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Del Clío de Kicillof al colectivo

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¡Volví! Después de un mes sin escribir esta columna, regreso con preguntas, la pausa permitió observar, empatizar y también padecer lo que acontece.

La asociación de conceptos es algo recurrente, es lúdica, pero también habilita líneas de pensamiento que derivan en los interrogantes de cada semana.

Pienso en el “estado” de varias problemáticas y automáticamente mi pensamiento vuela hacia el "Estado".

Pienso en el jubilado, que recibe un haber mínimo de $489.734 bono incluido y según estimaciones necesita cerca de $500.000 al mes para comprar sus medicamentos. Pienso en la persona con discapacidad a la que suspendieron la pensión sin que recibiera la notificación ya que de 834.167 cartas documento enviadas para las auditorías, 385.993 no fueron entregadas. Pienso en el comedor barrial, con el doble de familias y un presupuesto de asistencia alimentaria que cayó 15,8%. Pienso en la ruta nacional, con más de la mitad de la red (57,5%), en "estado" malo o regular.

También pienso en la ciencia y en los 6.400 puestos perdidos en todo el sistema científico-tecnológico desde diciembre de 2023. Pienso en la escuela pública, con una inversión educativa del 0,75% del PBI, cuando en 2016 llegó a 6%. Pienso en la universidad, con el presupuesto más bajo en dos décadas. 

Pienso, pienso y pienso…

Y desde la Psicología Política me pregunto: ¿qué le pasa a una sociedad que se acostumbra a un “Estado ausente” y cómo se sale de esto?

El Estado no desaparece de un día para el otro, sino que se retira de a poco, de un medicamento, de una carta, de un comedor, de una ruta, de un cargo. Cada retiro deja una tarea pendiente que cada uno tiene que ver "cómo se las arregla".

Y en medio de este mapa y trazados de desamparos me acuerdo de una imagen de la campaña de 2019, cuando Axel Kicillof recorrió la provincia en un Clío que se convirtió en símbolo de cercanía, un candidato que salía a buscar a la gente.

Hoy el escenario es otro, por lo tanto, la imagen y hasta la solución que viene a mi mente es la del colectivo. No porque Axel esté recorriendo la provincia en un colectivo (todavía), sino porque "el colectivo", a diferencia de un auto, no se viaja solo. Hay pasajeros, un recorrido, y, sobre todo, la decisión de subir y de transitar hacia un destino compartido, (para algunos ya es "derecho al futuro"). 

Del Clío al colectivo no cambia solamente el vehículo, cambia la pregunta: ya no es quién viene a buscarme, sino con quién estoy dispuesto a viajar.

No hablo de un problema de transporte ni de eslóganes de campaña. Hablo de algo que ocurre puertas adentro de cada persona cuando lleva años, resolviendo lo que antes estaba garantizado y no se experimentaba esta sensación de deriva.

El psicoanalista francés Roland Gori, profesor emérito de psicopatología en la Universidad de Aix-Marseille, lo explicó en una entrevista con L'Humanité Dimanche: la desafiliación, propia de una concepción neoliberal del sujeto humano, entendido como un individuo autoempresario de sí mismo, termina en la pulverización de los colectivos y en la atomización de los vínculos sociales.

Eso es, en definitiva, aprender a arreglarse solo, a autogestionarse, a convertirse en el propio gerente de la propia supervivencia, sin esperar demasiado de una estructura común que ya dejó de responder.

Entonces, si lo miro desde la Psicología Política, aparece el costado menos visible del problema y surge otra pregunta: si cada uno aprendió a moverse solo, ¿qué pasa con el lazo social cuando ya no hay con quién moverse?

El propio Gori matiza su diagnóstico y dice que también esa pulverización genera una necesidad de nuevas formas de afiliación, que pueden expresarse tanto en el deseo de compartir e inventar otra cosa, de allí la importancia de la construcción colectiva.

Y en ese punto vuelvo a Kicillof, no solo como candidato sino como fenómeno a observar. Su insistencia en recuperar la idea de colectivo permite formular una pregunta: ¿qué posibilidades tiene un discurso político basado en lo común frente a una sociedad que aprendió a resolver individualmente aquello que antes esperaba del Estado?

Es sabido que la retirada del Estado no produce solo consecuencias materiales, también modifica expectativas. Si por años, cada persona debe encontrar por su cuenta cómo acceder a un medicamento, sostener una familia, estudiar, trasladarse o afrontar una dificultad, la autogestión deja de ser una elección y se convierte en una estrategia de supervivencia.

Y esta experiencia también tiene consecuencias políticas ya que reduce la expectativa de que las soluciones puedan ser colectivas y genera que la desconfianza institucional sea la forma de relación con la política.

Por eso, la discusión no debería limitarse a cuánto Estado o qué modelo de Estado, hay que preguntarse qué tipo de sociedad produce una política que deja a cada uno resolviendo solo y qué condiciones hacen posible reconstruir confianza, representación y pertenencia.

Arreglarse solo no es libertad, es la condena a la intemperie. Pero lo más trágico no es que el Estado se haya retirado, sino que el mismo relato que lo retira nos pretende convencer de que ya no vale la pena subirse a un colectivo. 

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