Ante el desafío de buscar equilibrio entre la salud y  la economía 

10/4/2021 | 07:00 |

La columna semanal de Ricardo Salas, corresponsal de La Nueva. en la capital provincial.

NA y Archivo La Nueva.

Por
Ricardo Salas

   La segunda ola del coronavirus llegó y como una ráfaga de viento otoñal, barrió con todas las discusiones de la agenda pública, y se reinstaló como única preocupación central, tanto del oficialismo gobernante como de la oposición en la Provincia. 

   Pero, con relación al año pasado, hay muchas diferencias de contexto a la hora de encarar la nueva etapa de la pandemia.  En primer lugar porque encuentra una dirigencia política preparándose para la contienda electoral de octubre, con un Gobierno con el desgaste lógico del ejercicio del poder, con una sociedad exhausta por la crisis económica que sigue a los tumbos después de la extensa cuarentena de 2020, y con una oposición ya enfocada de lleno en el objetivo electoral. Un combo explosivo. 

   Es una discusión de emergencia que ni la Nación ni la Provincia esperaban tener. Las previsiones oficiales hechas a fin del año pasado indicaban que, para la llegada de la segunda ola, ya iba a estar vacunada la mayor parte de la población de riesgo. Y hoy, un par de meses después, por la escasez de vacunas eso no ocurrió. 

   Igual, la Gobernación de calle 6 insiste con su pretensión de avanzar con la campaña de vacunación antes de que comience la época invernal. Los bonaerenses, en su gran mayoría, también quieren vacunarse lo antes posible. 

   Justamente, un contexto de tal gravedad como una pandemia, donde se juega la vida de la gente día a día, debería enfocar a toda la dirigencia política en atenuar los efectos sanitarios y económicos de la crisis sanitaria, y sincerarse en cuanto a la imposibilidad de una solución a corto plazo. Y la responsabilidad social debería, también, hacer su parte. 

   Resulta difícil imaginar que este año se vean “fotos” donde todos los actores políticos aparezcan sentados en una mesa de diálogo entre oficialismo y la oposición. De hecho, fue muy difícil llegar a un consenso entre la Provincia y CABA a la hora de tomar medidas más restrictivas por el aumento de la curva de contagios y poder atenuar el impacto de la segunda ola.  

   Aunque se suele decir que no todo es blanco o negro, otra vez en términos discursivos, el gobernador Axel Kicillof advirtió que estaba decidido a endurecer algunas restricciones puntuales y horarias, en el caso de que entendiera que el sistema sanitario bonaerense estaba en riesgo. 

   Y como mueca del destino inmediato, desde el ministerio de Salud hicieron saber que el sistema hospitalario ya está sintiendo un estrés muy alto por el rápido aumento de la curva de contagios. 

   En términos objetivos, restringir la circulación de personas entre las 0 y las 6, al igual que la limitación horaria en la actividad nocturna en bares y restaurantes hasta fin de mes, no pareciera significar “cerrar la Provincia”. Establecer límites siempre puede resultar antipático. 

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   Incluso uno de los reclamos más fuertes que hizo Juntos por el Cambio el año pasado, que era la vuelta a las clases presenciales, es hoy una bandera firmemente defendida desde la Casa Rosada. De todos modos, durante los últimos días, los gremios docentes del ámbito bonaerense salieron a poner en duda la continuidad de las clases presenciales “preocupados” por al acelerado incremento de contagios.  

   La “politización” de la pandemia continúa sumando capítulos. Referentes del Pro rompieron el prudente silencio que venía guardado frente al vertiginoso aumento de contagios, al considerar como "preocupante" el insistir con "restricciones excesivas” contra las libertades individuales. 

   A contramano y con mayor moderación, varios intendentes bonaerenses de la coalición opositora ya estaban aplicando restricciones a la nocturnidad ante el agravamiento de la situación sanitaria.  

   En las diagonales hasta el intendente macrista Julio Garro decretó la suspensión de la circulación y todas las actividades nocturnas desde la medianoche. Desde hace meses, la “nocturnidad descontrolada” platense está “prendida fuego” en términos de contagios con postales de bares, cervecerías y boliches desbordados de jóvenes sin barbijos ni distancia social. 

   Es razonable que los alcaldes -del color político que sean- prioricen el no colapso del sistema de salud por encima de las cuestiones partidarias.  

   Es verdad también que las restricciones no sirven de mucho si después los funcionarios a cargo de los organismos de control no fiscalizan el cumplimiento de las limitaciones. Funcionarios que no funcionan, podríamos decir apelando a la recordada frase de la vicepresidenta Cristina Kirchner. 

   Rápido y furioso, Kicillof agarró el lanzallamas y buscó pulverizar el comunicado mediático del macrismo. Tildó de “oportunistas irresponsables” a los dirigentes nacionales de JxC por intentar “boicotear” las restricciones horarias como medida de cuidado en aquellas zonas de mayor riesgo epidemiológico con el objetivo de producir un quiebre significativo en la curva de contagios. 

   Después, la convocatoria pública de la jefa política del Pro, Patricia Bullrich, advirtiendo que el espacio fundado por el expresidente Mauricio Macri “va a resistir” eventuales medidas “irracionales” para hacer frente a la segunda ola, a pesar del récord de contagios reportado en los últimos días, no hizo más que tirarle un bidón de nafta al habitual fuego político. 

   Al final, el gobernador bonaerense decidió seguir los lineamientos trazados por el presidente Alberto Fernández y le pateó la pelota a los intendentes, que son en definitiva quienes conocen el territorio de acuerdo al sistema de fases que está vigente.  

   Adelantó además que pondrá en marcha “un sistema de severas multas” para los incumplimientos al cual deberán plegarse los municipios, y “ofreció” un paquete de salvataje económico que básicamente apunta a reforzar la asistencia social.

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