La Nueva Vivencia

Leé "Granada", uno de los cuentos destacados en el concurso literario

9/2/2020 | 06:30 |

El cuento escrito por Natalia Mabel Aguirre fue seleccionado por el jurado como uno de los finalistas en el concurso literario.

Natalia Mabel Aguirre

   Granada era una ciudad de Andalucía, en el sur de un país llamado España, que tampoco existe hoy. En este tiempo no hay límites geográficos, no hay países ni regiones, solo algunos mojones determinan los terrenos de cada individuo. Los seres humanos son ciudadanos de la Tierra, hablan un lenguaje unificado, el lenguaje de la Sociedad del Nuevo Mundo, diseñado e impuesto por los líderes, quienes tienen su asentamiento gubernamental en lo que en el pasado debe haber sido Rusia.
   ¿Qué hago yo, un científico del siglo XXI, atascado en el XXXI ? Aquí, la respuesta.

   Debido a una particular interpretación del calendario maya, se había señalado al año 2012 como aquel en el que llegaría “el fin del mundo”. Sin embargo, ese día transcurrió como cualquier otro y la humanidad siguió despreocupada por el futuro, viviendo sin ninguna clase de planteos apocalípticos, ocupada en el presente y el vértigo de la posmodernidad, en un eterno Carpe Diem.

   Hastiado de esa realidad y de mi vida, decidí que necesitaba hacer un viaje, pero sabía que en ese mundo globalizado nunca podría escapar lo suficientemente lejos.

   Sofía me había dejado, llevando en su valija mi dignidad y mi corazón. Porque el hecho de que yo sea un científico no implica que sea frío y sin sentimientos. Soy un eterno romántico, amante de la poesía y de las canciones de amor. Cuando ella me dejó, todas las canciones parecían repetir su nombre, sobre todo, “Granade” de Bruno Mars, un cantante de un país llamado Estados Unidos, del cual prefiero no hablar demasiado, sobre todo porque en una sociedad sin límites geográficos sería difícil explicar todo lo que implica ser o no ser norteamericano (estadounidense).

   Ella me besaba con los ojos abiertos, como la mujer de la canción. Yo habría sido capaz de sujetar una granada con mi mano, saltar delante de un tren, dejar que me dispararan en la cabeza por ella. Yo habría muerto por ella. Ella por mí, no. Sofía era esa mujer, la de la canción. Yo era él y quería volar.

   La noche de la gran decisión, escuchaba “Granade”, pensaba en mi vida con Sofía y revisaba mi correo. Yo no busqué ese viaje, el viaje vino a mí.

   Mediante un e-mail me informaron que el experimento en el que participaba, había llegado a su etapa final y se buscaban voluntarios para las pruebas. Entonces supe que lo que habíamos estado construyendo en mi Departamento era una parte de una máquina del tiempo. La oferta -de pasar las pruebas psicofísicas- consistía en viajar al siglo XXXI para recabar toda la información que pudiera ser relevante para nuestro tiempo. Era un viaje de ida y vuelta. Y yo extrañaba tanto a Sofía, que decidí escapar.

   Los voluntarios no eran muchos y resulté ser el mejor calificado. Los directores del proyecto elegían el siglo y me daban la libertad de elegir el destino. Mi madre murió sin poder volver a España, donde había nacido, a Granada. Decidí que era una buena elección para conectarme con mis raíces y una especie de homenaje a esa maravillosa mujer, la única que realmente me amó.

   El viaje me dolió en la piel, en los huesos. Fue la hora más larga de mi vida. La tortura terminó cuando sentí el impacto. Intentaba repasar las instrucciones cuando noté que me costaba respirar. La máquina se estaba incendiando. Abrí la escotilla.

   Había imaginado un futuro con vehículos que volaran, edificios de cristal, seres físicamente evolucionados. Al llegar creí que un error en la máquina me había llevado al pasado.

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   La tarde de mi llegada una multitud de ciudadanos se hallaba en la Plaza Mayor conmemorando el Día de la Sociedad del Nuevo Mundo . Mi aparición causó asombro y miedo. Yo sentí algo similar.

   Emití un breve mensaje en inglés, ruso y español. Pronto supe que nadie me comprendía. Me detuvieron y me llevaron a una celda rudimentaria. En un par de horas llegó un anciano con un diccionario bajo el brazo. Por él, uno de los reservorios del lenguaje, supe toda la historia...

   El a veces temido, a veces ignorado, “fin del mundo” llegó progresivamente a causa del calentamiento global, el derretimiento de lo polos, la deforestación, el agotamiento del terreno, el hambre, los terremotos, las guerras. Pero el planeta no dejó de existir, tampoco la raza humana. Algunos sobrevivientes y la Tierra comenzó a regenerarse. El “fin del mundo” solo fue el fin de una etapa y el surgimiento de una nueva pseudo “Edad de Oro”. Los sobrevivientes, dispersos en distintas regiones del globo, aislados en pequeñas comunidades, comenzaron a cuestionar su realidad. Enjuiciaron a la ciencia y la hallaron culpable. Concluyeron que la lucha por el poder tecnológico entre los países del primer mundo había contribuido al fin de la humanidad. Planearon un mundo unificado, con un solo lenguaje y sin fronteras.

   Desarrollaron nuevas capacidades analíticas. Los tests de coeficiente intelectual ya no podían medir los últimos parámetros y esa nueva sociedad, despojada de avances científicos, aparentemente primitiva, llegó a contar con el medio de comunicación más eficaz jamás imaginado, la telepatía.

   En principio, la comunicación telepática era voluntaria, requería cierta concentración, relajación y predisposición del destinatario a establecer tal vinculo comunicativo. Para el siglo XXXI, leer los pensamientos del otro era algo  habitual y espontáneo. Con el tiempo, algunos  términos habían dejado de utilizarse, tal fue el caso de las palabras mentira, secreto y cortejar. Si un muchacho sonreía en la calle al ver a una hermosa joven y pensaba “¡qué linda!”, podía escuchar instantáneamente “ni en tus sueños” o “invitarme a salir” lo que aceleraba las cuestiones del amor de un modo notable. Si bien en un principio las personas se ruborizaban ante la lectura  de sus pensamientos, con el tiempo se fueron acostumbrando. Esta nueva facultad fue vista como algo natural pues, al fin y al cabo, todo era más sincero.

   Pensé cuánto me hubiera convenido utilizar la telepatía con Sofía. Tal vez las cosas hubieran sido diferentes. “¡tanto nadar para morir en la orilla!”, reza el dicho popular.

   Aquel anciano me informó que, en la sociedad del Nuevo Mundo, cualquiera que sintiera afición por las ciencias debía ser ejecutado, pues los científicos eran el equivalente a los brujos  medievales. Por mi desinformación, y considerando  las circunstancias de mi llegada, me dieron la oportunidad de cambiar, de renunciar a las ciencias y ser un converso. Intenté explicar que, en mayor o menor medida, la ciencia es parte de la vida humana, pero  ante la amenaza de muerte realicé el juramento y me dispuse a vivir según las leyes de la nueva sociedad a la que había arribado.

   A casi todo me acostumbré, excepto a la telepatía espontánea. En un principio el desarrollo del cerebro me fascinó y fantaseaba con los estudios que habría realizado de no estar en riesgo mi vida. Pero me resistía a que mis pensamientos fueran leídos por cualquiera, a no tener privacidad. Cada vez que algo del nuevo mundo me llamaba la atención y lo veía con ojos de científicos, un grupo de guardias se me acercaba y me advertía que dejara de pensar en aquello. Mis pensamientos eran multados.

   Debido a que había logrado dominar perfectamente el lenguaje unificado, me ofrecieron trabajar en una biblioteca. Me decepcionó ver que había  muy pocos libros , pues todo lo que contuviera un vestigio científico había sido destruido al fundarse la nueva sociedad. Del resto solo contábamos con traducciones y algunos diccionarios de diversos lenguas, en el sector Museo.

   En el siglo XXXI el ser humano había alcanzado el mayor grado de desarrollo mental, pero se resistía a investigar, descubrir, crear.

   Una tarde se acercó una joven a la biblioteca buscando un libro de poemas. Le ofrecí un ejemplar de mi poema favorito y le leí “Táctica y estrategia”. Ella me miró extrañada, en su mundo amar no era algo trabajoso. Su mirada curiosa y altanera me recordó a Sofía y no pude controlar mis pensamientos... “¡ qué linda sos!”. Inmerso en  fantasías, la vi sonreír al tiempo que escuché: “Soy Mariana. Vivo en el área 24,  a un kilómetro de acá. Podemos hacer eso y mucho más. Te espero a las 22hs. ¡No me falles!”.

   Esa invitación, que en otro tiempo me hubiera seducido, me llevó a concluir que jamás podré acostumbrarme a un mundo sin romance, sin tácticas y estrategias para el amor. Sin Sofías que te rompan en corazón, si deseos de morir y vivir y llorar tantas veces. Sin canciones que te permitan viajar al pasado para torturarte y psicoanalizarte.

   Esta noche me pondré de pie en el centro de la plaza pública y confesaré a viva voz mi devoción por la ciencia. Me declararé dispuesto a investigar hasta las últimas consecuencias cada cosa que pueda ser investigada, hablaré de fundar universidades y laboratorios.

   Mi confesión será la granada que sostendré en mi mano, ya no por Sofía, sino en nombre del desaparecido amor. Esa declaración bastará para que mi viaje termine. Pronto aparecerán los guardias para eliminar el último rastro de la vieja sociedad que, según ellos, fue culpable del fin del mundo.

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