Miguel y el perdón, la historia de un intento de suicidio

11/6/2021 | 06:25 |

Luego de 10 años, Miguel recuerda su peor momento. Hoy está mejor: "Encontré la forma de sobrellevarla", dice.

Foto ilustrativa: cnnchile.com

Por Belén Uriarte / buriarte@lanueva.com

 

—Pasé cuatro días dormido. Desperté una noche y no entendía nada. Recién a la mañana noté que estaba atado, en un hospital. Me acordé de que me había colgado de un segundo piso y pensé: ¡La puta madre, no me morí!

   Miguel tenía 20 años y había llegado a la guardia del Hospital Municipal por intento de suicidio. Unos días antes había pedido ayuda en el Centro de Prevención, que funcionaba al lado. Tenía turno para la semana siguiente, pero no llegó.

   La adicción a la cocaína, las deudas, la reciente separación de su pareja y la preocupación por el futuro de su hijo de 6 meses lo llevaron a pensar que acabar con su vida era la única solución.

   Esa mañana de octubre de 2011 discutió con la mamá de su hijo y cuando quedó solo se bañó, se perfumó y se puso una remera con la frase "Rompeme el corazón, pero no las pelotas". No sabe por qué lo hizo, actuó en automático, aunque más adelante su psicólogo le diría que todo eso tiene un significado.

—Me vestí de gala y me colgué de un segundo piso. Al rato volvió la mamá de mi hijo y me encontró así. Cortó la soga y caí. Estaba con asfixia. No me quedaron marcas físicas, pero sí heridas internas que día a día voy superando.

   Miguel recuerda que no pensó demasiado. Ni siquiera en el después.

Son 5 minutos donde tu mente está débil y se te meten cosas malas. ¡Me colmó todo! Venía con un desgaste psicológico bárbaro por el consumo y no sentía fuerzas para solucionar nada. En ese momento no pensás en nada, pensás en vos nomás, en salir de eso, sacarte esa pesadez, agonía, malestar. Recién pensé en la gente cuando me di cuenta de que estaba vivo y tenía que remediar el daño.

***

   Miguel empezó "a probar" en la adolescencia. Siempre probaba cosas.

   Primero conoció la marihuana, después su mamá lo descubrió aspirando pegamento y a los 15 años lo mandaron al Centro Provincial de Adicciones (CPA), donde empezó a hacer terapia grupal. Pero confiesa que no tenía interés de cambiar y al tiempo conoció gente que lo llevó a otras drogas, hasta caer en la cocaína.

—Las primeras veces te sentís Superman. Pero el cuerpo empieza a pedir más y después de un tiempo, nada te satisface. Todo te deja mal, la cabeza se te nubla, te sentís perseguido, no querés salir. ¡Es horrible vivir así!

   Describe el momento más crítico como una agonía, una autodestrucción. No se sentía bien nunca, ni siquiera consumiendo. Pero no la podía dejar.

—Y no solo consumía, también me inyectaba. Siempre encontraba la manera de meterla en el cuerpo. ¡Tenía la nariz hecha mierda! Como no me la podía meter por ahí, me la terminaba inyectando.

   Su casa era un fiel reflejo de lo que era su cabeza. La mantenía cerrada, con cobijas en las ventanas para que no se filtrara la luz. 

   Todo era oscuridad. Adentro y afuera. 

***

   Miguel pasó internado entre dos y tres semanas en la sala 10 del Municipal. Lo habían querido trasladar al neuropsiquiátrico que funcionaba en calle Necochea, pero él sentía que "no estaba para eso". 

   Cuando recibió el alta, empezó un tratamiento ambulatorio que duró 7 años y en el que tuvo recaídas. Lo hizo con otros seis chicos que tenían adicciones. 

   Cuenta que hacer terapia no fue lo más difícil de aquel momento, sino las lecciones de vida que su entorno le quería dar, diciéndole qué hacer y cómo. Por suerte, estaba su grupo.

—Se había formado un lindo espacio y logramos que el Centro de Prevención del Suicidio estuviera abierto no solo por la mañana, sino también por la tarde, para que el que se sintiera mal encontrara un espacio donde vomitar, largar, descargar todo lo malo e irse para seguir viviendo, luchando.

    Miguel recuerda que en ese grupo también cocinaban y hacían cosas para vender. Un poco como distracción y otro poco para ayudar a los chicos que no tenían un peso.

—También nos escuchábamos. Había un compañero que tenía 7 intentos de suicidio... Uno iba compartiendo historias y recolectando herramientas porque la solución no está ahí, está en uno. 

   Cuando el Centro se cerraba, trataban de sostener el contacto porque "las recaídas aparecen cuando uno está solo" y "no es lo mismo hablar con alguien que ya lo vivió". Por eso, también dieron charlas en barrios y escuelas, acompañados por un grupo de psicólogos.

—Sabíamos cómo hablarle a un adicto, cómo entrarle. A mí cuando se me aparecieron en la pieza con guardapolvos blancos, no quería ni verlos, es chocante para cualquiera que tenga una situación de encierro, ¡no te entra nada! Por eso empezamos a ir nosotros a las charlas y nos dábamos cuenta enseguida quién estaba viviendo algo así.

   Miguel dice que ese grupo ya no funciona. Pasaron muchos años y la mayoría logró salir de sus situaciones de encierro. Él recuperó muchas cosas que a sus 20 años daba por perdidas, como la relación con su hijo.

—Nunca más pensé en matarme. Hoy me pasan cosas, pero no me afectan tanto. Quizás porque tengo la cabeza más limpia y lo veo de una manera diferente. Se trata de empezar a mirarse a uno mismo y tener el coraje de perdonarse por lo que uno hizo y no pudo hacer, y lo mismo con los demás. Creo que la gran mayoría de los cambios pasan por el perdón.

***

   El Miguel de 2011 se parece poco al actual. Si bien remarca que hay heridas que permanecen, aprendió a lidiar con lo que le toca. Ya no es ese chico solitario que creía haber perdido a su familia: hoy se hace cargo de su hijo, estudia, trabaja y proyecta.

   Vive en una localidad del sudoeste bonaerense, en la que se refugió cuando no sentía paz. Hoy, su cabeza está distinta y eso le permite reflexionar.

—Estaba cerrado a cualquier tipo de idea o solución y quise escapar de algo que después terminé viviendo. Lo que te va a tocar vivir, te va a tocar. Hay que fortalecerse. El consumo te debilita mucho la cabeza. En ese momento había perdido el trabajo, mi hijo era chico, tenía una relación un poco peligrosa con la mamá porque los dos éramos consumidores, estaban las deudas... Son problemas que muchos tienen pero si a la masa le agregás levadura [por la adicción], se hace gigante y no la podés contener.

    Por eso, para Miguel es importante ayudar a la gente a ver sus problemas desde otro ángulo. En su caso, escuchar o conocer personas que pasan por situaciones similares le dio "coraje para seguir", acompañado siempre por el apoyo psicológico.

—Cualquiera atina a decir "sos un boludo, ¿cómo te vas a querer matar?" o "sos un cobarde". Yo no lo veo así, uno tiene la libertad para hacerlo pero la idea es no llegar a ese punto sino pensar que hay alternativas, que no todo es para siempre. Así lo intenté resolver en ese entonces.

   Remarca que no se sale adelante de un momento a otro. Es un proceso. Después de la internación tuvo pesadillas, sufrió la abstinencia… Fue difícil. Recayó varias veces y se alejó del grupo, pero al tiempo volvió. 

—A veces uno se desespera y es al pedo porque la desesperación no te deja pensar y te lleva a actuar mal.

—Hablaste del proceso, ¿qué te permitió recuperar?

—Muchas cosas, pero sobre todo estar con mi hijo. Ya hace 3 años que vive conmigo; nos alternamos días con la mamá pero me pude hacer responsable de un montón de cosas, como el estudio y la salud. Lo que más me dolía era no poder ayudar a mi hijo a vivir en un mundo como este, y lo pude lograr, tratando de mantener la cabeza ordenada e influyendo en cosas buenas.

—Hoy, que podés ver las cosas desde otro lugar, ¿creés que hay algo que pueda ayudar en los momentos más duros?

—Hay cosas que te pueden hacer sentir mejor. En su momento me acerqué a Dios. También es importante tener gente cerca, aunque generalmente es uno el que la aleja; y lo principal es pensar en uno. Muchos te dicen "tenés un hijo por quien luchar" pero eso solo te hace sentir más culpable. ¡Estás vos por quien luchar! Uno tiene que salir adelante y ver las cosas, si uno no está bien no puede darle nada bueno a nadie. 

—¿Qué le dirías a alguien que se siente como te sentías hace 10 años?

—Lo primero es que las cosas tienen solución, que lo único que no tiene solución es la muerte. Y las pérdidas no tienen solución pero sí una manera de sobrellevarlas. Ver y escuchar otros casos es muy bueno. Yo no solucioné nada, sigo remándola, pero encontré la manera de sobrellevarla. A veces uno se ahoga en un vaso de agua y creo que la mayoría de los suicidios vienen por pérdida de trabajo, problemas financieros, no poder darle a tu familia lo que necesita.

   Miguel continúa haciendo terapia individual. Tiene varios proyectos y hace poco se mudó, aunque siempre en la localidad del partido de Villarino. No se piensa ir de ahí: es un hermoso lugar para ver crecer a su hijo.

   A pesar de la distancia, no se olvida de Bahía ni del grupo que lo acompañó. Asegura que es necesario que la ciudad cuente con un lugar de contención al que pueda ir la gente que se sienta mal.

—Hay droga a lo loco en Bahía. Con tantos problemas de adicción, la ciudad necesita un lugar que esté abierto no sé si las 24 horas pero sí más de 8, e incorporar gente que pudo rehabilitarse en los tratamientos: la dupla entre psicólogo y adicto recuperado sería una fusión muy buena y ayudaría mucho más que un psicólogo solo, porque es importante la mirada de alguien que ya sabe lo que es.

 

   * Este testimonio fue construido con la historia de Miguel, un bahiense de 30 años que vive desde hace 5 en una localidad del partido de Villarino. Miguel es el nombre ficticio elegido por el propio entrevistado para proteger su identidad.

 

El concepto de muerte

   El psiquiatra infanto-juvenil Eduardo Seminara (MP 29610) dijo que, sobre todo en las edades más tempranas, se suele pensar el suicidio como un "dejar de molestar a los demás, sin tener ni la más mínima idea de lo trágico, abrumador o destructivo que puede ser para las personas cercanas la ausencia de un ser querido, y más la ausencia de manera autoprovocada". 

   Explicó que a veces también está "la fantasía de que se va a matar y después va a estar, como en los dibujitos, mirando desde el cielo cómo los demás se lamentan por el daño que le hicieron. Como una especie de reivindicación, de revancha, 'ahora van a darse cuenta de mi ausencia, de que no me comprendieron'".

  El especialista remarcó que la mezcla de la cotidianeidad con lo virtual y lo ficticio también hace que adolescentes y jóvenes "no lleguen a corporizar" la idea del suicidio. Y a veces también pasa que "les sale mal".

   "Hay casos en los que quisieron volver para atrás pero se cayeron del balcón o tomaron una pastilla sin saber lo que tomaban. También hay veces en las que quieren terminar con el sufrimiento y se llenan de pastillas para no pensar, pero en realidad no quieren morirse. Y después está el que está muy deprimido y no quiere saber nada y por ahí falla un intento y busca otro", diferenció el psiquiatra.

—El concepto de muerte imaginario, ¿se aborda en la terapia?

—Sí. Dicen cosas como "lo mejor es que yo no esté, que no les haga más daño", y realmente no llegan a mensurar lo que eso representa. Yo a veces les digo: "La vida no es como la Play, que ponés start y arranca otra vez; lo que vivís mal, lo que sufrís o el daño que te hacés es ahora, no hay una segunda oportunidad, entonces vamos a tratar de buscar otras alternativas menos drásticas y más saludables". 

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   Seminara, que trabajó un tiempo en el Hospital Penna y actualmente atiende en el ámbito privado, contó que en su experiencia hospitalaria tuvo contacto con varios adolescentes por intento de suicidio. Algunas veces "más impactante, fuerte y concreto" y otras, "más light en cuanto a los métodos pero siempre con un sufrimiento por detrás".

   El especialista sostuvo que esta problemática está "más presente de lo que la gente se imagina, sobre todo en este período en el que hay tanto malestar. La facilidad o la liviandad con la que muchas veces piensan en el suicidio, no porque eso sea menos grave sino porque por ahí no llegan a medir la magnitud de lo que eso representa, hace que en muchos chicos esté rondando la idea".

   Ante esas situaciones de angustia y sufrimiento, hay factores de protección que pueden ayudar, como "escuchar a los hijos, ser adultos accesibles que en lugar de sermonear traten de entender y no minimicen ni se burlen del adolescente que, por ejemplo, está angustiado porque lo dejó una chica". 

   "Que haya una persona para contener, dar una mano, mostrarse como modelo de salud, de vitalidad, de optimismo, hace que no esté tan solo", aseguró Seminara.

   Es importante señalar que la conducta suicida tiene múltiples factores y no necesariamente se relaciona con una enfermedad mental. El psiquiatra indicó que —como en el caso de Miguel— una historia personal o familiar complicada puede llevar a una persona al consumo abusivo de sustancias que "va generando una insatisfacción cada vez mayor hasta que en un momento el suicidio aparece como un intento desesperado". 

   También explicó que algunos cuadros de psicosis pueden tener episodios delirantes que busquen el suicidio y otras veces también se llega a esa situación por trastornos depresivos, conflictos que llevan a la persona a sentirse muy sola, situaciones de bullying y desengaños amorosos que "a algunas personalidades les provocan gran daño y no encuentran otra alternativa que quitarse la vida, con lo trágico e irreversible que es eso". 

   Seminara destacó que en muchas situaciones, como le pasó a Miguel, se logra salir adelante: "Lo maravilloso de su relato es que tiene una alternativa más optimista para su vida, a pesar de las dificultades. En otros casos caen y no vuelven: algunos terminan con su vida y otros, destruidos por el consumo", lamentó.

 

"El intento de suicidio no debe ser minimizado"

   El licenciado en Psicología Hugo Kern (MP 00114) explicó que para determinar que hubo un comportamiento suicida es necesario saber que esa fue la intención de la persona, dado que también están los comportamientos parasuicidas. 

   "El comportamiento suicida es el que declara el objetivo de la autoeliminación; y el parasuicida es cuando, por ejemplo, manejás alcoholizado. Es decir, una conducta de un riesgo muy grande cuyo efecto muchas veces es la muerte", diferenció.

   Por esa razón, es muy difícil determinar cuándo se trata de un intento de suicidio.

   "A veces un intento de llamar la atención termina de la peor manera, por eso planteamos que ningún intento de suicidio debe ser minimizado. Los llamados de atención hay que trabajarlos porque son un problema", advirtió Kern.

   El especialista explicó que la conducta suicida se determina por tres factores: la sociedad, es decir, el modelo civilizatorio y la cultura; los grupos, en el sentido de lo que se comparte, las formas y valores; y la decisión personal, que es lo que una persona decide hacer en ese contexto.

   Indicó que, previo a la conducta suicida, se configura a nivel individual un pensamiento que va madurando hasta que "aparece la idea de que hay demasiado sufrimiento, no se soporta más, no hay forma de solucionar los problemas y la muerte es una solución a todo".

—En el trabajo terapéutico, ¿cómo se empieza a abordar un intento de suicidio?

—Hay una cantidad de aspectos que hacen al tratamiento. Lo primero es el acompañamiento: generar una situación de cuidado y de contención. Después viene un proceso en el que se trabaja "qué quisiste hacer, por qué, te ha pasado en otros momentos, qué cosas has intentado hacer, cuáles son los problemas que estás enfrentando, cuáles te parecen más importantes y te llevaron a esta idea, qué pensabas que iba a pasar si lo lograbas…". Tratamos de poner en palabras todo ese proceso. También hay que saber si la persona sigue con la idea: si llega a un hospital con un intento de suicidio debe haber un equipo de Salud Mental que intervenga para que no se vaya con la misma idea con la que entró. E inmediatamente, el acompañamiento familiar: la institución de salud no va a reemplazar a la familia ni a las amistades; hay que saber con qué red cuenta.

—¿La mayoría tiene acompañamiento familiar?

—Es uno de los problemas principales. A veces no es fácil que la familia quiera saber en qué punto está relacionada con eso que está pasando. Es decir, nosotros podemos tener una discusión y para mí puede ser aliviador pensar que la loca sos vos y yo estoy bien; y que cuanto más loca te pongas vos, más me alivia, porque la loca sos vos. Eso es más fácil que ponerme a pensar qué hago para que a vos te pase eso.

   El profesional destacó que con trabajo terapéutico muchas personas logran reflexionar sobre los motivos de su decisión y después de un tiempo concluyen que no eran tan importantes, al reconocer que se trataba de "causas transitorias que podrían haberlos llevado a tomar decisiones definitivas".

    Kern aclaró que este proceso reflexivo "no te libra de los errores que pudiste haber cometido, pero sí te puede dar algún tipo de explicación y la posibilidad de que no sigas repitiendo ese comportamiento", aunque haya recaídas.

—¿Te has encontrado con casos que resultan imposibles?

—Cuando una persona hace un tratamiento, vos decís "tiene ganas de cambiar", por consiguiente tiene una preocupación en sí misma y la idea de que es posible estar mejor, pero también (como dice el dicho) es más fácil seguir teniendo los problemas que tengo que intentar cambiarlos. Esas dos cosas están en pugna. Ahora, hay momentos en la vida donde la fuerza destructiva, enfermante, malsana domina el panorama, la persona se deja llevar y empieza a pensar que todo el mundo está contra ella, que es víctima de una conspiración y que todo el mundo le debe algo. Entrá por ese camino y ese camino la lleva, es como ser testigo de un choque de trenes. Son situaciones que suceden pero son minoritarias, la mayoría de las personas logran cambios cuando encuentran la posibilidad de reflexionar.

   En este contexto también es importante el compromiso del entorno. La Organización Panamericana de la Salud dice que la mayoría de los suicidios son precedidos de signos de advertencia, como hablar sobre el deseo de morir, sentir una gran culpa o vergüenza o sentirse una carga para los demás. 

   Otras manifestaciones son: la falta de esperanza, la angustia, la ansiedad, la ira, el dolor insoportable (emocional o físico), los cambios de comportamiento o humor, la distancia de los grupos de pertenencia, las despedidas, las acciones arriesgadas como conducir a alta velocidad, comer o dormir demasiado o muy poco y consumir drogas o alcohol con más frecuencia.

 

"No hubo menos intentos, llegaron menos al hospital"

  En este momento los intentos de suicidio en Bahía se miden a través de los registros de la guardia del Hospital Municipal y del Sistema Informático de Salud (SI Salud), que incluye unidades sanitarias de Bahía, Cerri, White y Cabildo.

   En las estadísticas no figuran los datos de los hospitales privados ni del Penna. Según indicaron desde el Departamento de Salud Mental, fueron pedidos pero no obtuvieron respuesta.

   Cada intento de suicidio refiere a una intervención, no a una persona, dado que algunas ingresan más de una vez al hospital por lesiones o intoxicación: "Los usuarios de los sistemas no suelen ser los mismos, a pesar de que en los números del hospital y del Sí Salud pareciera haber un correlato", indicó Hugo Kern, jefe del Departamento de Salud Mental.

  En la guardia del Municipal se registraron entre marzo de 2019 y febrero de 2020 93 intentos de suicidio de adolescentes y jóvenes: 55 tenían entre 12 y 19 años y el resto entre 20 y 25. La mayoría eran mujeres (64).

   En el SI Salud ingresaron en ese período 97 pacientes por intentos de suicidio, de los cuales 62 pertenecían al grupo de 12 a 19 años. Como en el Municipal, predominaron las mujeres (63).

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   En tanto, en el primer año de la pandemia, de marzo de 2020 a febrero de 2021, se registraron menos intentos de suicidio: 37 en el Hospital Municipal y 32 a través del SI Salud, manteniéndose una mayor prevalencia en los grupos ya mencionados.

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   Las cifras fueron aportadas por el programa Red de Vidas del Departamento de Salud Mental. Hugo Kern aclaró que si bien se observa una disminución en la cantidad de intentos de suicidio "no hubo menos, sino que llegaron menos al hospital, con lo cual el panorama es mucho más grave porque estamos suponiendo que muchos chicos quedaron sin atención".

   Kern dijo que el registro solo contempla el rango etario de 12 a 25 por un tema de recursos: "Tenemos el mismo desde hace muchísimo tiempo. Tratamos de intervenir en los distintos escenarios y sostener las distintas situaciones, pero es imposible hacerlo en toda la población", reconoció. 

   Además, explicó que cuanto más temprano ocurre un episodio, más factible es que la situación se complique con el tiempo, por lo que "tratamos de seguirlos cuando están en adolescencia temprana".

   Por otro lado, señaló que el trabajo confirma la teoría de que "las mujeres intentan mucho más que los hombres y que en los suicidios consumados pasa al revés: entre un 80 y un 90 % de las víctimas son hombres, que en general usan métodos más letales".

—¿Por qué las mujeres intentan más?

—Hay un problema de inequidad de género: las mujeres son sometidas culturalmente a una gran cantidad de presiones. Por eso, si bien en todos los usos de drogas la cantidad de varones siempre es mayor, en el caso de psicofármacos es al revés. Se lo llama "la tranquilidad recetada" y tiene que ver con la búsqueda de utilización de medicaciones para compensar las inequidades de género, es decir, las tensiones, el estrés, el conflicto que genera tener que hacer o no poder hacer, entrar en contradicción con los mandatos culturales o las limitaciones a la autonomía.

   El profesional sostuvo que es importante atender esta problemática porque en un 80 % de los suicidios hubo intentos previos con hospitalización

   Con respecto a los suicidios consumados en Bahía Blanca —según la información policial y teniendo en cuenta todos los grupos etarios—, se registraron 12 en 2019, 10 en 2020 y 11 en lo que va de 2021. Es decir, en apenas 5 meses se superó el registro del primer año de pandemia. 

   Si se tiene en cuenta todo el departamento judicial de Bahía Blanca que, además de esta ciudad, incluye Dorrego, Pringles, Rosales, Suárez, Gonzales Chaves, Monte Hermoso, Patagones, Puan, Saavedra, Tornquist, Tres Arroyos y Villarino, de enero de 2019 a finales de mayo de 2021 se registraron 138 suicidios.

   Ese dato fue aportado por el Ministerio Público Fiscal, cuyo registro marca que 57 corresponden a 2019, 50 a 2020 y 31 a los primeros 5 meses de 2021.

   Estas cifras sirven para acercarnos a la realidad aunque no resultan determinantes dado que algunos casos ingresan al sistema como "Averiguaciones de causal de muerte" por algún motivo dudoso y posteriormente pueden ser catalogados como suicidios sin quedar asentados en el sistema de búsqueda.

 

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Ante situaciones de emergencia podés comunicarte con la línea municipal 107. En prevención y atención trabajan la Unidad Operativa de Consultas en Salud Mental y el equipo Red de Vidas (4551159 - 2914261642) / Desde todo el país podés contactarte con el Centro de Asistencia al Suicida: 0800 345 1435 ó 135.

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