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Falleció Ángel “Colo” Vilanova, el estudiante de la UNS que fue retado a duelo por un coronel de la nación

Estudiantes de letras de la flamante Universidad Nacional del Sur, fue retado a duelo por un militar por sus dichos sobre la desproporción entre los recursos asignados a las fuerzas armados y los destinados a la educación.

Una sentida necrológica publicada en el diario de hoy da cuenta del fallecimiento, en la localidad de La Lucila, en Buenos Aires, de Ángel Vilanova, quien fuera protagonista de una de las historias más singulares y pintorescas ocurridas en nuestra ciudad, la cual además permitió establecer un valioso contrapunto entre el estudiante de letras que era Vilanova de la recién creada Universidad Nacional del Sur, planteando la necesidad de dotar a la casa de un mejor presupuesto, y un coronel del ejército que por entonces cumplía su primer año como gobierno de facto.

Botas en una pensión

Todo comenzó la tarde del 20 de octubre de 1956, cuando dos fuertes golpes en la puerta de la pieza que ocupaba en la pensión de Soler y Belgrano despertaron a Ángel, “el Colorado”, Vilanova de su siesta. Abrió la puerta a desgano, pensando que sería alguno de sus compañeros de la universidad, pero grande fue la sorpresa cuando cuadrados en el pasillo lo miraban, con gestos adustos y desafiantes, dos militares luciendo impecables uniformes y una seriedad que aparecí desencajada del lugar. Venían a entregarle en mano, en calidad de padrinos, una notificación del coronel Luis Roberto Cornu retándolo a duelo.

Ángel Vilanova en su época de estudiante

Uno de esos militares era el capitán de Corbeta Guillermo Castellanos Solá, el mismo que en nuestra ciudad encabezó la autodenominada Revolución Libertadora en septiembre de 1955 y que hasta unos meses antes ejerciera en la jefatura comunal. El otro era el coronel Luis Ulibarrie Costa

Fue el comienzo de una historia de ribetes tragicómicos pero también con un costado enriquecedor, que sacó a Vilanova de su anonimato, delineó el último reto a duelo de la historia local y dio visibilidad a una rica discusión.

La escoba como arma

El Colorado había cumplido 24 años el día antes de que Castellanos Solá y Ulibarrie Costa se apersonaran en la pensión. Estaban ahí para exigirle una retractación o disculpas a su ahijado, el coronel Luis Roberto Cornu o, en su defecto, “una reparación por las armas”.

¿Qué había sucedido? ¿Qué había hecho Vilanova? Unos días antes lo habían entrevistado en el diario El Atlántico, en su carácter de presidente de la Federación de Estudiantes del Sur y como estudiante de Letras de la Universidad Nacional del Sur. En la nota publicada había manifestado su preocupación por el poco presupuesto destinado a la universidad, poniendo énfasis en lo que consideraba “una desigual distribución de los recursos”, comparando el destinado a la educación con el que recibían las Fuerzas Armadas.

Castellano Solá, al centro, al tomar el poder comunal, septiembre de 1955

“Mis expresiones hirieron la sensibilidad militar y un coronel (Cornu) se sintió agraviado en su honor. Por eso envió sus padrinos a la pensión. Fue un momento de desconcierto y también de temor”. Evocó hace cinco años Vilanova, en entrevista realizada por este medio, y todavía asombrado que se recordara aquel episodio “cívico-militar”, como supo referirlo.

El momento en que estás

Aquella tarde de 1956, Vilanova atendió a los militares con la lógica inquietud que puede tener un joven a quien le exigen “una recomposición en el plano de las armas”. En ese momento atinó a contestar que desconocía el Código de Honor que le mencionaban los militares y que en los papeles lo obligaba a aceptar semejante reto y mucho menos como consecuencia de una opinión personal que nada tenía de injurioso. “Aceptar una resolución con las armas era algo completamente desatinado, un acto de violencia e incluso un delito. Era una situación absolutamente absurda, con características casi de comedia: dos militares retando a duelo a un estudiante", señaló Ángel.

Ante la negativa de Ángel a expresar una disculpa por sus dichos y menos aún aceptar cualquier tipo de duelo, Castellanos e Iribarne se retiraron del lugar, sin decir una palabra más.  Al día siguiente publicaron una solicitada en El Atlántico, desacreditando" la honorabilidad” de Vilanova por negarse a esa reparación por las armas.

“A ese primer escrito siguieron un par de solicitadas mías y otras tantas de los padrinos. Era casi una comedia”, repasó Vilanova, quien por siempre siguió sintiendo satisfacción y orgullo por el intercambio de ideas que generó el hecho y el contrapunto entre quienes gobernaban el país y un estudiante que planteaba tener más presupuesto educativo.

El verdadero código

El 21 de octubre de 1956, Castellanos Solá y Ulibarrie Costa hicieron público lo ocurrido, cuando ya el hecho era la comidilla de la ciudad.

La publicación daba cuenta de la visita a la pensión estudiantil y el pedido a Vilanova de “una retractación o, en su defecto, una reparación por las armas”. No teniendo una respuesta “acorde”, los padrinos dieron por concluido “el incidente”,  destacaban  que el coronel Cornu “había dejado a salvo su buen nombre y honor” y sugerían “la falta de honorabilidad de Vilanova”.

Cuando todo indicaba que hasta ahí llegaba la historia, Vilanova publicó su solicitada, en la necesidad, dijo, “de que la sociedad tenga los elementos suficientes para juzgar lo ocurrido”.

Reiteró su desconocimiento del supuesto Código de Honor al tiempo de negarle autoridad alguna “bajo el actual régimen republicano”.

“Mi honor cívico no lo determina un código desconocido para los civiles y extraño a las sociedades cultas. Mi código está determinado por una conducta cívica que no supo hasta hoy de renunciamientos ni concesiones. Repugna a mis sentimientos democráticos, de la ciudadanía y del honor cívico, aceptar la cuestión que se me plantea”, escribió. Vilanova agitaba el guante, invitando al ofendido coronel Cornu a que recurriera a los mismos medios utilizados por él para expresar las razones por las que se considera ofendido”.

“Sorpréndeme enormemente que miembros de una institución sostenida por el pueblo para defender la Constitución y las leyes me inciten a desconocerlas, intimándome a dirimir una cuestión de ideas por medio de la fuerza. Repugna a mi conciencia proceder de acuerdo a un código desconocido, superado por toda sociedad culta”, finalizó.

Mientras tanto, entre los estudiantes se comentaba que Vilanova no cerraba la puerta a un posible duelo, siempre que el mismo se realizara con las armas y el lugar elegido por el estudiante: sería a escobazos y en la plaza Rivadavia.

San Martín en el bronce

Las respuestas no se hicieron esperar, con dos nuevas solicitadas, una firmada por Ulibarrie Costa, otra por Castellanos Solá.

Ulibarrie reconoció que el Código de Honor no tenía vigencia jurídica, aunque explicó que se trataba de “una ley positiva y obligatoria para los militares”, inspirada en la “tradición sanmartiniana” y “universalmente aceptada por quienes hacen del honor el supremo patrimonio de la personalidad”.

“Si el señor Vilanova dice que el duelo es un delito, es preciso puntualizar que la visita de los padrinos no es una invitación a la lucha sino una demanda de retractación, siendo el duelo la eventualidad ultima”, se explicó.

Castellanos, por su lado, comenzó destacando su papel como parte “de la gran falange de ciudadanos que lucharon para restaurar el régimen republicano con libertades consustanciadas con el honor, la riqueza más grande que puede poseer un militar”.

Mencionó a José San Martin como el responsable de redactar un reglamento de honor que garantizaba a los militares “no confundirse con los malvados y perezosos”.

“Mi trayectoria privada y pública son el mejor documento que ofrezco como prueba irrefutable de que he defendido  la Constitución, por la cual considero infunda y carente de realidad la acusación encubierta de Vilanova de propender a la violencia y violar las leyes de la república”, mencionó Castellanos Solá, golpista.

En una estocada final, Castellanos destacó que la honorabilidad de Cornu “agravia indirectamente” a Vilanova, seguramente por “algún resquemor de conciencia por haber ofendido a los oficiales”.

“Como universitario que estudia con los impuestos y contribuciones que pagamos, debería aprovechar mejor lo que como ciudadano le otorgó por ley y no ser un insolente irresponsable”, remató Castellanos.

No correr el eje

Vilanova estaba ahora en un campo propicio: el de intercambiar ideas sin sentirse intimidado por la fuerza. Por eso hizo una segunda publicación, para defenderse, según explicó, “de un acto insultante e impropio de una persona de la edad y de la jerarquía que ostenta” (por Castellanos Solá).

Primero negó al Código de Honor “valor para regir la conducta de un civil” y marcó “una contradicción” en los dichos de Castellanos, al definirse “restaurador del régimen republicano y de todas sus libertades” cuando el mismo código aseguraba defender había sido aprobado en 1953 por sus pares, más tarde calificados por las Fuerzas Armadas como “indignos de vestir el uniforme militar” (por los generales Juan Perón, José María Sosa Molina y Franklin Lucero).

Tampoco consideró relevante que haya sido José de San Martín el primero en establecer un Código de Honor. “Con todo el respeto que siento por San Martín, su palabra no es verdadera fe y es lo que pensó antes de 1850. Hoy es 25 de octubre de 1956”.

Vilanova además invitó a discutir el punto central de la discusión, cual era realizar un cotejo entre los presupuestos y retribuciones militares frente a los asignados a la educación”.

Dejó en claro además que el Código civil penaba con prisión a quienes participen en un duelo y citó al jurista italiano Giulio Crivellari, quien definía ese tipo de acción como “un resabio de instituciones bárbaras”, incapaz de resolver algo nada y que “importa un privilegio de clase”.

“Si el honor de un hombre están supeditados a su habilidad en el manejo de las armas y no de las ideas, me declaro, con cívico orgullo, profundamente ignorante”, remató Vilanova.

Por último, le agradeció a Castellanos que pagara los impuestos para que él pueda estudiar y le sugirió que además “agradeciera a sus padres” que también pagaban los suyos para que los militares tuvieran sus sueldos”.

“Los verdaderos problemas nacionales son otros y mí tiempo lo necesito para estudiar, no para contestar sus insultos”.

Esta solicitada fue el último eslabón de la cadena. No hubo ya respuesta alguna de los militares y el hecho tampoco llegó a la justicia. El incidente había terminado.

La fama y un adiós

Haber sido retado a duelo por un coronel de la Nación, haber sido visitado por los padrinos en su pensión, haber respondido a cada injuria, convirtió al Colorado en todo un personaje del momento.

“El hecho tuvo repercusión en mi vida personal, después de la sorpresa inicial resultó en una fama inesperada que tuve ocasión de constatarlo durante mis recorridos habituales”, apunto Vilanova en 2021.

Prueba de esa trascendencia es que Vilanova fue recibido por el escritor Ezequiel Martínez Estrada en su vivienda de avenida Alem y Salta. El autor de Radiografía de la Pampa estaba muy relacionado con los estudiantes de la universidad y lo atrajo tanto lo ocurrido que le confesó a Vilanova que escribiría un cuento al que titularía “El coronel Mandrógora reta a duelo a un estudiante”. “No lo escribió nunca, pero la historia lo atrapó”, explica Vilanova.

Avenida Alem y Salta, la vivienda donde Vilanova fue recibido por Martínez Estrada

Vilanova se recibió de profesor de Letras en 1959, comenzando una carrera docente en el Departamento Humanidades de la UNS, en materias como Griego, Historia del arte y Literatura europea. En 1975 fue cesanteado por el rector interventor Remus Tetu, tras lo cual se instaló en Venezuela, donde se jubiló como docente de la Universidad Los Andes. Regresó al país hace como consecuencia de la crisis que atravesó ese país.

En 1993 regresó a la ciudad, invitado como expositor del I congreso internacional sobre la vida de Ezequiel Martínez Estrada. Regresó entonces a la vivienda de la avenida Alem, donde 40 años antes había estado como un entusiasta estudiante.

El diario de hoy da cuenta del fallecimiento de Vilanova, a sus 93 años de edad. El estudiante de letras de pelo rojizo que se plantó ante los militares, peleó por un mejor presupuesto de su universidad y recurrió a las ideas –no a las armas —para defender su nunca mancillado honor.

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