Tras las huellas del Tren de la Marea que llegaba a la "playita" de Galván

18/1/2020 | 07:00 |

Una recorrida por el histórico ramal entre las estaciones Noroeste y Garro permitió constatar que muy poco queda de una época donde miles de bahienses se trasladaban en ferrocarril hasta el mar.

 

Fotos: Emmanuel Briane y Archivo - La Nueva

Adrián Luciani

aluciani@lanueva.com

   Apenas algunos tramos de vías cubiertos por pastizales y un par de andenes sin uso constituyen los últimos testimonios de lo que fuera el Tren de la Marea.

   Poco y nada queda de aquellos paisajes surburbanos que cada verano poblaban miles de bahienses ansiosos de mitigar el calor estival en la llamada “playita de Galván”, a la que La Nueva hiciera referencia en su edición del sábado pasado.

   "Los bahienses tienen dos sitios para buscar un respiro a los rigores caniculares. El piletón de agua de mar de Maldonado y el balneario municipal de Puerto Galván. Galván es un balneario de mar, de aguas abiertas, que solamente puede ser aprovechado en las horas de marea alta. Por eso las informaciones meteorológicas bahienses no se prescinde del enunciado del horario de pleamar. De la coincidencia del mar creciente y temperatura alta, depende que las familias se movilicen, en tren especialmente, para buscar el disfrute sencillo y sin pretensiones", mencionaba "La Nueva Provincia", el 2 de enero de 1965

   El tren fue el medio de transporte más empleado para llegar al mar y corrió entre las estaciones Bahía Blanca – Noroeste y Garro, esta última en Ingeniero White, con varias frecuencias diarias adaptadas al horario de la marea.

   También fue conocido como Tren Obrero al ser empleado para trasladar a la gran masa de trabajadores que cumplía funciones en el área portuaria de Ingeniero White y Galván.

   "Las autoridades del Ferrocarril Nacional Roca han informado que se hará correr en la presente temporada un tren adicional, denominado "bañista", con destino a la playa de puerto Galván. El servicio, según se anunció, partirá a las 15, desde la estación Noroeste, exclusivamente en aquellos días en que la marea se presente en horas de la tarde y en los que el tiempo lo justifique. Se sugiere a lo pasajeros presentarse con anticipación en las boleterías para evitar aglomeraciones". "La Nueva Provincia", 12 de enero de 1969

   Un documento invalorable de ese período fue difundido tiempo atrás por Alcira Martellini. Se trata de un boleto mensual de 1967 entre las estaciones Garro y Bahía Blanca Noroeste.

   Hoy, sin los monumentales talleres ferroviarios, con nula actividad ferroviaria, a 45 años del último Tren de la Marea, el paisaje en la estación Bahía Blanca - Noroeste resulta muy diferente del que supo tener décadas atrás.

   La terminal, con su edificio en buenas condiciones y andenes intactos, probablemente constituya el elemento más concreto para recrear aquellos viajes.

   También las vías que pasan por debajo del puente Colón y se internan en los barrios San Martín y Colón, a escasos metros del Inglés, hasta llegar a la parada obligada que realizaban las viejas formaciones tiradas por locomotoras de vapor y más de 10 vagones, en Donado y Teniente Farías, frente a la Oleaginosa Moreno.

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   Allí ya no quedan rastros del antiguo apeadero, apenas los rieles semienterrados que luego cruzan la avenida Arias, frente al hotel Mesón Sur.

   Después solo vías oxidadas y pastos, sin vestigios de la estación Loma Paraguaya o parada La Nativa (en la refinería de la Esso), aunque sí del sector conocido como la Alcantarilla, donde pese a algunas obras destinadas a mejorar el escurrimiento del agua de lluvia hacia el mar, aún hoy puede verse el brazo de un pequeño canal donde la gente se bañaba.

   Al llegar al sector donde estaba el balneario Galván aparece lo que queda de su arboleda, dentro de la subzona franca, el área logística y el predio de la empresa cerealera Dreyfus, todos cercados y sin posibilidad de acceso.

   Incluso la cantina y los vestuarios de aquel popular recreo fueron demolidos.

   Solo la estación Garro, ahora en manos de particulares, permanece de pie en calle Rubado al 3.500, al final del trayecto. Resulta interesante reproducir el testimonio autorizado del intelectual whitense Conrado De Lucía, quien llegaba a la playita desde la estación whitense.

   "Solamente podíamos bañarnos en las horas de pleamar, en las que el agua avanzaba mansamente sobre la arena, hasta permitir bañarse en poco más de medio metro de profundidad. Recuerdo, en las noches de verano, bajo la luna llena, estar haciendo la plancha junto a otros bañistas en la serenidad de esas aguas sin oleaje y en completo silencio, y escuchar y ver a mi lado de tanto en tanto el salto de los pejerreyes, en sus piruetas que celebraban tal vez sus ritos nupciales, o simplemente manifestaban una sencilla alegría de vivir semejante a la nuestra.
   "Entre la estación Garro y la parada del balneario, el tren se desplazaba sobre un talud de grandes trozos de granito, que lo elevaba entre dos y tres metros sobre el nivel de la marea alta. A ambos lados de la única vía crecían los grandes matorrales de tamariscos (...), que en los atardeceres se poblaban de grupos semiocultos merendando y tomando mate, y desde donde descendían hasta el agua haciendo equilibrio sobre las grandes piedras. Mientras estábamos allí, a cada hora pasaba el tren, yendo o viniendo de la estación Bahía Blanca Noroeste, de donde también traía oleadas de humildes veraneantes. Era emocionante, cuando se acercaba la máquina de vapor pitando a más no poder, y mientras las mamás sujetaban a sus hijos pequeños, ver pasar lentamente a medio metro de distancia al negro monstruo resoplante, que parecía abrirse paso dificultosamente entre los tamariscos y el gentío que lo contemplaba a ambos lados de los rieles.

 

   Sin embargo, pese a la pérdida de tantos testimonios, queda la imborrable marca que aquella formación de vagones de madera y su balneario supieron grabar en la memoria colectiva de varias generaciones.

   Con ellos se ha ido una época que ya no volverá, la de una sociedad de tiempos pausados, con más igualdad y donde no hacían falta muchas cosas para ser feliz.

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