Subsuelo: una novela que entrecruza lo psicológico con lo fantástico, un descenso al infierno buscando la redención
La novela combina ficción con misterio y terror, un recorrido por la parte subterránea de la ciudad y de la protagonista
Es periodista, ingeniero civil y docente de la Universidad Nacional del Sud en materias relacionadas con el Patrimonio arquitectónico y el planeamiento urbano. Ha publicado notas en revistas Vivienda, Todo es Historia, Obras & Protagonistas y Summa +. Participa en varios micros radiales referidos a la historia de Bahía Blanca. En dos ocasiones recibió primera mención por parte de ADEPA en el rubro Cultura e Historia.
Subsuelo (Editorial Planeta) es la nueva novela de Eduardo Levy Yeyati, definida como un thriller, es también un profundo juego en que la protagonista se sumerge en los túneles de una vieja casona de San Telmo, donde el orden de lo natural se quiebra para sumergirse en una experiencia entre mística y redentora.
Yeyati retomó esta historia luego de 20 años. La ambientó en 2001, cuando el país atravesaba una de sus crisis más profundas, y relata el singular momento de una mujer que ajusta cuentas con su vida.
Ingeniero civil, estudiante de psicología, doctor en Economía y especialista en Inteligencia Artificial, Yeyati le hace lugar al escritor en una ficción que plantea un juego permanente entre sueño y realidad.
En entrevista exclusiva con La Nueva. reflexiona sobre este trabajo y también hace una lectura sobre cuestiones de nuestra realidad económica y el papel de la IA en nuestro presente y futuro.
El vértigo de la trama
¿Cómo definiría a Subsuelo en cuanto a su género?
Es una novela que cruza el terror psicológico con el gótico y lo fantástico, sin quedarse en ninguna de esas etiquetas. Comienza como un noir urbano pero, a mitad de camino, se sale de los carriles del género mientras lo real se va enrareciendo en una mitología apócrifa, el reverso de lo familiar. En el centro está la historia de la fuga interrumpida de la protagonista que se convierte en descenso a los infiernos buscando un rescate redentor. Cada lector lee a su manera, pero al leerla de corrido es como mejor se siente la vorágine y el vértigo de la trama.
¿Es un terror hacia lo desconocido, lo fantasioso, lo indefinible?
No es el terror del monstruo, de lo paranormal. Tampoco busco explicar todo como un sueño o el reflejo de un trauma. Me interesa que el lector dude y se sorprenda, que se sienta un poco incómodo, que juegue a cuestionar la realidad incorporando lo extraño de manera orgánica. Es un terror de lo indefinible, de la aprensión. Pienso en el new weird de van der Meer, Melville o Lamberti; en Casa de hojas o en Backrooms; en los cuentos de Machado o Enriquez. Y en ese cine nuevo como Us o Barbarians porque Subsuelo es muy cinematográfica.
Subsuelo refiere en parte una ambientación en los túneles de San Telmo, ¿Es parte importante de la trama o es más una alegoría a lo oculto, lo misterioso?
Al escribirla yo pensaba en túneles reales, en una realidad aumentada por ese reverso fantasmal de una Buenos Aires que es casi un personaje de la novela. En la superficie, lo cotidiano; debajo, los restos, las memorias, las violencias enterradas. En la novela esa idea se vuelve literal: debajo de la ciudad visible, el subsuelo es como el retrato de Dorian Gray de la normalidad de arriba. Pero el mito urbano detrás de la red bajo la Manzana Jesuítica bien puede funcionar como alegoría de la historia olvidada de la Argentina, de lo que cada personaje tiene enterrado y prefiere no mirar, incluso del viaje interior de la protagonista.
Hay referencia en el libro a distintos casos de lobotomía. ¿Qué rol juega esa práctica en la novela?
Mi interés viene de mis años como estudiante de psicología, de mi obsesión por el soporte físico de la psiquis, por qué nos pasa si estimulamos esto o cortamos esto otro, como si fuéramos muñecos animados. En la novela esto tiene una resonancia especial, porque los sobrevivientes de esa práctica brutal, se sienten “raros”: son los mismos, pero distintos, como si algo les faltara o estuviera desplazado. Ese desplazamiento liga con la imagen ominosa del doble, idéntico a nosotros pero distinto de maneras apenas perceptibles, y también con el extrañamiento, que es un sentimiento central en la novela.
La protagonista atraviesa una circunstancia singular de su vida
La protagonista tiene una anemia crónica que la obliga a transfusiones frecuentes, que la novela usa como un umbral: es una mujer habituada a caminar entre la vida y la muerte, entre lo físico y lo espectral. Alguien que vive en tiempo prestado, que no siempre sabe qué hacer con ese tiempo, si rendirse a la parálisis o huir hacia adelante. La trama se centra en el misterio del subsuelo tanto como en entender qué le pasa a ella, una extraña en la ciudad y en el mundo, queriendo huir de sus afectos y ataduras mientras todo alrededor se derrumba en paralelo.
Una sensación de alivio
¿Cuándo nace esta novela? ¿Por qué ambientada en 2001, qué aporta ese año a la trama?
Empecé la novela en 2006 como una exploración de una versión del rabbit hole de Alicia, pero no encontré ni un tono ni un desenlace que me convenciera. La retomé recién en 2023, por eso además de reformularla me tocó trabajar con el escritor que yo había sido veinte años antes, con el que no siempre coincidía. Desde el principio, pensé en dos historias, una en primera persona y primer plano y otra desarrollándose en el fondo y convergiendo en el desenlace, con diciembre 2001 como escenario. Me gusta que la memoria irrumpa a la vez desde el pasado y desde el presente. La violencia colonial permanece latente en el subsuelo mientras la crisis ancla la violencia a una referencia histórica.
¿Qué le interesa despertar en el lector más allá de la historia propiamente dicha?
Me gustaría que leyeran la novela de una sentada, que se sintieran atrapados, sorprendidos e interpelados. Que vivieran el vértigo del descenso, que fueran desentrañando la historia mientras avanza, con la misma información que la protagonista. Y que el final produzca algo parecido a la liberación, porque la novela pasa por lugares oscuros, pero no termina en la oscuridad. Al cerrar el libro quedan preguntas abiertas, pero debería quedar también una sensación de alivio, casi catártica.
En el centro de la trama hay una historia de rescate y redención que, más allá de sus lados oscuros o absurdos, tiene un final menos trágico que el de Eurídice. Pero del misterio y de la atmósfera de aprensión surgen varios temas recurrentes: el extrañamiento del expatriado; la elasticidad para adaptarnos y reaccionar a situaciones que a priori nos resultarían intolerables; el ejercicio de la memoria modificando el pasado para que podamos convivir con él; la búsqueda de sentido a través del sacrificio.
Personal
Ingeniero civil, estudios avanzados de Psicología, doctor en Economía. ¿Cómo conviven esas formaciones al momento de desempeñarse como escritor?
Dormimos en habitaciones separadas. De vez en cuando nos cruzamos, cuando escribo sobre problemas morales en economía o especulo sobre la IA, algo de eso puede entrar en algún cuento o novela. La psicología suele colarse bastante seguido. Pero las otras dos casi siempre van por carriles separados, y el salto hacia y desde la literatura es agotador. La ficción necesita su propio espacio mental, no puedo pasar del registro académico o periodístico al literario de un momento a otro, necesito tiempo para recordar lo escrito y para escribir sin apuro.
¿Cómo vive el proceso de la escritura, se disfruta?
Mucho. En la escritura de ficción y, en menor medida, de los ensayos más especulativos, el proceso es adictivo. El proceso mismo ya es un viaje, una fuga de lo cotidiano, que me empuja y me repara. De ahí, tal vez, mi gusto por la literatura de género y el peso que le doy a las tramas que me saquen del presente.
Ilusiones rotas
Es inevitable un par de preguntas a partir de sus especialidades, ¿Cómo ve el país? ¿Hay algo en lo económico o político que permita ser optimista en cuanto a una mejora?
Argentina está permanentemente en estado de expectación. El país tiene mucho potencial, pero no se realiza por sí solo. Creo que entramos en un período de expectativas disminuidas, donde mucha gente está insatisfecha, pero a la vez, después de años de ilusiones rotas y promesas vacías, empieza a pensar que quizás “esto es lo que hay”. Acepta el mal menor, le baja el volumen a los políticos, vota menos, hace la suya. Por razones económicas: la precarización, un Estado inútil o ausente, décadas de crisis hacen que la gente valore la estabilidad como destino. Y por el default de la política. No me está claro si ese equilibrio defensivo, decrecimiento modesto y desigual, es estable, probablemente esto incida en el riesgo país alto y en la inversión privada que no remonta. Es una pena porque la aceptación de la necesidad de prudencia fiscal es un logro de estos años y de este gobierno, pero la rigidez y la falta de resultados visibles podrían jaquear ese consenso.
Y sobre la IA, ¿Cuánto está cambiando el mundo y si es posible pensar que la IA viene a aportar tareas que permitan al hombre concentrarse más en la creatividad y el pensamiento profundo?
Por ahora, la IA cambia más el debate que la realidad porque es aún muy incipiente. Pero puede alterar el mundo de manera radical. Probablemente acabe sustituyendo al ser humano en muchas tareas, incluyendo las de los nuevos trabajos que los optimistas invocan para negar escenarios distópicos. Esto no es necesariamente malo: si encontramos un mecanismo que reemplace al trabajo remunerado como forma de asignación del ingreso, podríamos transitar a una época con menos necesidad de invertir la mitad de nuestra vigilia en tareas que en muchos casos no elegimos. Además, creo que en actividades culturales, de esparcimiento, de cercanía, el “hecho por humanos” será crecientemente valorado. No basta con que algo pueda automatizarse, el consumidor debe aceptar esta “deshumanización”. No creo que muchos vayan a leer una novela escrita por IA.