Lo que quedó del conflicto

Sin fusiles y sin balas, 37 años después todavía la siguen peleando con valentía

12/10/2019 | 07:10 |

La vivencia de tres sobrevivientes de la Guerra de Malvinas. Bahía Blanca los cobijó para celebrar la 18ª Olimpiada de Veteranos. El deporte es una excusa para seguir hermanados en el dolor.

Parte del plantel de bochófilos Veteranos de Guerra junto a dirigentes y jugadores de la ABB. Fotos: Emmanuel Briane-La Nueva.

Por Javier Oscar Schwab / jschwab@lanueva.com
(Nota publicada en edición impresa)

   Honor y gloria.

   Dos palabras y el sentimiento compartido entre los sobrevivientes de la Guerra de Malvinas. El logo de las islas con los colores celeste y blanco expuesto en una calcomanía los acompaña a todas partes; ellos la ofrecen para poder recaudar unos pesitos y así seguir tirando. O para ayudar a quienes quedaron con secuelas físicas y no pueden asistir ni siquiera a los actos conmemorativos.

   Desde hace 18 años tomaron la decisión de juntarse en lo que denominan Olimpiadas de Veteranos de Guerra de Malvinas. Son sus vacaciones, el reencuentro entre camaradas y amigos o, como les gusta expresar: “Volver a verle la cara a mi hermano”.

   A Bahía asistieron más de 1.500 ex combatientes, muchos de ellos con todo su grupo familiar. Una gran movida que se inició hace una semana y que ya llega a su punto cúlmine.

   “Lo primero que preguntan cuando nos reunimos es dónde va a ser el próximo encuentro. Y lo hacen porque es un alivio al alma, a tanto dolor vivido...”, dijo el rosarino Omar De Benedetto, quien desde 2007 es uno de los nueve integrantes del Comité Olímpico de Veteranos de Guerra de Malvinas.

   “El trabajo de organizar todo es grande, nos gusta porque hacemos nuevos amigos”, señaló.

   Y de eso se trata, de repasar anécdotas, contarle a las nuevas generaciones lo vivido y estrecharse en un reconfortante abrazo, el que los mantiene vivos. 

   “Me tocó unas de las peores partes que le puede tocar a un ser humano. El Hospital de Infantería de Marina, atendiendo a los heridos y recibiendo a los soldados sin vida, los que hoy están enterrados en el Cementerio de Darwin”, contó.

   En un escenario bélico, del desempeño de los equipos de sanidad depende el éxito de cualquier misión. El sistema siempre se prepara para ayudar a reducir considerablemente el número de bajas, aunque también hay excepciones.

   “Salíamos con la ambulancia y no había resguardo de nada. El miedo era permanente, llegar a un lugar y encontrarte con un herido, una mutilación o personas muertas era desesperante”, contó Omar.

El rosarino Omar De Benedetto.

   —¿Cómo actuabas?

   —Inconscientemente, por el estado de adrenalina. Hoy tenemos compañeros con 56 o 57 años que son criaturas, no están bien. Nuestra cabeza camina cuatro veces más ligero que la del resto de los ciudadanos comunes.

   —¿Tu misión de asistir a los heridos surgió por algo en particular?

   —Porque entré al servicio militar y empecé a hacer un curso básico de enfermería pensando que la podía pasar mejor. Un día nos embarcaron en el buque rompehielos “Almirante Irízar” y bajamos en Malvinas, el 2 de abril de 1982.

   “Nunca había tocado un arma. Por eso cuando me preguntaron qué sabía hacer les dije la verdad. Ahí pasé a ser enfermero y luego instrumentista; hacía esterilizaciones, curaciones”.

   —Conviviste con el dolor de los demás y el riesgo de ser alcanzado por el enemigo.

   —En la guerra vale todo. Salíamos y no sabíamos si volvíamos, si te cae una bomba o te alcanza una munición. Tuve compañeros que no volvieron.

   —¿Qué recuerdos te siguen acechando?

   —Ver a la gente morir en el Hospital. Si llevás a una persona sin vida es una cosa, pero si la pierden delante tuyo... (se emociona).

   “El que queda mal físicamente es un problema, porque le genera estados psicológicos muy profundos. Y también te afecta a vos, que no podés entender lo que pasó. Hace 20 años no podía hablar de esto”, sintetizó.

   —El batallón de Infantería de Marina recibió muchos elogios.

   —Sí. Fue uno de los más castigados. Tuve la suerte de volver, pero siempre digo que hice lo que pude.

   —¿Qué sentido tienen estas Olimpiadas que ustedes organizan desde hace 18 años?

   —Gracias a las Olimpiadas hemos bajado en un 80 por ciento el índice de suicidios. Y todavía los hay...

   “Siempre digo que cuando empezábamos a vivir aprendimos a no morir...”.

   —¿Qué concepto tenés de lo que fue la guerra?

   —Que fue injusta, sucia y como dice una canción: ‘Por culpa de cuatro atorrantes...’ Nos quitaron nuestra juventud, nuestro sueño.

   “Fuimos con 18 años y volvimos con 40. Hasta el día de hoy hay muchachos que no lo pueden superar”.

   —¿Al menos se sienten reconocidos?

   —Por el pueblo sí, no nos defraudó ni nos olvidó, y siempre nos agradeció. La parte política o militar, que son los que están de paso, nos interesa muy poco. Sirve para nuestra vida cotidiana, nada más.

   —¿Siguen peleando la guerra?

   —(Piensa). Sin armas, todavía seguimos peleando por nuestros derechos. A los ex combatientes no los salvan si le dan plata, sino contención, cariño. Y gracias a Dios la sociedad nos reconoce.

   —¿Cuántos compañeros les están faltando?

   —Entre 5.000 y 6.000, de un total de 15.000 o más. Por eso cada minuto de esta vida es un momento para estar juntos.

Omar Coria (de rojo y con gorra) y Carlos Valverdi (con gorra), en la final jugada ante los cordobeses.


Bochófilo y marinero

   Reconocido jugador de bochas, Orlando Coria se dio el lujo de disputar la final en cancha de 9 de Julio.

   Superó un infarto en abril: “Me tomó por sorpresa” y a los cinco meses volvió a arrimar.

   Ayer (11/10) cumplió los 73 y si bien reside en Punta Alta, nació en Santiago del Estero en 1946.

   Ingresó a la marina a los 16 años y había cumplido 30 cuando lo subieron al “ARA Bahía Paraíso” en reemplazo de un suboficial que estaba enfermo.

   “Yo era cabo principal. Automáticamente me ascendieron (risas). Agarré una mochila y salí para una misión especial, mi primera experiencia como infante”, dijo Coria.

   “Nos llevaron al Batallón 2 y salí embarcado un domingo. Le dije a mi señora mañana vuelvo y no aparecí más”, recordó.

   “Nos embarcaron en el Bahía Paraíso y llegamos el día de la toma de las islas. Me asignaron como el grupo especial de servicios públicos. Era motorista y, armado, estaba al cuidado de la usina”, señaló.

   —¿La marina tenía la misión de asegurar el terreno?

   —Sí. Durante 15 días y después se lo entregamos al Ejército. Había que evitar que hubiese focos de ingleses en Puerto Argentino.

   “Encontramos una moto que habían tirado los ingleses y el teniente Scalesciani me dijo que la llevara. Le puse segunda y arrancó en una bajada. Hoy está en el Museo de la Infantería de Marina”, apuntó.

   —¿Cómo fue la toma del 2 de abril?

   —Impresionante. Los isleños dejaron sus armas en las puertas de sus casas; no así los marinos que se atrincheraron en la gobernación.

   “Es día murió el oficial (Pedro Edgardo) Giachino, nuestra primera baja. Cuando se izó la bandera nacional pensaba que era misión cumplida. Lloraba una barbaridad. Había estado en el ‘78 con las lanchas rápidas en el conflicto con Chile; jamás se me ocurrió pensar que esto iba a ser diferente”, subrayó.

   —¿Qué órdenes tenían?

   —No podíamos tocar nada que no fuera provisión proveniente de Argentina. Había cajas de comida inglesas y argentinas, pero...

   “El hambre y el frío  nos hizo cambiar de parecer. Encontré un sitio donde había leche Nido. Le pedí permiso al oficial encargado porque tenía hambre y me mandé primero preparando un té con leche. Como no me pasó nada me siguió el resto del grupo”.

   “Cuidaba los motores, hacía mantenimiento para que la rutina no cambiara y la electricidad funcionara. Con el tiempo un Hércules nos llevó a Río Grande, nos reemplazaron, teníamos una misión logística”.

   —¿Tu yerno es hijo de un héroe?

   —Sí. Le digo a Diego que su papá (Julio Castillo) fue un héroe, pero me responde que lo perdió a los 5 años, luego de acompañarlo a tomar un helado. 

   "A Julio lo mataron en Monte Longdon. Quedó sólo resistiendo luego de hacer que se fueran 12 soldados que estaban a su cargo”, dijo un apesadumbrado Coria.

El cabo jujeño

   Carlos Valverdi nació en Jujuy, pero en 2006 se jubiló y vive en Punta Alta.Tenía 25 años cuando lo embarcaron en el buque petrolero “Punta Médanos”.

   “Salimos a navegar y me enteré a mitad de camino. Fue a fines de marzo y llegamos un día antes del desembarco”, recuerda Carlos.

   “Yo no desembarqué. Éramos parte de la exploración y abastecimiento de barcos. Teníamos una bomba de tiempo encima”.

   “El buque se fundió porque llevamos las máquinas al máximo para intentar cumplir con todos. Estábamos informados en todo momento. Nos comunicaban por altoparlante”.

   “El golpe más fuerte fue el hundimiento del Crucero ARA General Belgrano. Perdí a la mitad de mis amigos y compañeros. Un golpe letal, artero”, remarcó.

   —¿Una traición?

   —Un dolor grandísimo Estaba fuera de la zona de exclusión. Un acto criminal. Uno no se repone, los sentimientos y recuerdos siempre afloran. Llevamos 18 años juntos para no quedar en el olvido, y la gente nos reconoce.

Los cordobeses Carlos Esteban Rivadero y José Ángel Fernández junto al bahiense Juan Scarfi (centro), organizador del evento.


La familia, el principal sostén para seguir vivos 

   Volvió. “Me acompañan Carmen (esposa), David, Matías y Mariela (hijos); Marina y Emiliano (nietos), además de Moisés (bisnieto). Soy tesorero del Centro de Veteranos de Rosario. Nos hemos divertido en Bahía. Y pude volver a Puerto Belgrano, al Hospital donde hice el curso durante el servicio militar”.

   El bochófilo. Orlando Coria formó su familia con Susana y es padre de Ariel, Natalia y Romina. “Participé de las mayorías de las Olimpiadas y sólo falté a tres”, dijo orgulloso.

   Soltero. Carlos es hijo de Elvira Guzmán (89 años). Y sus hermanos viven en Jujuy: Amelia, Clementina, Pedro y Norma.

Mustang Cloud - CMS para portales de noticias