Populismos y sostenibilidad global

5/1/2020 | 06:00 |

El status republicano es vital para deconstruir el nacionalismo metodológico, principal barrera para abordar los retos del cambio global.

por Tomás Loewy

La institucionalidad no solo nos permite convivir, dialogar o crecer: es la única senda para trascender en este mundo sin morir en el intento. Una de las dicotomías que interrogan esta posibilidad es la que se dirime entre  populistas y republicanos.
En ambos espacios coexisten retazos residuales de «los grandes relatos» del siglo XX. Esta escisión social se puede atribuir a imperfecciones tanto de la democracia como del mercado. Entre otros factores, el acto electoral acabó siendo el eslabón más débil del sistema, sobre todo en países no desarrollados. En cuanto al eufemismo «fallas de mercado» lo más significativo es el avance del neoliberalismo.
El resultado global fue una preeminencia evidente del poder económico, en la transición del siglo, sobre la política. De esta forma quedó tácitamente cancelado el «Estado de bienestar» que, en la posguerra, obró como una visible resiliencia de la democracia. Hoy sufrimos una preponderancia financiera mundial, por sobre lo productivo, con claro debilitamiento de los estados-nación. Las tendencias negativas arrojaron crecientes niveles de desigualdad y deterioro ambiental. 
Podríamos parafrasear al populismo actual como una reedición de las ideologías, pero en modo farsa. En efecto, conviven en su seno distintos signos y oportunismos de época. No es que el izquierdismo, socialismo o neoliberalismo, se disfraza de populismo (peronismo en Argentina), sino todo lo contrario. Ocurre que las ideologías,  a pesar de su obsolescencia, aún son menos vergonzantes. 
La ecuación básica de este formato (híper electoralista) consiste en proclamar la representación -excluyente- del «pueblo» por la mera legalidad de haber conseguido los votos. No puede subsistir -empero- sin el relato del enemigo (público) de ese pueblo, fetichizando imperialismo, comunismo, neoliberalismo o demonizando personas. El círculo se cierra con un liderazgo vertical que, usualmente, culmina en «ismo». 
Parece claro que esta nueva versión del culto a la personalidad agrava los problemas que dice solucionar: a la desigualdad social se añade una división inducida, con alto potencial de violencia. Cabe detener esta nueva marea antipolítica, que se suma a la corporativa, jerarquizando la educación en valores cívicos. Esto es, para alcanzar una síntesis de «unidad en desigualdad», que no luce como una opción: es la única posibilidad de privilegiar democracia sobre hegemonía.
Paralelamente, es imperativo no perder de vista que la principal incertidumbre humana reside en el cambio climático. El status republicano es vital para deconstruir el nacionalismo metodológico, principal barrera para abordar los retos del cambio global. Esto último, no es un problema económico, ideológico o de clases, es existencial y universal.
Si naturalizamos pensamientos binarios y reduccionistas, caemos fuera de los límites legales e institucionales. Esto significa, literalmente, prescindir del futuro. Al respecto, la política ya no puede reivindicarse como tal por fuera de un paradigma de sostenibilidad operativa. 
Para aproximar a estos objetivos, de viabilidad general, los insumos culturales son esenciales e imperiosos. En esta dirección, la generación de un cosmopolitismo real es una asignatura determinante. Argentina podría hacer mucho, en estas materias, sea para reencontrarse consigo misma como para contribuir a una sociedad-mundo posible.

Tomás Loewy es ingeniero agrónomo. Vive en Bahía Blanca.

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