Alberto Molina, una vida entre el mar, el petróleo y la música
Se crió en el barrio Gardel, pescó con su padre, trabajó en una plataforma petrolera a 200 kilómetros de la costa y pasó casi cuatro décadas en una empresa Petroquímica. De grande descubrió la pasión por el canto.
Subjefe de la Sección Deportes con especialización en temas deportivos. Más de 30 años comentando fútbol y otro tipo de actividades; además de haber realizado coberturas en todo el país con la incursión de los elencos bahienses en la elite del fútbol nacional. También coberturas del seleccionado Argentino en acontecimientos como Copa América y amistosos internacionales.
La vida de Alberto Molina parece escrita en distintos capítulos, aunque todos tienen un mismo escenario de fondo, Ingeniero White. El mar, los barcos, la pesca y el movimiento portuario marcaron sus primeros años y buena parte de su trayectoria laboral. Sin embargo, después de casi cuatro décadas en la industria petroquímica, encontró en la música una pasión que lo llevó a descubrir una nueva faceta de sí mismo.
Su historia comienza en el barrio Gardel, un sector que llevaba ese nombre por la cantidad de familias vinculadas al canto y a la música. Allí vivían los Genovali, los Luciani, los De Lucia y muchos inmigrantes italianos que le daban una identidad particular al lugar.
"Mi infancia transcurrió en Cárrega y Plunkett, en el barrio Gardel. Vivía con mi padre (Plácido), mi madre (Carolina Pérez), mi hermano (Ricardo) y mi hermana (Élida), hasta que, con el tiempo, nos mudamos a una casa que construyó mi papá", señaló.
Sus primeros años escolares transcurrieron por distintas instituciones. Pasó por la Escuela N°116, la Nacional, la Escuela N°15 y el colegio Sarmiento de White. Pero uno de los recuerdos que conserva con mayor orgullo es el de haber sido alumno fundador de la Escuela Técnica.
"Empecé en 1969, cuando se dictaban clases en el Teatro de Ingeniero White, que pertenecía a la Sociedad Italiana. Nosotros entramos a limpiar todo porque ese año se inauguraba la escuela. Después, en 1976, se inauguró el edificio que está hoy sobre la avenida Dasso", aseguró.
Su vínculo con la pesca nació mucho antes de conseguir su primer empleo formal. Su padre, además de trabajar en Obras Públicas, en tareas de dragado y balizamiento, tenía un bote a remo con el que salía a pescar por la ría.
"Empecé a acompañarlo cuando tenía apenas 9 o 10 años. Mi papá levantaba langostinos, los cocinaba y los vendía en el mismo puerto, en Galván. Y también pescaba con tramayos, una red que se colocaba en la costa y aprovechaba el movimiento de las mareas. Con ese método capturaba corvinas, pescadillas, lenguados y otras especies. La actividad dependía de conocer muy bien los horarios de las mareas, ya que había que colocar la red cuando subía el agua y levantarla antes de que bajara, para evitar que los peces se escaparan", subrayó.
"Mi padre tenía redes de distintos tamaños para peces grandes y para langostinos. De él todavía conservo una estructura de madera que contiene las roldanas (ruedas por donde pasa la soga) para levantar o mover cargas pesadas con menor esfuerzo. Eso y los remos de madera colgados en la pared del garage son de mis tesoros más preciados", puntualizó.
Aquella pesca artesanal era parte de la vida cotidiana de Ingeniero White.
"Antes se pescaba casi desde el muelle, porque había mucho pescado en la ría. Con el paso del tiempo, el agua se fue calentando y los peces se fueron alejando. Hoy ya no es lo mismo", comparó.
Pero entre sus recuerdos de infancia aparece también otro trabajo, bastante particular, que comenzó cuando tenía apenas 10 años. Acompañaba a Antonio Ercolano, un vecino al que todos conocían como el "Sordo" Ercolano, en la venta ambulante de verduras.
"Arrancábamos de madrugada, después de la una de la mañana. Me acercaba a la casa del sordo y golpeaba el portón de chapa con un tirante para despertarlo. Después subíamos al carro tirado por un caballo y emprendíamos el viaje hacia el mercado de la calle Thompson, en Bahía. Ahí cargábamos papas, tomates y variedad de verduras que luego vendíamos por las calles de White y Villa Rosas", expresó.
"Yo iba con él y tenía la misión de gritarle lo que pedía la gente; era como una especie de amplificador. Venía una mujer y le decía que quería tomates, pero él no escuchaba nada. Entonces yo le gritaba al oído lo que necesitaba", relató entre risas.
El recorrido de ida y vuelta se hacía en plena madrugada. Después de cargar la mercadería, regresaban a White y, tras descansar un rato, salían nuevamente a vender.
"Lo hice durante dos veranos y me ganaba unos buenos mangos. Era, en parte, para ayudar a mis viejos. Siempre trabajé desde chico", contó Molina.
Una plataforma petrolera a 200 kilómetros de la costa
Después de recibirse como técnico, Alberto ingresó al Ministerio de Obras Públicas, donde ya trabajaba su padre. Comenzó embarcado y cumplía tareas vinculadas a la actividad portuaria, hasta que en 1977 apareció una oportunidad que cambiaría por completo su recorrido laboral.
"Mientras trabajaba en una draga observé que ingresaba al puerto un barco de aprovisionamiento. Me explicaron que estaba relacionado con una plataforma petrolera que iba a realizar tareas de exploración frente a Monte Hermoso. La curiosidad me invadió por completo, ya que era en una posibilidad concreta de hacer algo distinto. A través de mi hermana, (Élida) que trabajaba en el centro de Bahía consiguí información sobre la empresa Bridas S.A.P.I.C. (Sociedad Anónima Petrolera, Industrial y Comercial), que estaba incorporando personal. Me anoté y me llamaron", dijo
La plataforma estaba ubicada a unos 200 kilómetros de la costa montehermoseña, por lo que el traslado del personal se realizaba en helicóptero y demandaba más de una hora de vuelo.
"Comencé como marinero, con jornadas de 12 horas. Entre sus tareas estaban el amarre, el movimiento de materiales, el ordenamiento de los caños de perforación y la limpieza de cubierta. Con el tiempo pasé al piso de perforación, donde participé directamente de los trabajos de exploración. Allí se realizaban sondeos que llegaron a superar los 4.000 metros de profundidad", remarcó.
"Se perforaba entre 30 y 40 metros por día, dependiendo del terreno. Había que ir sacando el material con bombas, analizarlo y cambiar los trépanos (brocas de perforación) según lo que encontraban los ingenieros. Un trabajo de gran responsabilidad y muy bien remunerado", describió.
Durante aquella primera etapa frente a Monte Hermoso realizaron tres perforaciones, pero no encontraron petróleo. Después de aproximadamente un año y medio, la plataforma fue desmontada y trasladada hacia el sur.
"Nos trasladaron al golfo San Jorge, en las cercanías de Comodoro Rivadavia y Rada Tilly, en la provincia de Chubut. Con la misma plataforma continuaron los trabajos de exploración y me tocó vivir una experiencia difícil de olvidar, como ver por tele el Mundial de Fútbol de 1978 desde una plataforma petrolera, lejos de la costa y con el mar como único paisaje", reveló.
Pero en Comodoro la historia tuvo otro desenlace, ya que esta vez encontraron petróleo.
"El día que apareció estaba trabajando. El petróleo era muy bueno, casi parecía nafta por lo líquido. Me había guardado un frasco con una muestra, pero después de tantos años no sé dónde quedó", recuerda.
También conserva imágenes de los riesgos que implicaba aquella actividad.
"Una vez, mientras trabajaba junto a un compañero en una de las patas de la plataforma, una falla en una bomba provocó el ingreso de agua de mar. Tuvieron que salir rápidamente para evitar quedar atrapados. Ahí presencié un grave accidente durante una maniobra de amarre de un remolcador. Un tripulante quedó atrapado entre un cabo y una estructura metálica y perdió una pierna. Fue algo doloroso para quienes lo vimos", sintetizó.
"Era un trabajo muy peligroso. Se trabajaba con mucho viento, con hierros, grúas y elementos pesados. La plata que se cobraba era buena, pero los riesgos también eran grandes", resumió.
La experiencia en el sur se extendió hasta fines de 1979 y principios de 1980. La plataforma llegó incluso hasta la zona de la Isla de los Estados, en Tierra del Fuego, donde Alberto decidió desembarcar y regresar a White.
De la pesca a 38 años en Petroquímica
Durante su etapa en la plataforma, Alberto había conseguido reunir una cantidad importante de dinero. Ganaba varias veces más que en su anterior trabajo y, como todavía era joven, había comenzado a ahorrar, comprar ladrillos y pensar en su futuro.
Pero buena parte de esos ahorros terminó en financieras que quebraron durante el conflicto entre Argentina y Chile, en 1978.
"Yo era un pibe, ganaba mucha plata y no la gastaba. Había comprado un terreno, ladrillos y puse dinero en una financiera. Cuando mi mamá fue a renovar el plazo fijo, se habían quedado con todo; perdí toda la plata y nunca más supe nada", afirmó.
Con el regreso a la ciudad comenzó otra etapa; primero consiguió trabajo en Agromac, donde le habían prometido incorporarlo a un laboratorio por su formación técnica. Sin embargo, al llegar se encontró descargando camiones de fertilizantes.
"No era lo mío, jajaja. Me quedé apenas diez días y rajé, pero espués volví a acercarme a la actividad que conocía desde chico, la pesca. Junto a un amigo comencé a salir en una de las lanchas amarillas de White, aunque todo se fue diluyendo y hubo que buscar otros rumbos", acotó.
Una nueva oportunidad laboral apareció con la convocatoria de Petroquímica Bahía Blanca (PBB), empresa que en aquel momento tenía participación estatal y privada, y buscaba personal para sus instalaciones industriales.
"Me presenté, hice un curso de un año de capacitación y me incorporaron como operador de planta. Ese inicio coincidió con una etapa fundamental en lo que fue el desarrollo industrial del complejo petroquímico, como fue la puesta en marcha de la planta de etileno", aseguró.
"Estuve en la puesta en marcha de la primera Petroquímica. Del etano se obtiene el etileno y después ese producto se manda a Polisur, donde se fabrica el polietileno. Con el tiempo, en 2001, hubo una fusión de las empresas y se pasó a llamar PBB Polisur", apuntó.
Ese material, que forma parte de numerosos productos de uso cotidiano, se convirtió en el centro de su actividad laboral durante casi cuatro décadas.
Alberto permaneció siempre en el sector operativo, trabajando directamente en planta. Fueron 38 años de actividad, con buenas condiciones laborales, una obra social que destaca y beneficios que recuerda con agradecimiento.
"Siempre fue un buen trabajo. Me llevaban y me traían en taxi, tenía la comida y buenas condiciones. No me puedo quejar de nada; por el contrario soy un agradecido a estas empresas", dijo.
Finalmente, después de completar los aportes necesarios, decidió cerrar esa etapa laboral y acceder a la jubilación antes de cumplir los 65 años. Con ese dinero pudo concretar una compra importante, como fue una casa en Villa Rosas.
Alberto está en pareja con Gladys y es padre de Emanuel (41) y Leonardo (36).
A los 59 años descubrió el canto
La jubilación no significó quedarse quieto. Por el contrario, abrió la puerta a una actividad que nunca había imaginado convertir en parte de su vida.
Alberto comenzó a cantar a los 59 años y la oportunidad apareció de una manera tan sencilla como inesperada, porque un carpintero que había ido a realizarle un trabajo en su casa lo escuchó cantar y le comentó que también le gustaba la música.
"Esa conversación me animó a dar el primer paso. Primero lo hicimos en grupo, porque antes era muy común armar grupos de canto y salir a probar suerte. Pero rápidamente empecé a notar que necesitaba aprender. Me acerqué al taller de canto de Sarita Capelletti, a quien conocía desde que tenía 8 años porque vivía a pocas cuadras de su casa. Y ella fue clara conmigo: 'Yo no te voy a enseñar'. Sí te puedo acompañar (risas)", sintetizó.
"Después tomé clases particulares con Laura Celave y Evangelina Montes de Oca, quien tuvo un papel importante en su desarrollo artístico, y seguí Paula Barrios y Andrea Zamora, mis últimas profesoras, verdaderas genias", afirmó.
"Antes, para cantar necesitabas tener una banda. Ahora tenés una pista y podés hacerlo; todo se simplificó con la tecnología. Es más fácil subir a un escenario", admitió.
Su repertorio es amplio, aunque reconoce que su fuerte es la música melódica. Tiene una especial afinidad por las canciones de José Luis Perales, al punto de haber realizado un espectáculo dedicado íntegramente al artista español.
La presentación se hizo en el espacio Punto Aparte, donde interpretó 14 canciones de Perales ante unas 120 personas.
"Me salen bastante bien. No lo imito, pero tengo un tono de voz parecido. Suelo cantar en italiano y portugués. Mi vínculo con la música italiana me llevó incluso a estudiar el idioma para comprender correctamente las letras antes de interpretarlas", contó.
Uno de esos momentos especiales ocurrió en el Museo del Puerto, durante una presentación ante integrantes de la colectividad italiana y autoridades consulares. Allí se animó a interpretar canciones como "Come prima" y "A modo mio", de la época dorada del pop melódico italiano y el estilo crooner de los años '50, '60 y '70
"Me gusta cantar en italiano. Si no sabés lo que estás diciendo, no podés interpretar una canción como corresponde. Pero me defiendo bastante bien", dijo.
Uno de sus primeros grandes desafíos llegó en 2015, cuando Sarita Capelletti lo invitó a cantar durante la celebración del Día del Amigo en la Sociedad Siempre Verde.
Alberto aceptó, aunque la convocatoria le generaba cierto temor. Lo acompañó su amigo "Pochi" Genovali, un tanguero de White que también iba a presentarse esa noche.
"Había 289 personas y Pochi se habí asustado. Le decía que no se preocupara, que iba a cantar y nadie nos iba a escuchar porque iban a seguir comiendo. Pero cuando anunciaron la presentación del taller de canto, el público se dio vuelta y prestó atención. Me quería matar, se había puesto rojo, jajaja", apuntó.
"Aquella noche interpretamos "Fuego y pasión" ( "Fogo e Paixão"), un clásico romántico de Wando lanzado originalmente en los años 80. Es una canción en portugués que todavía forma parte de mi repertorio", aclaró.
Desde entonces comenzó a recibir invitaciones para cantar en distintos espacios de Bahía Blanca, participar en programas de radio y realizar presentaciones en encuentros y celebraciones.
Pasó por emisoras como La Decana, la 97.9 y, también, por AM en LU3. Cantó en el Café Histórico, el Museo del Puerto e instituciones de Ingeniero White y varios encuentros a beneficio.
"Incluso viajé a Mendoza y a Salta; y hasta me animé a subir a un escenario dedicado al folclore, pese a que ese género no forma parte de mi especialidad. Recientemente también tuve la oportunidad de cantar durante un crucero", contó.
Si hay algo que Alberto destaca de esta etapa es que la música le permitió conocer gente, construir amistades y, sobre todo, llevar momentos de alegría a quienes más lo necesitan.
"Estoy en actividades solidarias y presentaciones de gente mayor, como geriátricos. En muchos de esos lugares no cobro por actuar, lo hago hace disfruto del encuentro y de la posibilidad de compartir momentos muy hermosos. Voy a cantar porque me gusta y porque quiero hacer pasar un buen rato a la gente", explicó.
Conserva diplomas y reconocimientos de algunas de esas presentaciones, recuerdos que fue acumulando durante estos 11 años de actividad.
También disfruta de los encuentros de karaoke, donde no solamente canta él, sino que invita a participar a los demás. Para Alberto, la música no tiene que ser una actividad exclusiva del escenario: también es una excusa para reunirse, compartir y pasarla bien.
"En su casa tiengo un pequeño espacio donde ensayo. No lo hago necesariamente todos los días, pero cuando hay una presentación puedo dedicarle cuatro o cinco horas a preparar las canciones. Es vivir la vida como si fuera un adolescente", aseguró.
Una familia muy ligada a Ingeniero White
En medio de tantos recuerdos laborales y musicales, Alberto también se detiene en su familia, especialmente en la figura de su hermano, un médico muy reconocido y querido en Ingeniero White.
Estudió en La Plata y regresó a su localidad para ejercer la medicina. Trabajó como médico clínico, fue jefe en el área de Salud Mental del Hospital Penna y también desarrolló tareas vinculadas con las agencias marítimas y la atención de trabajadores portuarios.
"Mi hermano siempre se desvivió por la gente de White. Hacía muchos beneficios y trabajaba gratis, era muy querido", recuerda.
Su tarea en el ámbito portuario fue reconocida con una placa colocada en el ingreso al puerto, sobre la calle San Silvestre, donde se homenajea a distintas personas vinculadas con la actividad marítima.
Su fallecimiento, cuando tenía apenas 56 años, fue un golpe muy duro para la familia.
"En 2008, después de haber atendido a marineros extranjeros que llegaban al puerto, sufrió una grave infección bacteriana que terminó provocándole la muerte. Fue un episodio de mucho dolor y nunca pudieron establecer con certeza cómo se produjo el contagio", dijo sensiblemente emocionado.
Su hermana también forma parte de esa historia familiar. Estudió en la Escuela Belgrano, se recibió de profesora y, después de atravesar distintas etapas laborales y familiares, volvió a ejercer la docencia.
Alberto Molina atravesó distintos mundos sin perder nunca su identidad whitense. Fue aquel chico que acompañaba a su padre en un bote a remo, el que viajaba de madrugada en un carro para vender verduras, el trabajador que pasó por una plataforma petrolera en alta mar y el operador que dedicó 38 años de su vida a la industria petroquímica.
Pero si algo distingue su presente es haber descubierto, cuando muchos piensan que ya es tarde para comenzar algo nuevo, una pasión que le permitió abrir otra puerta, donde se escuchan aplausos, brillan las sonrisas y recibe el cariño de la gente.