, tomar distancia de algo o alguien, situarnos desde una perspectiva, descubriendo matices, contrastes, diferencias y similitudes.

   La palabra tiene un poder ilimitado: porta sentimientos, deseos, experiencias vividas, metas logradas y proyectos truncos, en un punto condensan la vida misma, evocan las voces de los afectos que nos rodean, el nombre de seres queridos, de aquellos que ya no están, por medio de ellas también traemos a la memoria sensaciones y personas poco gratas; la palabra crea y recrea, significa y resignifica.
 
   Así como existe el sistema métrico decimal con sus unidades, kilogramo, metro, litro… tal vez debería haber “un sistema métrico verbal” ya que algunas personas carecen de la habilidad para aplicar la palabra justa en el momento indicado, y tienen el “don” de hilvanar una a una las palabras con un único fin: el maltrato. 

   La palabra también intimida, descalifica, somete, agrede, y está comprobado que las secuelas de mensajes destructivos son más nocivas que un golpe.

   Una palabra positiva, pronunciada con amabilidad y alejada del grito, puede iluminar un momento, torcer un destino, y según la circunstancia puede quedar grabada como una huella indeleble. La palabra sorprende, conmueve, también obstruye y paraliza.

   La ciencia comprobó que ciertas palabras en determinadas circunstancias tienen poder curativo, son el vehículo para expresar la ira, la rabia, las frustraciones, alivian dolores y por encima de ello “liberan”.

  La palabra permite establecer contratos, y entablar diálogos, pero para que ello suceda deben existir las mismas posibilidades de expresión, escucha atenta y predisposición para el encuentro; pues cuando alguien formula “vamos a hablar” y la “invitación” se remite a que solo se habilita el decir de uno, no solo que no hay diálogo sino que seguramente el sometimiento ronda como fantasma en dicho encuentro. 

   Saber expresar deseos, sentimientos y necesidades es una tarea casi artesanal; encontrar la palabra adecuada, “medirla”, contemplando la situación y sobre todo su destinatario, requiere de conocimiento, pero especialmente de habilidad. 

   Evidentemente no todos saben medir sus palabras ni tienen conciencia del alcance de las mismas, de cómo pueden moldear una experiencia o a los otros, de más está decir que cuando se saben emplear las expresiones adecuadas no se requiere levantar la voz. 

   Conocí a alguien que con sus palabras habilitó sueños, experiencias, afecto, desafíos y aprendizajes, también dolor, angustia y desilusión, celebro que en el diccionario existe la palabra PERDÓN.