Psiquiatría en chicos y adolescentes: señales para tener en cuenta y formas de ayudar

15/4/2020 | 07:00 |

Eduardo Seminara destaca la importancia de la contención, el cuidado y la presencia familiar.

Videos: Belén Uriarte-La Nueva.

Por Belén Uriarte / buriarte@lanueva.com

 

   El psiquiatra infanto-juvenil Eduardo Seminara (MP 29610) contó cuáles son los motivos más frecuentes por los que recibe a niños y adolescentes en su consultorio.

   El profesional resaltó la importancia de las familias y las escuelas en el desarrollo de los chicos y enumeró cuáles deben ser las señales a tener en cuenta para hacer una consulta con algún profesional.

   Según indicó, el suicidio es una problemática que preocupa: aconsejó hablar de muerte con quienes presenten indicios y llamar a las cosas por su nombre.

   —¿Cambió en estos últimos años el tipo de consulta que recibís?

   —He visto un cambio en general en la problemática de los chicos que veo y justamente eso motiva consultas distintas a las que veía muchos años atrás. En general, como yo trabajo sobre todo con adolescentes, veo muchas dificultades en el manejo de la ansiedad, muchos trastornos depresivos y en general veo una conflictiva importante entre ellos, entre pares, me sorprende un poco a veces las modalidades nuevas de resolución de conflicto.

   —¿Y encontrás un denominador común en quienes se acercan al consultorio?

   —Sí. También hay un denominador común porque en general yo atiendo a una parte de la población. Antes trabajaba en el hospital (Penna) y ahora solo trabajo en el consultorio privado, entonces hay una cuestión también de clase: mis pacientes son en general de clase media, clase media-alta, clase alta; y por ahí esto unifica unas cuestiones que seguramente se diferencian de lo que yo veía como casuística en el hospital. Pero el denominador común muchas veces es un nivel importante de confusión, de insatisfacción, de angustia, que es preocupante porque es un poco paradójico pensando la idea que habitualmente se tiene de la adolescencia como una etapa más bien feliz, sin preocupaciones; y en realidad hay muchos chicos que están mal, que sufren y tienen bastante confusión.

   —¿A qué creés que se debe la insatisfacción?

   —No soy un sociólogo, pero creo que hay una cuestión que tiene que ver con ciertos paradigmas que han cambiado respecto a un nivel de individualismo mayor, ciertos lazos sociales que me parece que no tienen la fortaleza que tenían antes y también poca comunicación familiar. Soy un entusiasta o un ferviente defensor de la familia, no es que esté en contra de otros modelos nuevos de familia o que apele solamente a la familia tradicional, me refiero a la familia en el sentido de que los jóvenes y los niños necesitan para crecer contención, cuidado, apoyo y presencia; y muchas veces por circunstancias económicas, laborales o porque los padres están en nuevas generaciones y tienen modalidades un poco distintas, veo que los chicos están algo a la deriva.

   —¿La clase social condiciona el tema de la insatisfacción en los chicos?

   —Creo que condiciona las circunstancias que provocan insatisfacción. Cuando hay cuestiones de mucha más carencia, de mucha más dificultad económica, social, muchas familias desmembradas, padres en prisión y cosas por el estilo, obviamente hay un nivel de sufrimiento. En otros medios sociales por ahí hay ciertas cosas que no ocurren de igual manera, pero la incomunicación, la dificultad en los vínculos afectivos con los padres o estas cuestiones de pares también provocan sufrimiento.

   —¿Cómo se trabaja el tema de la insatisfacción? Con una persona totalmente desmotivada, que no tiene ganas de vivir, ¿por dónde se arranca?

   —Primero hay que tratar de ver si la persona se da cuenta de esto, si lo vive de esta forma o si es algo que se observa externamente. No siempre la persona que está mal te dice "estoy mal" o "me pasa esto", muchas veces tiene lo que uno clásicamente llama malhumor, irascibilidad, malas contestaciones, maltrato, que genera un círculo vicioso porque a su vez eso provoca alejamiento, represalias o penitencias que agravan el problema. Primero ver si hay una conciencia respecto al malestar; después ver si esa situación está vinculada a algo que haya ocurrido en algún momento particular o a un contexto familiar, laboral o social que resulte nocivo; y por último ver qué tipo de herramientas tiene la persona y cuáles son sus recursos psicológicos, muchas veces inclusive hace falta ayudarla farmacológicamente si el problema ya es un poco más profundo o lleva más tiempo de arrastre.

   —¿A qué deberían estar atentos los padres para hacer una consulta psiquiátrica?

  —Los motivos de conducta son variados obviamente. Los dividiría en dos tipos: cuando el adolescente o niño pide consultar o cuando hay preocupación familiar más allá del pedido o no de la persona en cuestión. Siempre digo que cuando un chico o un adolescente pide una consulta no hay que desatenderlo: hay que tener en cuenta que no es simple para un chico hacerlo, porque todavía existe el factor de confusión respecto a "el que va al psicólogo o al psiquiatra está loco" o a que los problemas se encaran de una forma distinta a otro problema de salud, cosa que hay que cambiar y desterrar porque obviamente es contraproducente. En general un chico rehúsa las consultas: no le gusta ponerse los brackets, no le gusta ponerse los anteojos, no le gusta ir al kinesiólogo y tampoco le gusta que lo lleven al psicólogo o al psiquiatra. Entonces muchas veces la respuesta es "yo no estoy loco, ¿para qué voy a ir?". O sea que si un chico pide ayuda me parece importantísimo no desatenderlo y hacer la consulta rápidamente porque eso puede ser la punta del iceberg de toda una cuota de sufrimiento que ya viene desde hace tiempo, de ideas suicidas, de una depresión que está cursando o alguna cuestión de bullying que no ha expresado.

   Después los padres se preocupan por situaciones que pueden ser objeto de preocupación real o puede ser la confusión de ellos en cuanto a entender qué le está pasando a su hijo o hija, sobre todo a los adolescentes que son los que más confunden. Y uno tiene que dilucidar si es una situación objetiva donde hay una problemática psicológica o si forma parte de los procesos cambiantes y tan variados que pueden ir transcurriendo durante las etapas de vida de un chico o un adolescente.

   Los papás consultan muchas veces por problemas de comportamiento, por problemas de consumo de alcohol o de sustancias, preocupados a veces por un mal rendimiento escolar, porque hay una situación familiar puntual (una separación, la pérdida de un ser querido) o por situaciones vinculadas a problemas de salud crónicos, donde hay chicos que fueron sometidos a operaciones por alguna malformación, que tienen que hacer tratamientos constantes y molestos por algún problema de kinesiólogo o de fisiatra, o que tienen enfermedades crónicas que requieren atención, como problemas renales. Esto lógicamente convulsiona a la familia y hace sufrir al adolescente, lo hace sentir distinto del resto de sus pares. Esas cosas generalmente son fuente de preocupación y hacen que uno diga "bueno, cómo podemos ayudar a este chico".

   —¿Qué factores suelen causar alarma en los padres?

   —Una de las cosas que a mí me parece más importante a tener en cuenta (insisto con el tema de la adolescencia porque es el tema fuerte mío, donde más consultas tengo) es la necesidad de que haya variaciones. Cuando hay mucha rigidez en un comportamiento, sea porque sale todo el tiempo, porque está encerrado en su casa y no tiene en general amigos, porque tiene malhumor constante o porque tiene excesos de sustancias como el alcohol; y no es un hecho aislado, es un poco llamativo porque en realidad una de las características de la adolescencia es este proceso cambiante, esta investigación, esta búsqueda, estar entusiasmado con algo un tiempo y después cambiarlo y que aparezca otra cosa novedosa.

   Por supuesto que si uno ve cambios en el estado de ánimo, sobre todo cierto aislamiento, cierta reticencia a hablar, siempre de mal humor; puede ser índice de algún nivel de sufrimiento no hablado, que el chico o el adolescente no ha podido manejar, no ha podido procesar. Entonces es importante ir a la búsqueda de eso, tratar dentro de este diálogo que uno necesita tener siempre y que hay que buscarlo con los chicos, consultarles, preguntarles, ver cómo se sienten, ver cómo se están manejando en otros ámbitos. Un comportamiento patológico puede estar solamente en un ámbito y puede estar vinculado a un contexto, a lo que ocurre en la escuela, en la casa; o puede ser un comportamiento generalizado, que ocurre más allá del medio más o menos favorable.

   —¿Existen actualmente más trastornos o simplemente se les puso nombre al reconocerlos como tales?

   —Hay más trastornos reconocidos en el sentido de que la medicina, la psicología y la psiquiatría avanzan, y lógicamente se ha entendido mejor cómo funciona la mente, se han empezado a redenominar y clasificar de manera diferente algunos trastornos.

   Después creo que además de que se conocen más, hay un nivel de insatisfacción, de situaciones sociales que me parece que a los jóvenes los ponen en problemas. Veo muchos chicos insatisfechos, mucha violencia. Como las cuestiones que han surgido últimamente en la prensa por el asesinato del chico en Villa Gesell: peleas hubo siempre, pero esto de una patota agarrar a uno o seguir pegándole cuando está indefenso o ante la primera situación ya empezar a pegarse, para mí es un poco novedoso y preocupante.

   —¿Trabajás con el chico/adolescente y su familia?

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   —Sí. Desde mi punto de vista, no es que lo he descubierto yo, siempre que trabajás con niños y/o adolescentes, tenés que trabajar de una u otra manera con la familia. No quiere decir que la familia tenga que venir a hacer terapia como la gente a veces cree. En muchísimos casos también tenés que trabajar con la escuela, porque vos tenés que conocer e intervenir en los ámbitos que son la vida natural de un chico.

   Un adulto tiene un nivel de autonomía mucho mayor, desde su autonomía económica para decidir si viene o no vine, hasta su decisión de venir o no venir; en cambio un adolescente o un nene es traído por los padres y depende de ellos, y muchas de las circunstancias que inclusive pueden provocar su malestar, obviamente no de forma deliberada, adrede; pueden ser por una dificultad familiar o un mal funcionamiento del sistema familiar. Entonces desde ese punto de vista la intervención con la familia es fundamental.

   En mi caso no hay chico o adolescente que atienda con los que no haya tenido contacto con la familia, lo que no quiere decir que la familia esté al corriente de cada cosa, en el sentido de que uno por supuesto respeta el secreto profesional, la intimidad del adolescente; pero los padres son partícipes necesarios porque son responsables de sus hijos y en buena hora que lo sean porque por algo estamos hablando de seres que todavía no tienen su nivel de independencia o autonomía total. Tiene que haber adultos que de una u otra forma se hagan cargo, se involucren y conozcan lo que ocurre. Hay que ayudarlos a entender el proceso porque podés hacer un trabajo muy bonito en una sesión, que salga perfecta, redondida; pero después el chico va a la casa y si no se comprende el momento que está pasando, por qué ocurrió tal o cual comportamiento, o la comunicación no es fluida; vuelven a repetirse los modelos patológicos y la sintomatología.

   —¿Hay algunas problemáticas que los padres pueden prevenir?

   —Hay cosas que obviamente pueden salirse de control, pero es importante la mirada atenta de los padres y cierto nivel de control, que no quiere decir privar al joven de su autonomía y su independencia, sino permitir desarrollarlas en medios saludables. Es la responsabilidad que tenemos los padres: los hijos nos dan un enorme placer, todos sabemos que es de lo más lindo que hay en la vida, pero nos exigen un trabajo, un esfuerzo, un cuidado; y ese cuidado no tiene que faltar, entonces debe haber diálogo, comunicación... Y el diálogo no es el interrogatorio: el interrogatorio por así decirlo forma parte de lo que un padre tiene que hacer respecto a su hijo, pero si el chico cada vez que nos ve uno está controlando en lugar de preguntarle cómo se siente, qué está haciendo, qué cosas lo hacen feliz, qué necesita... Además de que es enormemente placentero para un padre poder hacerlo, es absolutamente fundamental y necesario para el crecimiento saludable de ese chico. Y si hay algo que no está funcionando bien, que sea detectado lo antes posible: la prevención y la detección precoz son los dos elementos fundamentales para intervenir antes de que sea tarde.

   —¿Qué tan importante es la autoestima en un chico y de qué manera se puede ayudar para que la desarrolle correctamente?

   —La autoestima yo creo que es importante para todos porque todos tenemos que sentirnos más o menos bien con nosotros mismos, tener confianza en lo que hacemos y sentirnos valorados. Esa valoración inicialmente tiene que venir del contexto familiar, de quienes educan y crían a los chicos, y después se transforma en un elemento propio de confianza. Sin eso las cosas funcionan mal porque lógicamente mi presentación en sociedad, mi presentación ante el mundo, mi forma de encarar un desafío X (un esfuerzo deportivo, una tarea de la escuela, una modalidad de relación) va a estar condicionada con el nivel de estima o autoestima que yo tengo. 

   —¿Hay muchas consultas en relación al suicidio?

   —Yo no tengo una casuística (en algún momento estuve involucrado, cuando trabajaba en el hospital), pero es un tema preocupante. Obviamente que son los casos extremos pero ocurren y ocurren más a menudo de lo que la gente cree porque a veces por una cuestión de no difusión para evitar efectos de contagio, no siempre las noticias se saben.

   Yo viví en Suiza, un país que vemos, y en muchas cosas lo es, como el ideal. Es el que todos damos como ejemplo del bienestar y del orden; y la tasa de suicidio es muy alta. Es un tema preocupante, por otros motivos que los nuestros tal vez: ahí hay mucha soledad, mucha insatisfacción, mucho aislamiento social, poca comunicación entre las personas, no tienen los lazos que por ahí nosotros los latinos estamos más acostumbrados a tener. Pero de todas formas acá también es un tema muy importante y hay que estar atento a las señales.

   —¿Cuál es la idea de muerte que tiene el adolescente? ¿Es igual a la del adulto?

   —Sí, en parte sí. Todavía en el adolescente está un poco la fantasía de la muerte como un proceso en el cual se va a hacer una especie de justicia, se va a entender mejor lo que a él le pasaba y se va a revalorar su situación post mortem, lo cual obviamente es una fantasía. Yo siempre les digo a los chicos: "Esto no es un jueguito de la Play que vos, una vez que te mataron, ponés enter y funciona otra vez; cuando te moriste, te moriste. Podés creer espiritualmente a través de la religión, en otras situaciones; pero la vida tal como la conocemos no existe más y no hay forma que exista. Y vos no vas a estar mirando a nadie desde el cielo a ver si te llora o no te llora y si alguien se acuerda de vos va a estar con una cuota de sufrimiento horroroso".

   Ellos tienen esa actitud más superficial, más ligth, respecto a que "sí, qué se yo, me mato", "si soy la causa del sufrimiento mejor que yo no esté", y cosas así que realmente lo dicen sin entender, desde mi punto de vista, en su real magnitud la gravedad y la profundidad que eso implica. 

   —En estos casos, ¿sirve hablar sobre muerte con los chicos?

   —En todas las personas, en general, sirve hablar si uno tiene sospecha de que pudiera estar pensando en el suicidio. Esto es bien conocido: es importante no entrar en una cuestión morbosa obviamente, pero llamar a las cosas por su nombre y preguntarle a la persona si en algún momento lo pensó, si tuvo alguna fantasía, si más allá de la fantasía en algún momento tuvo alguna especie de plan ya un poco más elaborado, si (aunque suene horroroso) compró una soga para ahorcarse o cosas por el estilo. Depende el nivel, es importante abordarlo.

   Creo que todos los seres humanos hemos pasado por algún momento de sufrimiento en el que hemos pensado "no, para vivir así, no es bueno vivir", que está muy lejos de decir "me voy a suicidar"; quiere decir "no estoy satisfecho, quisiera que las cosas cambian" y faltaría "qué puedo hacer para que las cosas cambien por lo menos en lo que a mí respecta". Esto es importante trabajarlo con el adolescente porque a veces en esta cuestión tan extrema que tienen ellos de irse casi sin límite al acting podrían llevar la idea directamente: decir "no, para vivir así mejor no" y a los dos minutos tomarse una pastilla, cortarse o cosas por el estilo. Hay que hablar, por supuesto que hay que hablarlo.

   —¿Los brotes psicóticos son comunes en los chicos? ¿Cómo y por qué se originan?

   —Por suerte no es algo tan frecuente. Cuando uno piensa en episodios de brotes psicóticos, esquizofrenias, obviamente hay una casuística, hay un porcentaje de población y en general son patologías que aparecen en gente joven, sobre todo en la adolescencia, en los primeros años de la juventud. Lo que pasa es que son bastante evidentes: es alguien que por decirlo vulgarmente está loco, o sea que va a tener episodios que son realmente incoherentes o delirantes, o va a sentir voces que le hablan, que lo impulsan a actuar, va a tener momentos de confusión, inclusive puede desaparecer de la casa, estar perdido en algún lado, tener conductas extravagantes... Son cosas bastante llamativas. 

   De todas maneras, hay otras circunstancias que lamentablemente son mucho más frecuentes y tienen que ver con los episodios psicóticos o de confusión por el consumo abusivo de sustancias. Por ejemplo, la marihuana puede provocar episodios psicóticos en jóvenes o por lo menos se sabe que hay una frecuencia mayor en las personas que consumen marihuana que en las que no la consumen. Las intoxicaciones en general también pueden provocarlos, inclusive lo vemos en los episodios delictivos tan horrorosos y tan llamativos donde la gente hace cosas hasta monstruosas y vos decís "qué tienen en la cabeza". Son generalmente producto del consumo de sustancias, de la pérdida de la racionalidad y de la lógica que tenemos que tener coherentemente los seres humanos.

   Los brotes ocurren pero afortunadamente no son el tipo de pacientes que más veo. Son chicos que los llevan a la guardia: digo chicos porque en ese caso sí me llaman a mí, si no llaman a otros colegas. Después al consultorio pueden venir pacientes con patologías crónicas: pueden estabilizarse, andar muy bien con la medicación, pero son personas que toda la vida posiblemente van a tener algún grado de precariedad en su funcionamiento. 

   —¿Cuáles son las causas cuando no hay consumo de sustancias?

   —Son problemas biológicos, claramente cerebrales. Así como el autismo es una condición que tiene que ver con algún momento del desarrollo, también en estos procesos se sabe que hay causas biológicas porque inclusive hay una importancia genética demostrada, donde claramente hay una incidencia mayor en gemelos que en hermanos que no son gemelos, a su vez más en hermanos que en gente que no es familiar. Hay causas que son claramente biológicas: esto no es en general un problema de índole psicológica como pueden ser otro tipo de conflictos, aunque obviamente también un contexto puede hacer que se precipite con más facilidad.

   —Viviste en el exterior, ¿qué cosas creés que se pueden implementar para mejorar la salud mental en Bahía?

   —La salud mental yo creo que, de mi humilde experiencia, es en general un tema difícil en todas partes. Pero donde yo viví respecto a Bahía es el día y la noche: la salud mental está considerada como un tema importante, hay recursos económicos para ayudar y dar acompañamiento a la gente, hay personal en los hospitales, hay redes que realmente funcionan. Acá la situación para mí, con todo respeto, es patética: no hay ayuda de las obras sociales, no hay servicios adecuados en los hospitales, no hay contención para las situaciones en general. El autismo comprende una enorme proporción de población y sin embargo no hay medios para llevar a cabo adecuadamente los tratamientos, las rehabilitaciones y todo lo que hay que hacer. Realmente es muy malo.

   —¿Creés que hay un menosprecio en comparación con los problemas de salud físicos?

   —Sí. Yo creo que hay un menosprecio a la salud en general. El estado de salud en nuestro país es deplorable, el público por lo menos, inclusive el privado. Tengo una obra social carísima y hay cosas que no están incluidas por el eterno tema de los presupuestos... En el hospital público (en el Municipal hay más servicios) es muy difícil conseguir un turno, que haya un seguimiento... Yo lo viví en carne propia, ese fue uno de los motivos que me llevó a dejar el hospital directamente: la insatisfacción constante de sentirse con las manos atadas, de no poder ayudar como la gente merecía. 

   —¿Es importante que las escuelas prioricen el tratamiento de la salud mental?

—Todo lo que la población pueda conocer sobre la salud en general y sobre salud mental es bienvenido, pero se necesitan efectores que operen. El conocimiento es una parte: si los padres aprenden ciertas conductas mejores, si en las escuelas se previene el bullying, si hay otro tipo de situaciones que se contemplan, por supuesto que es mejor y forma parte de las cosas que hay que hacer. Pero nosotros necesitamos atención concreta y directa de la gente que no la tiene. Esto no les gustará a algunos, lo lamento, hablo con experiencia.

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