Tras las buenas intenciones, ahora se esperan los hechos

16/5/2021 | 07:00 |

La columna dominical de Eugenio Paillet, corresponsal de La Nueva. en Casa Rosada.

NA

Por
Eugenio Paillet

   La gira de una semana del presidente Alberto Fernández por Europa deja en una primera mirada resultados que en el oficialismo consideran como “muy positivos”, en función de los objetivos centrales que se fueron a buscar y que son básicamente dos: conseguir mayores plazos para pagar la deuda con el Fondo Monetario Internacional y forzar la posibilidad de un acuerdo más largo, y por el otro refinanciar hasta al menos finales de año el pago que la Argentina debe hacerle en los primeros días de junio al Club de París.

   Antes de avanzar convendría escuchar voces del Gobierno que dicen que en consecuencia no podría sostenerse -al menos desde una mirada “albertista”- que el Presidente fue a la gira europea en busca del apoyo político que le estaría escaseando  para llevar adelante sus principales proyectos en el país, en especial por la persistencia del “fuego amigo” sobre Martín Guzmán o de la mirada de observadores y analistas durante los últimos días sobre la presunta “debilidad institucional” del mandatario. Para no ahondar en la actitud hostil que aporta a la escena el llamado Peronismo Federal, aún el que pretende militar en Juntos por el Cambio bajo el liderazgo de Miguel Pichetto. 

   “Es una burrada del ala dura de la oposición macrista y parte de la prensa suponer que el Presidente va a necesitar apoyo político externo para solucionar sus temas internos. Es no conocer cómo se relaciona una cosa con la otra, si es que se relacionan el agua con el aceite”, se despachó sin miramientos un funcionario de ingreso diario al despacho presidencial que permaneció en Buenos Aires.

   En todo caso, un análisis a mitad de camino entre aquella mirada positiva de los funcionarios y ésta más crítica desde la vereda de enfrente podría resumirse en que el jefe de Estado pudo respirar algo de aire fresco durante sus encuentros con sus pares de Portugal, España, Francia e Italia, e incluso con la tan comentada breve visita al Papa Francisco, antes de someterse otra vez a los rigores de la gestión que lo aguardaban al retornar al país.

   Raúl Alfonsín solía reflexionar con un mezcla de resignación y realismo sobre el particular: decía que “uno es torazo en rodeo ajeno” ante cada viaje que emprendía al exterior, donde era colmado de lisonjas y promesas, que se desvanecían apenas ponía otra vez los pies en suelo argentino y retomaba la dura agenda local.

   Fernández recibió apoyos notorios para su cruzada por conseguir mejores condiciones de pago de la deuda con el Fondo. Casi como un recitado previamente estudiado, lo mismo le dijeron el portugués Costa, el español Sánchez, Macron en Francia y el primer ministro Draghi en Italia. No se conoce oficialmente si también Francisco se sumó a esa cadena de apoyo, porque el comunicado oficial del Vaticano no lo especifica, y Alberto dijo por todo concepto que Bergoglio se comprometió a apoyar a la Argentina “en todo lo que pueda”.

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   Macron fue por su lado muy específico a la hora de receptar los reclamos de Fernández para arreglar el diferimiento del pago de la cuota con el Club de París que vence a fines de este mes por 2.400 millones de dólares. “Estamos con ustedes”, lo endulzó, aunque tanto en este punto como en el que tiene que ver con la negociación por la deuda que dejó Macri, el mandatario francés advirtió que el Gobierno argentino deberá primero arreglar con el Fondo antes de avanzar en la búsqueda de soluciones.

   Esa postura estaría configurando una escena que debería seguirse con cautela: no solo porque el habitante del Palacio Eliseo sabe de los planes del ala dura del cristinismo para pretender alargar los plazos de pago a niveles no previstos en los estatutos del organismo, del mismo modo que advirtió que los socios del Club de París miran todo con el mismo prisma. También porque Francia sigue siendo la más crítica, junto a Irlanda, Alemania, Austria y Holanda, a la firma de un acuerdo de comercio entre la Unión Europea y el Mercosur en defensa de sus propios ganaderos y agricultores. Macron, pragmático al fin, no se ha privado de marcar esas diferencias, incluso en esta última oportunidad.

   Los esfuerzos del ministro Guzmán por enderezar esos dos objetivos y a la vez ganarse la confianza de sus pares europeos respecto de que su Gobierno “hará las cosas bien, dentro de las normativas”, abre al menos signos de interrogación. Más allá de la buena voluntad del Papa Francisco o de los diálogos con Kristalina Georgieva, resonó en despachos diplomáticos la frase de Macron instando a Fernández a resolver sus cuitas con el FMI y con el Club de París “de manera constructiva”. 

   ¿Qué querría decir ese mensaje, que encerraría, si no el consejo del presidente francés a su amigo argentino para no pedir cosas que los reglamentos de ambas instituciones no prevén, y que en caso de romperse servirían de mal precedente para reclamos de otros países deudores?

   El Presidente y su ministro de Economía prefieren quedarse, hasta que les demuestren lo contrario, con los elogios recibidos en la gira y la promesa de que la Argentina contará con esos apoyos a la hora de sentarse a negociar sus compromisos externos.

   Un supuesto, claro, que está por verse y que más importante aún debería ocurrir antes de fin de mes, en el caso del Club de París, y después de las elecciones de noviembre, en el caso del Fondo, al que la Argentina entre capital e intereses debería pagarle unos 4.800 millones de dólares. 

    La frutilla del postre de esta gira, que fue el encuentro de Alberto con Georgieva el viernes, corroboraría en principio esa impresión según la cual hay que “esperar para ver”. Lo dijo el propio Presidente: “Ella es muy comprensiva de lo que nos pasa. Ahora, esto es una negociación, todo se reduce a eso…”.

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