Cautiva: la serie del momento empieza a salir de la pantalla
Una historia que incomoda, personajes que quedan resonando y algo todavía más interesante: Cautiva empezó a salir de la pantalla para instalarse en las conversaciones cotidianas. La podés ver por TNT y por Flow.
Periodista. Gestor cultural. Creador del festival "Por una vez que nos juntamos". Co-director de Espacio Cultural Juanita Primera. Parte de la Secretaría de Cultura de la Universidad Nacional del Sur. Premiado en un concurso literario a nivel nacional por su originalidad, conoció Nueva York y buena parte de su cultura.
Hay algo que me está pasando con Cautiva: empecé a escucharla antes de terminar de verla.
Primero fue en un supermercado de Cabrera al fondo. Después, en el Parque de Mayo, durante la Fiesta del Cubanito. Una pareja hacía una pausa entre la multitud y apareció la pregunta: “¿Viste Cautiva?”. La respuesta fue inmediata: “Está buenísima”.
No estaban hablando de una serie como quien comenta cualquier estreno. Estaban hablando de algo que ya había empezado a formar parte de una conversación cotidiana.
Y quizás ahí esté una de las claves para entender qué está consiguiendo Cautiva.
La serie de TNT y Flow, dirigida por Paula Hernández y Jazmín Stuart, toma como punto de partida un caso real ocurrido en un convento de clausura de Nogoyá, Entre Ríos, pero no intenta hacer una reconstrucción documental. Construye una ficción alrededor del encierro, el abuso de poder, la obediencia, la fe, el silencio y, sobre todo, la posibilidad de recuperar la propia voz.
Son seis episodios y una historia que podría haberse contado desde el golpe bajo. Sin embargo, uno de sus mayores aciertos está justamente en no convertir el sufrimiento en espectáculo.
El miedo no siempre grita
Cuando entrevisté a Carolina Kopelioff, Julieta Zylberberg y Valeria Lois durante la presentación de la serie, había algo que aparecía una y otra vez: el desafío de llevar a la ficción una historia tan dura sin perder de vista a los personajes.
Y Cautiva encuentra ahí su principal fortaleza.
El horror no depende exclusivamente de lo que vemos. Muchas veces está en lo que imaginamos.
Una mirada. Una puerta que se cierra. Una orden dicha con tranquilidad. Un silencio demasiado largo. Una rutina que se vuelve mecanismo de control.
Las directoras entienden que el encierro no necesita ser explicado permanentemente. Hay una puesta en escena austera, claustrofóbica, que hace que el espectador también sienta que está entrando en ese mundo y que salir de él no va a ser sencillo.
Y eso hace que la serie incomode sin necesidad de subrayar cada una de sus escenas.
Carolina Kopelioff y Lorena Vega
Pero si hay un lugar donde Cautiva se vuelve verdaderamente potente es en el duelo entre Carolina Kopelioff y Lorena Vega.
Clara y Cecilia son el centro gravitacional de la historia.
Kopelioff construye a una joven que entra al convento buscando una forma de vida y termina atravesando una experiencia de sometimiento que modifica por completo su identidad. Lo interesante es que la actriz no interpreta solamente el sufrimiento: interpreta también el desconcierto, la pérdida, la resistencia y ese larguísimo camino que empieza cuando el encierro termina.
Porque escapar no significa automáticamente ser libre.
Y Lorena Vega hace algo todavía más inquietante con Cecilia: no necesita convertirla en una villana caricaturesca. Su poder aparece muchas veces en la calma, en la seguridad con la que administra el miedo y en la convicción de quien cree tener autoridad absoluta sobre la vida de los demás.
Ahí está uno de los grandes hallazgos de la serie: el enfrentamiento no es solamente entre una víctima y una victimaria. Es entre dos maneras de entender la fe, la autoridad y la libertad.
El afuera también cuenta
Otro acierto es que Cautiva no termina de contar la historia cuando Clara logra escapar.
Podría haber sido una serie concentrada exclusivamente en los años dentro del convento. Pero el relato también se interesa por lo que ocurre después.
¿Qué hace una persona cuando recupera una libertad que ya no sabe cómo ejercer?
¿Qué pasa con los vínculos familiares?
¿Cómo se reconstruye una identidad después de tantos años de obediencia?
¿Y qué significa buscar justicia cuando quienes estuvieron afuera no necesariamente comprendieron lo que estaba pasando adentro?
La serie abre esas preguntas y no pretende resolverlas con respuestas fáciles.
Valeria Lois, como Estela, la madre de Clara, tiene una tarea especialmente interesante: representar también el desconcierto de quienes descubren demasiado tarde que aquello que alguna vez interpretaron como una elección espiritual de su hija podía esconder otra realidad.
Una historia argentina que vuelve a incomodar
Hay algo más que me interesa de Cautiva: la cercanía temporal.
No estamos frente a una historia medieval ni frente a una ficción ubicada en un pasado remoto. El caso que inspiró la serie ocurrió en Argentina y salió a la luz hace apenas unos años. Las propias protagonistas me contaban durante la presentación que una de las cosas que más las impactaba era precisamente esa proximidad.
Y eso modifica la experiencia.
Porque el convento puede parecer un universo cerrado, lejano, casi irreal. Pero la historia que lo inspira pertenece a nuestro tiempo.
Por eso Cautiva no habla solamente de religión. Habla de cualquier estructura donde una persona puede concentrar suficiente poder como para que cuestionarla parezca imposible.
Habla del fanatismo. De la obediencia. De la manipulación. De la dificultad de preguntar. De lo peligroso que puede ser entregar completamente la propia capacidad de decidir en manos de otro.
Carolina Kopelioff lo planteó durante una de las entrevistas: la serie también puede funcionar como una invitación a cuestionar a los líderes y a buscar información.
Y ahí la ficción vuelve a encontrarse con la vida real.
Cuando la serie empieza a circular
Hay una señal que para mí resulta más interesante que cualquier número de reproducciones.
Es esa conversación espontánea.
“¿Viste Cautiva?”
“Está buenísima.”
Una recomendación que aparece en un supermercado. En un parque. En una reunión. En una conversación que no estaba relacionada con series.
Eso es lo que empieza a transformar a una ficción en fenómeno cultural: cuando deja de depender exclusivamente de la publicidad y comienza a circular de boca en boca.
No hace falta que todo el mundo piense lo mismo sobre una serie. Al contrario. A veces alcanza con que genere una conversación.
Cautiva lo está haciendo porque tiene algo incómodo para decir y, al mismo tiempo, una estructura de thriller que hace que uno quiera saber qué va a pasar después.
Esa combinación es probablemente una de sus mayores virtudes.
La serie no se limita a contar una historia terrible.
Consigue algo más difícil: convertir una historia terrible en una ficción que queremos seguir mirando.
Y cuando una serie consigue que alguien salga del supermercado, llegue al Parque de Mayo, se encuentre con otra persona y pregunte “¿viste Cautiva?”, significa que ya empezó a vivir afuera de la pantalla.
Y eso, para cualquier ficción, es una señal que vale la pena escuchar.