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De estibador a jefe de puerto: la increíble historia de “Cacho” Legnini

Nació y se crió en una familia vinculada a White. En 1968 ingresó a la AGP, donde desarrolló una carrera de 47 años y pasó por distintos oficios hasta llegar bien alto.

Fotos: Emmanuel Briane - La Nueva.

Oscar “Cacho” Legnini puede contar historias de casi medio siglo referidas a los puertos. Si alguien le muestra una fotografía vieja, no sólo reconoce el barco, la grúa, los galpones o el muelle, sino que recuerda qué se hacía allí, cómo se trabajaba, quiénes estaban y hasta qué había que hacer para que una carga quedara bien acomodada. 

Con casi 80 años todavía puede volver con la memoria a una bodega llena de trigo, a una bolsa de 70 kilos sobre el hombro o a la cabina de una grúa de 40 toneladas. El puerto fue el principal lugar donde aprendió a trabajar, a ganarse la vida y, en buena medida, a convertirse en quien es.

Nació el 5 de noviembre de 1946 y asegura, sin demasiadas vueltas, que llegó al mundo “en la mejor calle de White”, la calle Cárrega, entre Cundt y Plunkett. Allí transcurrieron su infancia, su adolescencia y buena parte de su juventud, rodeado de una enorme familia de origen italiano.

“Ahí vivía toda mi familia. Mi mamá era María Antonia Mirillo, integrante de una familia de 11 hermanos -seis mujeres y cinco varones-, muchos de los cuales vivían sobre la misma calle Cárrega. Mi papá, Gaitán Legnini, había llegado desde Italia a los 17 años”, contó Oscar.

La escuela primaria la hizo entre distintas instituciones de Bahía Blanca. Pasó por la Escuela Nº 15 y luego por la Sarmiento. Como había repetido tercer grado, decidió recuperar el tiempo perdido y terminó rindiendo quinto y sexto en el mismo año.

“Cuando terminé la primaria no quise estudiar. Le dije a mi papá: ‘No me gusta estudiar, quiero ir a trabajar’. Mi padre intentó convencerme de lo contrario. Me hablaba en italiano, me decía que no fuera ‘stronzo’. Pero yo ya tenía decidido otro camino”, aseguró.

A los 14 años ingresó a la sastrería de don Emilio, en Guillermo Torres y Brown y después pasó a trabajar en Los Tres Ases, la conocida tienda de Roberto Martellini, en O'Higgins 116.

Allí permaneció hasta los 17 años. Entonces apareció una posibilidad que terminaría marcando su vida, el puerto.

“Mi cuñado me dice: ‘¿Te animás? Mirá que hay pique’. El pique era estibador, ser piquero era ser estibador. Y le dije: ‘Sí, ¿cómo no me voy a animar?’. La época de estibador era una época brava de laburo, de mucho laburo. Era todo manual”, resumió.

Bolsas de 70 kilos y cuchillos de cirujano

El primer barco que le tocó trabajar estaba en un sector conocido como El Triángulo, en el Muelle de Hierro. Por entonces el cereal todavía llegaba embolsado.

“Se embolsaba, venían las bolsas de cereal, no a granel. Una bolsa pesaba 70 kilos y debían ser movidas a fuerza de brazos. Yo era pibito, me gustaba hombrear”, afirmó.

Los estibadores cargaban las bolsas, las trasladaban y las acomodaban dentro de las bodegas de los barcos. Pero también estaban quienes tenían una tarea particularmente delicada y esos eran los cortadores.

“Cuando el cereal llegaba en bolsas en los vagones, otros trabajadores las acercaban hasta la puerta del vagón. Allí aparecían los especialistas que, con una faca, cortaban el hilo de cada bolsa sin dañarla. Eran cirujanos, no estropeaban la bolsa para nada. ¡Tack, tack..! Se cortaba el hilo, se tiraba la bolsa y abajo estaba el bolsero”, relató.

Después las bolsas vacías se enrollaban y se acomodaban cuidadosamente, porque debían conservarse para futuras cargas.

“El oficio tenía sus propios tiempos. Los turnos eran de tres horas e iban de 7 a 10, de 10 a 13, de 13 a 16 y de 16 a 19. Era un trabajo bien remunerado, se pagaba bien”, contó.

Pero la imagen más potente de los recuerdos de “Cacho” aparece cuando habla de los barcos Liberty, aquellas embarcaciones de pequeñas dimensiones, con grandes bodegas en las que los estibadores debían distribuir manualmente el cereal.

“El grano llegaba desde los caños y caía en el centro de la bodega. El trabajo de los paleros consistía en distribuirlo hacia los costados y los rincones. Yo paleaba agachando la cintura, pero me corrigieron y me enseñaron a trabajar: ‘Enterrate en el trigo’, me dijeron. Y se hacía mucho más fácil, porque se aprovechaba mejor el movimiento de la pala”, apuntó.

Pero había otro problema a tener en cuenta, el polvillo.

“Usábamos una esponja de mar. La esponja se humedecía y el pañuelo era un pañuelo que todos los estibadores usaban de la misma manera, atado al cuello. Era un rudimentario sistema de protección, pero servía”, subrayó.

La tarea podía demandar varios turnos. Y había que dejar la carga perfectamente acomodada. Legnini menciona las indicaciones de los oficiales de los barcos, que controlaban que no quedaran espacios vacíos.

“Se tiraba el cereal acá y por ahí quedaba un hueco atrás. Entonces venía el oficial del barco, que podía ser griego, yugoslavo o ruso y decía: ‘No, no, acá va la carga’. Y había que llenar, sin dejar espacio”, resaltó.

De estibador a jefe de puerto

Después llegó el servicio militar. Legnini se fue a Río Gallegos y, cuando regresó, buscó nuevamente una oportunidad en el puerto. La encontró gracias a un primo, Antonio Mazzelo, vinculado además al teatro vocacional whitense.

“Le dije: ‘Antonio, no sabés si hay posibilidad’. Apareció una tarde y me dice: ‘Dame los documentos’. El 2 de septiembre de 1968 ingresé a la Administración General de Puertos junto con otros jóvenes. Entramos diez juntos, diez muchachos a la Administración de Puerto”, recalcó con gestos ampulosos.

Y prácticamente nunca se fue. A lo largo de los años fue ocupando distintos puestos y aprendiendo diferentes tareas. Fue peón, ayudante, aguatero, tractorista, guinchero, capataz y, también, chofer del administrador del puerto.

Como ayudante, por ejemplo, debía abastecer de agua a los barcos a vapor.

“Los vapores llegaban a puerto y había que conectarle el agua y hasta que no se iban había que abastecerlos. Hemos trabajado varias noches”, señaló.

“El suministro se hacía mediante mangueras conectadas a las cañerías del puerto. Eran 200 o 300 toneladas de agua porque ellos necesitaban esa agua para después poder llegar a destino”, puntualizó.

Después llegó el turno de los tractores. Antes de la incorporación de los montacargas, eran ellos los encargados de movilizar los vagones dentro del sector portuario.

“Los trenes de carga entraban hasta dentro del puerto. Entonces con los tractores arrimábamos los trenes. También trabajé como guinchero y llegué a manejar grúas de gran porte”, resumió.

“Trabajé 20, 25 años en esos guinches manejando grúas. La grúa de 40 toneladas, los guinches Ganz... Fue una etapa muy linda”, reconoció.

“Tuve suerte en la vida laboralmente”

En su recorrido por la Administración General de Puertos también guarda un recuerdo especial del ingeniero Mario de Pedro, a quien define como “el mejor administrador de puerto” que conoció.

De Pedro incluso lo eligió como chofer personal, una tarea que Cacho pudo asumir gracias a que ya tenía experiencia manejando taxis.

“Como yo andaba con el taxi de vez en cuando, el capataz que tenía, Luli Barcela, excelente persona, me recomendó para el puesto y lo pude cumplir luego de pasar una prueba con un Torino de color negro. Y así seguí escalando”, contó.

Era una época en la que la carrera dentro del puerto estaba muy ligada a la antigüedad y la capacidad.

“Antes uno llegaba a administrador de puerto por antigüedad y capacidad. Antigüedad y capacidad. Y se respetaba todo. Por eso pude progresar y ocupar varios cargos. Tenía una gran capacidad para incorporar conceptos, pese a que sólo hice la primaria”, puntualizó.

“Con los años, sin embargo, llegó un momento de cambios. Cuando la administración portuaria de Ingeniero White pasó al sistema consorcial, Legnini decidió continuar dentro de la Administración General de Puertos y pidió el traslado a Puerto Rosales.

Se fue en 1993 y allí continuó durante más de dos décadas.

“Antes de los 22 años entré a la Administración General de Puertos y en la Administración General de Puertos trabajé 47 años. Me jubilé a los 68. Así que mirá si tengo puerto”, sostuvo.

La máquina alemana

Legnini conserva una imagen fotográfica que considera especialmente significativa, ya que aparece arriba de una grúa de 40 toneladas bajando un pontón que pesaba 60 toneladas. 

“Era un desafío, porque un mínimo error y se caía todo”, expresó. 

Mira esa imagen vieja, reconoce el modelo, recuerda qué había debajo, quién estaba arriba y hasta las condiciones que había que esperar para poder hacer el trabajo.

La imagen lo muestra junto a una enorme Takraf alemana, fabricada originalmente en Leipzig.

“Me dijeron si me animaba. ‘¿Cómo no me voy a animar?’. Había que esperar que subiera la marea y conocer perfectamente el funcionamiento de la máquina. Esa grúa tenía un sistema diferente a las demás, donde vos apretabas con el pie, dejabas el freno libre y se iba sola. Esa no; entonces había que saber”, expuso.

 “Soy un agradecido de Dios, porque con sexto grado pude llegar a lo más alto... pero llegué por capacidad, no por estudio. El tema es poder volcar los conocimientos a la práctica”, remarcó.

Fruta, pescado y largas jornadas

Los ganchos también ocupan un lugar especial en los recuerdos de “Cacho”.

Había dos máquinas Škoda y otras que llamaban “Pico de Loro”, más modernas. Se utilizaban para cargar y descargar distintas mercaderías y podían levantar alrededor de una tonelada y media, aunque algunas llegaban a las dos toneladas.

“Por aquellos años, el puerto recibía fertilizantes, carbón de piedra y madera. Pero hay dos productos que eran esenciales, la fruta y el pescado. La fruta llegaba desde Río Negro, particularmente desde el Valle Medio”, acotó.

“Los turnos podían ser largos. Quedaríamos por turno seis, siete guincheros y nos relevábamos. No es que subíamos al guinche y nos quedábamos todas las horas ahí. Cada hora y media subía el relevante”, aseguró.

Un puestito que ayudaba al bolsillo

Después de recorrer distintos puertos del país y de pasar una etapa en Buenos Aires como representante gremial, Legnini volvió a pensar en la necesidad de complementar sus ingresos.

Fue entonces cuando habló con Roberto Cichero (Director Provincial de Actividades Portuarias de la Provincia de Buenos Aires durante la década de 1990), una de las máximas autoridades.

“Le digo: ‘Roberto, no me alcanza el sueldo. Quiero poner un kiosco acá en el puerto, en el balneario Arroyo Pareja’. Y me dijo: ‘Vos poné el carrito donde vos quieras’”.

“El primero tuvo una vida corta, porque un viento de 120 kilómetros por hora lo levantó y lo destruyó. Después puse un carrito sencillo, de esos que vendían pancho, choripán y hamburguesas. ¡Y trabajaba bien…!”, recordó.

La temporada empezaba en octubre y se extendía durante el verano.

“No lo hacía solo, mi esposa Nilda Zulema me acompañó. Estábamos recontra casados (risas)”, dijo entre risas.

Nilda también forma parte de la historia profesional de su marido. Con sexto grado, Legnini comenzó a recibir capacitaciones que lo colocaban frente a profesionales universitarios.

“Muchas veces me preguntaba: ¿qué tengo que hacer yo con sexto grado al lado de esta gente con estudios universitarios? Pero hacía los cursos, y los aprobaba. ¿Cómo? Con memoria”, sostuvo.

“Cuando nos acostábamos a la noche le decía a Nilda: ‘Léeme todo esto; léeme dos o tres veces’. Y me quedaba grabado”, afirmó.

Con el tiempo llegó a capacitarse en cuestiones vinculadas a la protección de las instalaciones portuarias y a asumir responsabilidades que parecían difíciles de imaginar para aquel muchacho que había dejado los estudios con sexto grado.

Su recorrido llegó incluso a Neuquén, donde conoció a Elías Sapag, quien le ofreció llevarlo para trabajar allí.

“Mi respuesta fue un no. Nunca me fui de la Administración de Puertos”, dijo.

Para “Cacho”, el puerto no se entiende solamente desde los escritorios. Él habla de “la gente de ropa azul”, los trabajadores que estaban en los muelles, en las máquinas, en las operaciones cotidianas.

“La gente de ropa azul fue la que hizo tan importante a este puerto. No quiero desmerecer a quienes trabajaban en la administración; al contrario, pero el puerto no funciona si no funcionan las dos cosas”, aseguró.

Pero su mirada está puesta en aquellos trabajadores que conocían cada rincón de las instalaciones.

Ese conocimiento fue precisamente el que, con el tiempo, lo llevó a convertirse en jefe de puerto. Y durante un tiempo casi nadie lo sabía.

“Cuando me hacen el último reportaje, ahí se enteraron los muchachos”. ¿Por qué? Porque había conseguido para los pescadores una pequeña grúa eléctrica que les permitía trabajar sin tener que tirar de una soga. Así se enteraron de que yo era el jefe de puerto”, resaltó.

De White a Puerto Rosales

Cuando se creó el Consorcio de Gestión del Puerto de Bahía Blanca, Cacho decidió continuar su carrera en Puerto Rosales.
No fue una decisión sencilla.

“Lo agarré al ‘Flaco’ Larraburu y le dije: ‘Si vos sos el padre de la Ley de Puertos, nos estás dejando afuera a nosotros’. Pero como la respuesta fue que la orden venía de arriba, decidí irme a Puerto Rosales”.

Y allí pasó otros 22 años.

“No me pesaba el viaje. A las 6 de la mañana ya estaba el remisero en mi casa. Compartí esos viajes con Luis Alejandro Arecco, primer administrador de Puerto Rosales.

“Excelente persona. Yo hacía de todo, hasta de chofer. Lo llevaba a Necochea cuando Arecco comenzó a ser considerado para ocupar un cargo superior. La historia terminó con él en el Consorcio y yo firme en Coronel Rosales”, dijo.

“Soy feliz, sigo compartiendo mi hogar con Nilda y soy padre de Andrea Viviana y abuelo de Gianfranco. Un agradecido de Dios”, declaró.

Oscar Legnini tiene casi 80 años y se jubiló hace una docena. Pero cuando habla del puerto no parece estar mirando hacia atrás. Está ahí, entre una grúa, un barco, un pontón y un grupo de hombres de ropa azul.

“Había que saber”, repitió. Y él, evidentemente, supo.

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