Qué saben los jóvenes de la vida

16/8/2015 | 00:12 |

Por
Maximiliano Allica

Veintitrés años tenía Alejandro Magno cuando ascendió al trono de Macedonia y treinta y tres a su muerte, después de haber hecho la conquista territorial más grande jamás conocida.

Treinta años tenía Jesús cuando comenzó su prédica y peregrinación, y treinta y tres contaba a su muerte, que dejó un profundo legado y una marca única: la historia de la humanidad se divide en antes y después de Cristo.

Diecinueve años tenía Juana de Arco cuando murió a manos de los ingleses en la lucha por una Francia libre, luego de haber sido designada a los diecisiete al frente de los ejércitos del rey Carlos VII, cuyo padre, Carlos VI, asumió el trono a los once.

Los veinte o treinta años de hace diez o veinte siglos no son los mismos de ahora, está claro. Pero todos ellos eran jóvenes, incluso tomando como referencia la época, cuando cambiaron al mundo para siempre.

Veinticinco años tenía Eva Duarte cuando se casó con Juan Perón y treinta y tres contaba el día de su fallecimiento, luego de haber cambiado una forma de hacer política en Argentina; treinta y dos años tenía Fidel Castro al tomar el poder en Cuba y escribir un capítulo de enseñanza obligada en los libros de historia.

Veintisiete años tenía Ernest Hemingway cuando publicó su primera obra de importancia, Fiesta, que abrió la puerta a un nuevo estilo de narrativa, de prosa escueta pero contundente. Veinticuatro años tenía Charlie Parker cuando revolucionó la forma de tocar la música popular más culta, el jazz. Ni hablemos de los rockers.

Ser joven es una gracia, un poder, un valor. Aunque no es lo único. La experiencia, en determinados casos, pesa mucho más o solo es reemplazable por el genio. Y genios son la minoría.

Recuerdo una charla con un australiano, cuyo nombre se me escapa, en Francia. Tendría unos 50 años y vivía en la campiña desde hacía 10. Lo sorprendía una serie de cambios en la administración de Justicia en su país de adopción.

Me explicaba que se había habilitado y, en cierta manera, facilitado, el acceso a altas magistraturas a jóvenes de 30 años o poco más. Le parecía una aberración. "Podrán saber mucho de leyes, de jurisprudencia, pero tienen que juzgar las conductas de las personas. ¡Y tienen 30 años! ¡Qué saben de la vida!".

Me pregunto quién, en realidad, sabe algo de la vida. Pero no quiero irme por las ramas y sí circunscribirme a cuál era su punto. Creo entender a qué se refería y me nace estar de acuerdo.

Salvo que seas un genio, un ser fundacional o refundacional, a los veintipico o treintipico estás más para aprender que para enseñar. Para ser guiado antes que guiar.

Hay una chica de 26 años, hija de un ministro de la Nación, que fue nombrada directora del Banco Nación, sin concurso.

Quizás sea una fuera de serie.

Quizás una próxima columna la dediquemos al nepotismo.

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