Rubén Antonelli lleva puesta la camiseta de White
Fue el primer delegado municipal tras el regreso de la democracia, en 1983. Con 96 años recorre el pueblo de memoria y conserva intactos los recuerdos de cada rincón.
Subjefe de la Sección Deportes con especialización en temas deportivos. Más de 30 años comentando fútbol y otro tipo de actividades; además de haber realizado coberturas en todo el país con la incursión de los elencos bahienses en la elite del fútbol nacional. También coberturas del seleccionado Argentino en acontecimientos como Copa América y amistosos internacionales.
A Rubén Antonelli le alcanza una palabra para volver a Ingeniero White. No necesita fotografías ni mapas; cierra los ojos y puede recorrer sus calles mentalmente, casa por casa, vecino por vecino.
“Tengo 96 años, los cumplí el 17 de julio. ¿Cómo estoy de memoria? Cien por ciento, no. ¡Pero me acuerdo de casi todo...! (risas)”, aclaró.
Es que Antonelli repasa nombres, lugares, instituciones y acontecimientos. Y sobre todo recuerda un Ingeniero White que, para él, fue mucho más que el lugar donde vivió y trabajó.
“Yo a las 2 de la mañana, 2 y pico, cuando me despierto, hago un repaso, cuadra por cuadra, me acuerdo quién vive al lado, quién está y quién se fue y me contaron. No lo puedo evitar", aseguró.
“¿Si en ese momento me puse la camiseta de White? Sí, me puse la camiseta”. La frase que alguna vez le dijo un colega de LU2 y que resume, quizá mejor que ninguna otra, la relación de Rubén con Ingeniero White.
Sentado entre fotografías, documentos y recuerdos que parecen no tener fecha de vencimiento, Antonelli vuelve una y otra vez a aquel pueblo que conoció durante los años de la recuperación democrática y que gobernó desde una oficina que, según su propia filosofía, no podía ser un lugar para quedarse sentado.
Fue el primer delegado municipal de Ingeniero White desde 1983 hasta 1991. Pero cuando habla de aquellos años no enumera solamente obras, menciona a los apellidos de los vecinos, habla de carnavales, pintura, carabelas, Reyes Magos, clubes, escuelas, barcos, fiestas y de una comunidad que, según relata, necesitaba recuperar las ganas de encontrarse.
“White estaba en un letargo tremendo. Se necesitaba un cambio muy grande, porque todo se veía gris, como apagado. Desde el primer momento tuve en claro lo que se debía hacer”, dice, convencido, como si estuviera viviendo aquello que pasó hace 43 años.
"No podía quedarme encerrado, no estaba en mi esencia. Era el primero en llegar a la delegación y el primero en salir a patear las calles", contó.
Uno de sus proyectos más recordados fue “Ingeniero White, Puerto Esperanza”. La idea era recuperar la fisonomía de una localidad donde abundaban las casas de chapa y madera. Consiguió pintura y convocó a vecinos e instituciones, pero no se limitó a repartir materiales.
“Almorzaba en casa con mi esposa y después ponía las manos en la pintura, la removía. La iniciativa terminó teniendo un efecto que fue más allá de las paredes y los frentes porque los vecinos, que en muchos casos estaban enfrentados, comenzaron a colaborar entre sí. Los que estaban peleados se amigaron”, afirmó emocionado y con los ojos brillosos.
Y así llegaron las obras. Cuando asumió había 19 cuadras pavimentadas.
"Durante mi gestión se alcanzaron las 60 cuadras pavimentadas y se instalaron 54 columnas de alumbrado. También se plantaron árboles y se construyó, entre otras cosas, una rotonda frente a la cancha del club Puerto Comercial. Para alegría de la gente faltaba la estocada final, organizar fiestas", subrayó.
Ingeniero White llevaba 23 años sin carnaval. Pero un día volvió y volvió con todo.
"La intención era recuperar una fiesta que había quedado en el pasado y volver a generar un espacio de encuentro para los whitenses. En esa búsqueda apareció una atracción que terminó convirtiéndose en gran protagonista de aquellas jornadas. Nos enteramos que en la Estación Berraondo, en el distrito de Tornquist, estaba el ‘Auto Loco’. Bah, en realidad era un cachivache que llamaba la atención”, resumió.
“Se apoyaba la rueda trasera... tenía un eje, se asentaban las ruedas redonditas atrás, las dos ahí, y el auto empezaba a girar en una posición que llamaba la atención. El atractivo funcionó y la convocatoria fue extraordinaria, porque en cinco noches metimos 114.000 personas. ¡En cinco noches..!”, aseveró.
Para Antonelli el número de asistentes no era lo más importante. Detrás de aquella multitud había algo mucho más profundo.
“Estaba la voluntad de la gente de volver a nacer, de volver a vivir. White se puso en movimiento y recuperó el espíritu comunitario que siempre tuvo, esa fuerte identidad propia que la hacía diferente", puntualizó.
Fue el primer paso para otros grandes acontecimientos, como la llegada de los Reyes Magos en lancha.
"Escuchar al locutor que explicaba que se demoraba el arribo porque los camellos se habían cansado. Los Reyes bajaban de la lancha y recorrían White a bordo del histórico Dodge 1936 de los bomberos voluntarios, ese que todavía está como era, impecable. El espíritu que había detrás de esta iniciativa era que queríamos tener una plata para reactivar obras para las instituciones", subrayó.
Colón llegó desde Galván
Entre las historias que Rubén conserva como un tesoro está la del desembarco de Colón, realizado en 1990. La idea era recrear la llegada de las carabelas a Ingeniero White y para hacerlo hubo que construir prácticamente todo.
"Néstor Juan, que tenía una carpintería, dejó momentáneamente su producción habitual para fabricar lanzas, flechas, sables y otros elementos de la puesta en escena. En una dependencia de la delegación se confeccionaron los chiripás y desde la Base Naval de Puerto Belgrano llegaron unos 200 jóvenes (foto) para participar de la representación, porque teníamos que tener indios", explicó.
"También hubo carabelas. Tres gomones fueron transformados para la ocasión y se construyeron barandas y distintas estructuras para darle apariencia de embarcaciones de época. El Club Náutico aportó personal para manejar las velas y hasta en la cárcel departamental se realizaron trabajos de carpintería para completar la escenografía", afirmó.
"Atilio Miñoianeli fue Colón y a mí me tocó ser el emisario de los reyes", aseveró.
El viaje desde Puerto Galván tuvo, además, su cuota de aventura. En pleno trayecto se detuvo uno de los motores.
“Se paró el motor y no había forma de arreglarlo. Pero Dios puso sus manos en ese lugar y apareció el viento del sudoeste. Se izaron las velas con ayuda de integrantes del Club Náutico y se llegó a destino como estaba previsto en el cronograma", relató.
Del otro lado esperaban miles de personas. Según los recuerdos de Antonelli y los datos que recibió en aquel momento de Prefectura y Vialidad, unas 40.000 personas aguardaban la llegada.
El espectáculo tenía, además, el objetivo de recaudar fondos para recuperar el Teatro de Ingeniero White.
La crónica publicada por La Nueva Provincia al día siguiente describió una escena difícil de imaginar hoy, ya que una multitud se habían congregado desde temprano sobre la costa del canal de Ingeniero White para presenciar la reconstrucción.
A las 15.29, los botes enviados desde las carabelas llegaron a tierra firme. Decenas de actores locales, vestidos de indígenas, aguardaban en un escenario especialmente preparado para recrear aquel primer contacto entre dos mundos.
La representación incluyó el descenso de Martín Pinzón y luego el de Colón, quien apareció con vestimenta carmesí y recibió un aplauso multitudinario antes de arrodillarse y agradecer a Dios por el final de la travesía.
La escena se completó con cofres, regalos, indígenas trasladados a las naves y hasta una gigantesca paella preparada especialmente para alimentar a miles de personas.
El despliegue artístico estuvo a la altura del acontecimiento. Participaron decenas de actores y artistas bahienses, mientras el vestuario, la coreografía y la escenografía estuvieron a cargo de reconocidos referentes de la cultura local. La jornada terminó con un espectáculo musical frente al edificio de la Dirección de Construcciones Portuarias.
Para Antonelli, sin embargo, el recuerdo va mucho más allá de la espectacularidad de la puesta. Había algo de aquella jornada que todavía lo emociona y es que durante unas horas, Ingeniero White consiguió que miles de personas se sintieran parte de una historia que había ocurrido cinco siglos antes.
"Detrás de aquella gigantesca representación había una comunidad entera trabajando. Nos habíamos compenetrado tanto en eso. Las tres carabelas navegaron por la ría y White se transformó, por unas horas, en una escenografía de 1492. La única diferencia era que esta vez el desembarco no encontró una tierra desconocida, sino a una multitud de personas esperando", recordó.
Como dato anecdótico, en una publicación reciente sobre la reapertura del teatro en 1996 se menciona a Néstor Juan y su esposa Cristina Leyva entre quienes trabajaron intensamente para recuperar la sala, junto con Quique Vignoni, Mabel Font, Coca Cendai, Margarita Marzocca y otros vecinos.
La nota de La Nueva resalta a Néstor Juan Carcereny, Quique Vignoni y Cándido Lorenzo como parte de aquel grupo de vecinos -junto con el delegado Antonelli- que impulsó la recuperación del teatro y que tuvo un papel concreto en la construcción/acondicionamiento de las carabelas del desembarco de Colón.
El abrazo con Alfonsín todavía lo conmueve
Entre tantas historias acumuladas durante casi un siglo, hay una imagen que Antonelli guarda de una manera especial, el abrazo con el entonces presidente Raúl Alfonsín.
Para él, aquel encuentro tuvo un significado que trascendió largamente la política.
“Eso fue apoteótico”, dice cuando recuerda el momento.
Antonelli había sido afiliado al radicalismo durante más de seis décadas y, además, tenía el orgullo de haber asumido en 1983 como el primer delegado municipal de Ingeniero White tras el regreso de la democracia.
"Encontrarme frente al presidente de la Nación y poder abrazarlo fue una experiencia difícil de explicar. No me imaginé nunca que me iba a dar la oportunidad de abrazar al presidente. Estaba muy emocionado. Fue tan emotivo que me duró y me sigue durando”, sintetizó.
“Recuerdo que le dije a la de Ceremonial: ‘Qué regalo que me hicieron ustedes. Estoy tan agradecido’”, dijo con lujo de detalles.
Su historia con White no se limitó sólo a su accionar político. Durante 48 años integró el Club de Leones y llegó a ejercer cuatro presidencias. Desde esa institución recorrió los sectores más humildes.
Recuerda especialmente la Escuela N°40, en el barrio Saladero, donde encontró chicos que pasaban frío y estudiaban en condiciones precarias.
"Conseguimos garrafas para calefaccionar, vidrios para las ventanas y elementos para mejorar la escuela. También les entregábamos calzados a los chicos en los barrios. Teníamos que ir casa por casa y calzarles los zapatos a cada niño o niña para que no fueran vendidos, porque eso hacían si se los dejábamos en caja y nos retirábamos. Esos chicos comían una vez al día y no lo hacían como se debía; los padres juntaban algunos pesos para comprar vino y así los alimentaban, les daban de beber para que entraran en calor y se pudieran dormir. Nuestra misión era llevarles alimentos, contenerlos", remarcó.
"Una directora estaba izando una bandera en medio de la calle, en un mástil. Tiritaba de frío, como todo los alumnos, porque apenas tenían puesto el guardapolvo. Le cambiamos el hábito, los actos se empezaron a hacer dentro de las instalaciones y las aulas se arreglaron y calefaccionaron. Había una pobreza tremenda", contó Antonelli, quien también participó de la construcción de la biblioteca vinculada al Club de Leones, pensando incluso en la seguridad del lugar y en la posibilidad de que el edificio pudiera seguir siendo utilizado por la comunidad en el futuro.
Hoy Antonelli mira el presente con cierta tristeza.
“White no es el Ingeniero White que dejé yo”, dijo algo apesadumbrado, recordando que recientemente la vecina localidad tuvo que soportar, como gran parte de Bahía, la inundación.
Recuerda un pueblo con almacenes, sastrerías, zapaterías, tintorerías y una actividad comercial que, con el paso del tiempo, fue perdiendo fuerza.
“Lo quise tanto, tanto a Ingeniero White...”, repitió una y otra vez.
"El aeropuerto, un despiole"
La llegada al aeropuerto fue un desafío. Linares, según recuerda Antonelli, fue directo. “Rubén, hacete cargo del aeropuerto que es un despiole. Lo que te dejo es la Legión Extranjera (risas)”, le dijo el entonces intendente.
Antonelli aceptó, pero antes quiso saber hasta dónde podía tomar decisiones.
“Le digo: ‘Oíme una cosa, Jaime, ¿cuáles son mis limitaciones para manejarme en un aeropuerto?’. Y me dice: ‘Manejate como te sabés manejar vos con el personal que tenés allá. Sin límite. Manejate ahí, listo’”.
A partir de entonces comenzó una transformación que repasa con orgullo.
“Todos los días le hacía un informe, pasaba por la Municipalidad y le dejaba el movimiento que había. El aeropuerto tenía una particularidad, porque el terreno pertenecía a la Base Aeronaval Comandante Espora, pero sobre ese espacio se encontraban las instalaciones municipales", señaló..
“El terreno es de la Base Aeronaval Comandante Espora. El terreno. Y montado sobre eso estaba la parte de la administración, de la boletería, de la sala de arribo, de la sala de embarque y todo lo demás. Era un despiole; honestamente, un despiole”, aclaró
Antonelli comenzó entonces a recorrer dependencias y buscar soluciones.
“Acá hay que renovar todo. Acá esto no puede quedar así. Pedí maquinaria, retiré toneladas de tosca y comencé a cambiar la imagen del lugar. Pedí una retroexcavadora, una pala cargadora y un rodillo. Hice limpiar todo, retiré la tosca y se colocó tierra nueva; hice plantar césped de cuatro estaciones y colocamos un elemento que encontré en el lugar; una hélice que la había perdido un avión vaya a saber en qué tiempo. La puse en un lugar muy visible y muy bien recibida fue”, repitió.
La transformación alcanzó también a la cinta transportadora de equipajes.
“La cinta transportadora de las maletas estaba expuesta a la lluvia. Entonces digo: ‘Esto no puede ser’”.
Y otra vez comenzó a ingeniárselas.
“Así me ingenié, saqué cosas de un lado, ¡tac!, la cinta transportadora estaba descubierta y cerramos para que quedara dentro del edificio. Y de a poquito, de a poquito nos fuimos levantando, se cambió la imagen de un lugar donde transita mucha gente, una de las puertas de ingreso a la ciudad", expresó.
Rubén Antonelli mira hacia atrás y encuentra una vida profundamente ligada a Ingeniero White. Fue el primer delegado municipal de la localidad tras el regreso de la democracia, participó de numerosas instituciones y dejó su huella en iniciativas que todavía forman parte de la identidad whitense.
Pero más allá de los cargos y los reconocimientos, conserva intacto el recuerdo y sostiene una certeza afirmando que “White tiene una identidad propia”.