Entre la ficción y la realidad

Una historia de terror en Guatraché

8/12/2019 | 06:30 |

Las narraciones populares de las mujeres fantasmas son muchas, sin embargo, se vuelven aún más escalofriantes cuando los testimonios revisten de dos elementos urticantes: contemporaneidad y testigos en primera persona.

Fernando Quiroga / Especial para “La Nueva.”

fernandodepunta@gmail.com

   La Ruta 1 es una carretera provincial que se extiende al este de la provincia de La Pampa. Si bien su recorrido total alcanza 476 kilómetros, un tramo muy breve, atraviesa el Departamento de Guatraché. Allí mismo, en cercanías del poblado de General Campos, entre la localidad Alpachiri y la ciudad de Guatrache, cabecera del Departamento, ocurrió el avistamiento o tal vez debamos decir la experiencia sobrenatural que será la columna vertebral de éste relato. En el paraje conocido como Bajo de la Tigra, una testigo clave cuenta lo indecible; una manifestación que transversaliza no solo el miedo elemental, sino también lo místico y, por qué no, lo ilusorio.

La protagonista

   Las características de la personalidad de Yamila López Uriarte, no pueden ser más propicias para refutar una leyenda urbana o descreer fatalmente del universo sobrenatural: joven y profesional, abogada, militante feminista y agnóstica. Fuertemente comprometida con causas sociales, su vida oscila entre el estudio jurídico, su familia y proyectos deportivos. Mamá soltera de una beba, Ana Clara; y camino a una maestría en la Universidad de Buenos Aires, la joven jurista de 29 años, residente en Boedo pero nativa del partido de Rauch, vivió una experiencia, el 26 de noviembre de 2017, que cambió su percepción del mundo para siempre.

   Mi viejo es de Santa Rosa –nos cuenta- pero junto a mi tío, su hermano, iniciaron un emprendimiento en Alpachiri, por lo que decidí visitarlo aprovechando que me encontraba en Puan. Entré a la La Pampa por Guatraché y ahí nomás, camino al noreste; está Alpachiri. Nunca fui de ´levantar´ a gente que hace dedo, pero me causó mucha curiosidad (y algo de aprehensión, debo decirlo) una mujer a la vera del camino que hacía señas llamando mi atención. Sus movimientos eran raros, intensos, como si estuviese fuera de sí; y llevaba puesto un vestido claro, no se si blanco; parecía viejo, no actual…

   La descripción de Yamila es muy precisa. Sin embargo, es sólo el comienzo de la descripción de una “aparición” por demás incómoda.

   Ya había decidido no levantarla –prosiguió- sin embargo, me impresionó la mirada de la mujer al pasar a su lado; como si hubiera notado mi desaire y le hubiese molestado específicamente. Lo muy extraño (diría fantástico) fue que menos de un kilómetro hacia adelante, volvió a aparecer… era imposible pero ahí estaba. Decidí parar. Tenía el corazón desbocado, pero paré al fin y bajé del auto para ir a su encuentro.

   Hay un momento, un instante de quiebre; un segundo de certidumbre y terror, donde uno se da cuenta que lo que está viendo, lo que está a escasos pasos si bien es real, no pertenece al mismo universo. Explicarlo, quizás sea vano; sin embargo, ponerlo en palabras es la única garantía de transmisión de un sentir irreproducible. Su recuerdo, su evocación, es tan nauseabunda como su contemplación primera.

   Yamila estacionó a una distancia prudencial para sentirse protegida. Era el mediodía; ninguna sombra obstaculizaba la visión; el mundo parecía saturado de certezas; y eso era el problema….

   La extravagante mujer de la ruta tenía los ojos excesivamente abiertos; si hubiese habido otro observado sagaz, tal vez hubiera notado el temblor de las acuosas retinas inyectadas; los labios (si es que los tenía, desde la óptica de Yamila a tan solo 10 metros, solo había una mueca recortada) denotaban claramente un faltante de carne encuadrando la muestra pavorosa de los dientes, inquietantemente grandes. El silencio de la inmensidad, se cortaba levemente por dos sonidos: el motor sigiloso del auto, y el cercano sonido de fuelle de una respiración furiosa. Inmóvil hasta el espanto, la mujer solo expresaba vida a través del movimiento desbocado del pecho: ascendente y descendente de modo frenético y aterrador. Miraba hacia la otra vera de la ruta, en ningún momento y ante los llamados de Yamila, reaccionó. Hasta ese instante de locura

   ¿Estás bien?… - la testigo no sabía que decirle mientras se acercaba, sin embargo, sentía que debía comunicarse.

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   La Dama que parecía que no tenía párpados, giró el cuello hacia Yamila. Esta última, hubiese jurado que había vista un hilo de bruma circundando el cuello de la aparición. Con animus animal, de improviso y con agilidad monstruosa, corrió hacia Yamila.

   No les pudo explicar lo que sentí –la abogada lo recuerda con estupor-. Creo que la mayoría de las personas hablan del Miedo, pero, como una opinión personal, quisiera decir que éste, en muy pocas oportunidades se experimenta realmente y en forma tan intensa. Cuando ´eso´, lo que fuere, comenzó a correrme, sentí una desesperación diferente a cualquier dolor, malestar o angustia, creí que me moría…

   Yamila, en su huida desbocada, sentía un jadeo acercándose, casi podía oler la respiración de la mujer. No importó que el auto estuviera en marcha; no importó la puerta abierta; corrió a campo traviesa hacia el llano, hacia la nada, sintiendo una bestia a sus espaldas, rozándole la piel.

   De repente, y ante un cielo extasiado y visionario, cayó de bruces en la grava polvorienta del campo:

   Tropecé, sentí que me faltaba el aire; al caer miré para atrás y la mujer no estaba. Todo parecía denso, confuso; me quemaban las fosas nasales, no hacía calor, pero si sentía un ardor desconocido, los ojos me lloraban y hormigueaban. Levanté la vista y donde había campo vacío se levantaba un caldén enorme.

   Temblando, sin soltar el celular de la mano derecha, cubierta de polvo y con la rodilla sangrando, Yamila elevó la vista y le dio un escalofrío contemplar el árbol. En ningún momento lo había visto antes. La corteza desmesurada y rugosa, campeando el suelo árido, suponía monstruosas raíces sepultadas. Tendría más de 6 o 7 metros de altura, y si bien su copa, era pródiga en extensión, no filtraba la violencia del sol de mediodía.

   Pendiendo de una de las ramas más gruesas, descarnado y cubierto de moscas, el cuerpo de una mujer se balanceaba exangüe atado por el cuello.

   Yamila se incorporó gritando; llorando hasta desgañitarse. De repente, o quizás antes no lo había notado, el vaho de descomposición del cuerpo pareció bajar. Valientemente, sin perder posición, sacó con dificultad un pañuelo del bolsillo trasero para cubrir boca y nariz; y con la otra mano y gran apremio, tomó una enorme cantidad de fotos con el teléfono.

La leyenda urbana

   Decidimos investigar su hay algún evento en la línea de tiempo, veraz o mítico, que explique las apariciones fantasmales… En este lugar se teje la historia de una joven que en su noche de bodas perdió allí la vida.

   Don Venancio Arregui, nativo de Quemú Quemú, aficionado a las memorias identitarias pampeanas, refiere a la historia que oficiaría de precuela a tan curiosa manifestación sobrenatural: “A principios del siglo XX, una jovencita, Alba Sunchales (O tal vez de la localidad santafesina de Sunchales, con un apellido piamontés que ya no recuerdo) habría sido obligada a casarse con alguien del lugar, a quien naturalmente no quería. Por lo tanto, habría huido del casamiento y en ese espacio rutero habría encontrado la muerte. Otras crónicas, afirman que se quitó la vida ahorcándose en un caldén que, por aquellos tiempos, y antes de una sequía imposible, se levantaba en ese sitio. De todas formas, en el ideario colectivo, prevalece la idea no solo del suicidio, sino de las presuntas apariciones posteriores para el terror de muchos”.

   Desde la década del 60, hay incontables (literalmente muchísimos) testimonios de viajantes, automovilistas, camioneros y hasta grupos de runners en los últimos tiempos, que han asegurado con profundo estupor, haberse encontrado cara a cara con la difunta novia que habría sido el terror de Yamila…

El final, principio de todo

   La abogada se levantó con dificultad, temía tomarse del árbol para incorporarse; el caldén le daba impresión; mala espina. Temblando, haciendo un esfuerzo enorme por no sucumbir a la consternación, marcó el 911 y comprobó que no tenía señal. Llorando, volvió a la carpeta de Google Fotos y comprobó con horror que cada fotografía que había sacado perfectamente del cuerpo colgando, era un plano oscuro, atravesado por una descarga; como si fuese un equipo análogo defectuoso, como si algo hubiese impedido el registro de la imagen. Envuelta en lágrimas, desesperada y moviendo el pulgar de atrás para adelante sobre la pantalla, para volver a cada exposición fallida sin poder creerlo, no notó que ya el cuerpo muerto no pendía del árbol.

   Para cuando advirtió que la fría osatura de una mano helada la tomaba firmemente del cuello, pudo confirmar frente a frente, que la fémina de terribles ojos acuosos no proyectaba terror, sino una profunda y oscura tristeza. Antes de sentir que se le cortaba el aire y producírsele el desmayo, alcanzó a reconocer las pupilas pidiendo ayuda en silencio, y las oscuras marcas de la soga de la horca…en el cuello fantasmal.

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