OTRAS VOCES

El consumo adolescente

24/4/2016 | 00:19 | por Fernanda Herrera Gadea

Sabemos que consumo de sustancias psicoactivas hubo siempre, forma parte de nuestra cultura, donde se utiliza como manera de relacionarse con otros, y a través de ella se genera cierta identidad social.

¿Nos proponemos pensar qué hay detrás del consumo, especialmente, en adolescentes y jóvenes? Ellos mismos dan cuenta de lo que motiva su búsqueda: diversión, entretenimiento, nuevas sensaciones, “un buen viaje”.

Eso nos lleva a pensar, ¿un viaje a dónde? ¿Para salir o huir de qué o de quién? ¿Apartarse de qué mundo, y hacia cuál?. Sabemos que la búsqueda se orienta a potenciar un estado de bienestar y de placer inmediato, dejando atrás un estado afectivo negativo, sea este aburrimiento, timidez, estrés, etc.

El viaje es la alteración de un estado de conciencia, extraerse de un momento y espacio, trasmutando un vacío existencial en un viaje placentero.

Los jóvenes, lamentablemente, tapa de todos los diarios en estos días, ¿son un grupo de la sociedad, o son consecuencia, efecto y síntoma de ella?

Nuestra sociedad está cada vez más medicalizada, hay una tendencia a la expansión de la industria farmacéutica y sus mercados, donde la búsqueda final incluye acallar un síntoma. Desde antidepresivos o somníferos en adultos, hasta ritalina o metilfenidato en niños para mantenerlos controlados.

Ante lo insoportable del dolor, la vía más rápida de salida es tapar el síntoma para no sentir o para que no moleste. Apuntamos a un estado de bienestar constante, búsqueda de la felicidad como un imperativo categórico, el principio de placer con su impronta de ser felices, todo el tiempo y en todo lugar, y no como un estado, momentáneo y efímero, de a pedazos, de a momentos.

¿Cómo podemos, entonces, en esta sociedad tendiente al consumo de sustancias, de distintos tipos, exigir el no consumo a los adolescentes?

Hay que tener claro el horizonte: podemos desde un modelo jurídico penalizar y criminalizar, Podemos desde un modelo médico, medicalizar, o podemos tomar un modelo psico-socio-cultural y comprender y contener.

Tenemos hijos que recurren a la droga como acto de independencia, de autonomía, de pertenencia, de libertad de elección y acto pese a la prohibición legal y familiar. Y por otro lado, padres desbordados, que a su vez han sido (y son) hijos, con sus propias complejidades y limitaciones. Conflictos familiares y emocionales, laborales, dificultades para la independencia económica, ausencia de una escucha sostenida, falta de mediatización de la palabra, dando como consecuencia el acting o ya pasaje al acto, poniendo en la escena (mortífera) el cuerpo.

No hay causas unilaterales, es una yuxtaposición de lo personal, lo ambiental y lo social. Quizás, ante ese malestar social, se haga necesario un espacio para metabolizar sucesos y complejidades de la vida, y no la búsqueda de la solución rápida y sencilla, en este caso, mediante una pastilla, un “quitapenas” como decía Freud.

Y hablamos de “estado” de placer que otorga el consumo. ¿Y qué sucede con el “estado”... como regulador de la vida comunitaria? Esta droga, que provocó la muerte de 5 jóvenes (ahora), y puso en riesgo a otro tanto más, posee alta tolerancia social, buena fama en cierto estrato social, proporciona cierto carácter de clase y pertenencia, “un nosotros” privado y exclusivo, y hay una creencia de que se puede controlar, sin noción de la peligrosidad de su uso.

Además, al no asociarlo a hechos violentos ni delictivos, parece preocupar un tanto menos. En relación a esto, podemos pensar el rol de los medios de comunicación, qué decir y qué mostrar respecto de la peligrosidad y los límites del consumo.

Y podemos pensar en políticas de estado, de prevención de riesgo asociados al consumo, evaluando factores de riesgo y protección, propiciar espacios de debate y reflexión en torno de la problemática de consumo.

Habilitar y promover espacios extracurriculares de contención, para propiciar un lugar de escucha, desde lo artístico, lo cultural y/o lo deportivo. Generar, de esta forma, un sentido de pertenencia de modo recreativo y social, posibilitando la sublimación de las pulsiones en diversas actividades, elevando la ganancia de placer a través del desarrollo de actividades grupales satisfactorias.

El hecho, ocurrido días atrás ha traspasado el límite del llamado de atención, se ha convertido en un acto trágico. Sin dudas, es imprescindible intensificar el trabajo y la instrumentalización de recursos, como así también pensar en políticas de estado integrales, para dar una respuesta a la demanda social.

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Fernanda Herrera Gadea es licenciada en Psicología.

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