Música y emoción

María es de Punta Alta, va a perder la vista y quiso disfrutar del show de Abel Pintos

6/3/2019 | 11:12 |

Fotos: Emmanuel Briane-La Nueva. / Videos: Pablo Goicochea - Edición: Francisco Villafáñez

Por Belén Uriarte / buriarte@lanueva.com y Pablo Goicochea / pgoicochea@lanueva.com

 

   No soy quien soy si no te tengo

   creo en las manos de Dios y no en este absurdo dolor.

   Mirar el mar ya no me sirve, no me da la calma,

   vivo del último beso que guardo en el alma.

   Nunca sabrás lo que duele tu nombre.

 

   Cada vez que María viaja a Buenos Aires para operarse de la vista tararea esta canción. “El mar” es uno de los tantos temas de Abel Pintos que acompaña sus días.

   María Castro es de Punta Alta, tiene 65 años y se sometió a tres cirugías por un glaucoma terminal. No ve con claridad y cuenta que en cualquier momento puede quedar ciega. Por eso ayer decidió aprovechar la oportunidad de tener cerca a Abel, que anoche cerró la FISA 2019 ante 30.000 personas.

   En la zona VIP y parada frente al escenario, María llora con cada canción. Tiene una mezcla de sentimientos. Alegría por verlo a metros. Tristeza porque no quiere que el tiempo se lleve su vista.

   —Abel significa mucho para mí. Hace mucho que lo sigo —dice la mujer, mientras sostiene con sus manos el bastón verde que usan las personas con baja visión.

   María lleva unos lentes oscuros, una blusa floreada y una cartera sobre uno de sus hombros. Guarda cada palabra del artista en su celular blanco y cada tanto se seca las lágrimas —y la espuma de Carnaval que dejan caer los más chicos— con un pañuelito descartable.

   En el séptimo tema, “Oncemil”, María camina sola varios metros y luego una chica de la organización se para al lado, la toma del brazo y la acerca al escenario. Queda justo frente al artista.

   Así como si no doliera, así como si no estuviera…

   Abel sostiene las vocales por varios segundos despertando los aplausos de los miles y miles que colmaron el predio.

   María se toca el pecho, señala sus ojos y extiende sus brazos como si pudiera tocarlo. Aprieta fuerte el bastón y mira hacia abajo, buscando un respiro a tanta emoción.

   Cuando Abel pide aplausos, saltos o baile, ella responde levantando sus brazos.

   Aunque está a pasos del escenario, no lo ve con nitidez. Pero eso no le quita las ganas de cantar. Es consciente de que probablemente sea el último show que sus ojos puedan disfrutar.

   —Lo fui a ver muchas veces, incluso a Puan. Siempre acompañada de mi hija y de mi esposo. Siento mucha emoción porque hay muchas letras que me identifican.

   Es como si Abel las hubiese escrito para ella. Así lo siente María, que sueña con tocar la mano del artista bahiense.

   27 temas, más de dos horas de recital y unas 30.000 personas que —como dijo Abel— hicieron una noche mágica.

   El show llega a su fin minutos antes de las 23 y María intenta volver de a poco a la realidad. Piensa qué le diría a Abel si tuviese la oportunidad de conocerlo y deja salir su pensamiento.

   —Le diría que me acompañó mucho y que quiero que me siga acompañando a través del oído porque es lo que voy a sentir después. Solamente voy a escucharlo.

 


 

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