El museo que cuenta la historia de los que hicieron y hacen Ingeniero White
Se sostiene como un espacio único y su directora, Lucía Bianco, afirma: “No es un museo que te deje tranquilo, sino que busca inquietarte”.
Subjefe de la Sección Deportes con especialización en temas deportivos. Más de 30 años comentando fútbol y otro tipo de actividades; además de haber realizado coberturas en todo el país con la incursión de los elencos bahienses en la elite del fútbol nacional. También coberturas del seleccionado Argentino en acontecimientos como Copa América y amistosos internacionales.
Algunos museos conservan objetos y otros preservan obras de arte. Pero también están aquellos que hacen algo más difícil, como conseguir que una comunidad vuelva a mirar su propia historia con otros ojos.
El Museo del Puerto de Ingeniero White pertenece a esa última categoría.
El próximo 26 de septiembre cumplirá 39 años desde su inauguración y, desde aquel comienzo, construyó una identidad propia que lo convirtió en una referencia dentro y fuera de la Argentina. No sólo por el particular edificio que ocupa, una antigua aduana construida para el Estado argentino durante la etapa de presencia británica, sino fundamentalmente por la manera en que decidió contar la historia.
Lucía Bianco forma parte del equipo del museo desde 2007 y es su directora desde 2019. Y cuando habla de la institución evita poner el foco en su propia figura o en quienes ocuparon la dirección.
“No haría hincapié en la figura de la dirección. No lo hago conmigo porque son construcciones colectivas; somos trabajadores del Estado municipal y son construcciones colectivas”, explica.
Y esa palabra -colectivo- aparece una y otra vez cuando se intenta comprender la esencia del museo.
“Si vas a hacer nombres, hay que empezar por Isabel Barros de Taramasco, que fue la subdirectora de Cultura que pensó este espacio y que tenía que existir este espacio”, sostiene Bianco al recordar los orígenes de la institución.
Para ella, el museo nació, además, en un momento histórico muy particular, como fueron los años de recuperación democrática.
“La historia del museo está ligada también a la historia argentina, a la de Ingeniero White y de Bahía Blanca, porque tiene que ver con un clima, como el de mediados y fines de los '80, de recuperación democrática”, afirma.
“Desde un principio fue un museo que pensó la historia desde abajo, la historia de los sectores populares, desde las voces que habitualmente en la historia tradicional no quedaban registradas, como son la de un estibador, un pescador artesanal, una cocinera, una bordadora. Esas son las voces que el museo pone en primer plano”, resalta.
La primera entrevista del archivo oral del museo, realizada a fines de la década del '80, ya marcaba ese camino. Se trataba de “Entrevista a los pescadores y sus mujeres”, protagonizada por inmigrantes italianos que contaban sus historias de vida y de trabajo.
“Siempre tuvo un sentido de las voces múltiples, de que hay muchas voces y muchos protagonistas de la historia popular, de la historia de todos los días”, señala Bianco.
Con el paso de los años fueron apareciendo otras voces, la de los trabajadores del Polo Petroquímico, niños y niñas, integrantes de sindicatos, protagonistas de la resistencia obrera y distintos habitantes de Ingeniero White.
“Esos serían los primeros protagonistas de la historia del museo, a partir de recuperar historias de inmigración, de vida, de trabajo. Y a lo largo del tiempo se sumaron otras voces que tuvieron que ver con distintos proyectos del museo”, cuenta.
El concepto es sencillo, pero profundo, ya que la historia no está solamente en los grandes acontecimientos ni en los nombres conocidos. Está también en quienes trabajaron, cocinaron, cosieron, pescaron, llegaron desde otro país, criaron hijos o sostuvieron una familia.
Una cocina que cuenta una historia
Quizás ninguna sala represente mejor esa filosofía que la cocina, uno de los espacios centrales del recorrido y, a la vez, un símbolo de la forma en que el museo entiende la historia.
“En realidad el museo lo que trata es de volver viva y activa ciertos saberes populares. El bordado sería uno y la cocina otro. Son prácticas que fueron perdiendo reconocimiento con el paso del tiempo, han quedado desprestigiados como si fueran cosas que no importan, cuando en realidad han sostenido la vida cotidiana”, puntualiza.
Y allí aparece una de las preguntas centrales que plantea el museo.
“Para que se mueva este puerto tiene que haber ollas prendidas, fuegos encendidos en las casas para que coman las personas que trabajan en el puerto y lo hacen funcionar. Somos cuerpos que hacen la historia y esos cuerpos necesitan comer. Entonces, ¿quién cocina? Esa es la pregunta que hace el museo”, expone.
La respuesta pone en escena a quienes durante mucho tiempo quedaron en segundo plano.
“Pone como protagonistas de la historia a las personas que de otro modo no lo estaban. Por ejemplo, una cocinera, una señora que cocinó toda su vida para el marido estibador. Por eso la 'Sala Cocina' es mucho más que una recreación; es un espacio de reuniones, talleres, investigaciones, publicaciones y encuentros", resalta.
“Te diría que la cocina es la sala central del museo. Y también es parte de nuestra concepción de la historia, de que la historia realmente empieza desde el trabajo inevitable de cocinar”, añade.
Entonces aparece una reflexión que excede al museo.
“¡Qué injusto ha sido a lo largo del tiempo que no haya tenido un lugar en la historia, en los libros de historia, algo tan fundamental y que no podemos evitar hacer!".
Objetos que tienen nombre y apellido
Caminar por el museo es encontrarse con objetos cotidianos que, fuera de allí, podrían parecer insignificantes. Sin embargo, cada uno tiene una historia.
“Es una construcción larguísima desde los inicios del museo, de trabajo de los equipos municipales de entonces y en adelante con la comunidad, muy acompañado por la comunidad. Hubo campañas de donaciones, pero también una tarea mucho más artesanal, como fue preguntar en las casas, pedir a los vecinos: ‘¿No tendrás en tu casa algún objeto de cocina de tu abuelo, de tu bisabuela, que pueda sumarse al museo?’”, subraya.
Así llegaron objetos de cocinas, peluquerías y de las escuelas de White.
“Cada uno de los objetos que están en el museo son parte de la vida de Ingeniero White, de cocinas, peluquerías y escuelas whitenses”, afirma.
De ahí que el museo tiene también una dimensión familiar.
“Hay mucha gente que viene al museo a reencontrarse con su propia historia familiar, con sus memorias, con aquellas cosas que cuentan su historia también”, apunta.
Inmigrantes de ayer y de hoy
La inmigración es otro de los temas que el museo aborda desde una perspectiva particular. Bianco, incluso, propone revisar la propia palabra.
“Se menciona ‘inmigrantes’ como si fuera algo del pasado y acá, por ejemplo, también hacemos referencia a la inmigración boliviana, paraguaya, venezolana. Las historias de los inmigrantes italianos conviven así con las de quienes llegaron y llegan desde otros países para trabajar en la región", destaca.
“La historia inmigrante no es solo el pasado y no es solo el pasado ultramarino; también está hecha de personas que vienen a trabajar en la región, en el cultivo de ajo y cebolla también”.
Y nuevamente el museo busca transformar una palabra aparentemente conocida en una pregunta.
“Si desnaturalizás incluso la palabra ‘inmigración’, aparece la experiencia más real y cotidiana que tenemos todos. La pregunta puede dirigirse hacia los propios antepasados. ¿Por qué vino acá? ¿Eligió venir acá? ¿Tenía ganas de vivir en Argentina porque era lindo? ¿Qué dejó atrás? ¿Por qué tuvo que moverse de su lugar? ¿Qué lo obligó a moverse?”.
"Pero también hacia el presente. ¿Fue bienvenido en la Argentina? ¿Se le abrieron las puertas? ¿Lo trataron bien cuando llegó? ¿Hacemos eso hoy con los inmigrantes también?”.
"Y, finalmente, hacia el futuro. ¿Estamos dispuestos como sociedad a recibir con los brazos abiertos o no? ¿O empezamos a dudar? Son preguntas inquietantes que el museo pretende tener”, refuerza.
Un museo que no busca dejar tranquilo al visitante
La palabra “inquietud” quizás sea una de las mejores formas de definir al Museo del Puerto. Las salas no están pensadas para entregar respuestas definitivas, sino para abrir interrogantes.
“No es un museo que te deje tranquilo. No es un museo para que vengas acá a cerrar cómo fue la historia y afirmar: ‘Ah, entonces fue así’. La intención es otra. Es un museo que tiene más el objetivo de inquietarte, de generarte una curiosidad, ganas por conocer el lugar”, confieza.
"Incluso aquello que forma parte de la vida cotidiana puede ser observado de otra manera. Desnaturalizar aquello que llamamos memorias, historias, relatos”, plantea.
Por eso una antigua cocina, una fotografía o un objeto familiar pueden convertirse en disparadores para preguntarse por qué las cosas fueron de determinada manera.
“Algo que yo vi toda mi vida en la casa de mi abuela, ¿por qué fue así? ¿Por qué es así?”, aporta Lucía.
El museo también sale a la calle
El museo recibe alumnos de Bahía Blanca, Ingeniero White y distintas ciudades y localidades de la región, pero no se limita a mostrarles las salas.
“No le decimos tanto ‘visitas guiadas’. Los invitamos a recorrer y quienes vienen también están haciendo una experiencia. Y a veces ni siquiera entran al museo; hay caminatas por el puerto, caminamos como si fuera un museo por la calle”, acota.
Un grano de maíz en el suelo puede ser suficiente para comenzar una clase de historia.
“¿Por qué está tirado esto en la calle? Y empiezan a ver que hay camiones. ¿Y por qué hay camiones? ¿A dónde va? Al puerto. ¿Y qué van a hacer al puerto?”, afirma.
La historia aparece entonces delante de los ojos e, incluso, un trabajador puede convertirse en fuente histórica.
“Cruzamos a un estibador con los chicos, lo frenamos y le empezamos a hacer preguntas, una entrevista al estibador del puerto o a la persona que baja con un casco amarillo de una cinta transportadora. La idea es que los chicos comprendan que la historia también está en el lugar donde viven", asevera.
Bordados, canciones y memoria
Los talleres son otra expresión de esa forma de trabajar. Cada miércoles funciona el taller de bordado, integrado por personas que llevan años vinculadas al museo. Y no se trata de un taller convencional.
“No es un taller en el que se venga a aprender, que hay una profesora que enseña a bordar. No es la idea tradicional de taller. La propuesta es recuperar y hacer circular conocimientos que ya existen en la comunidad; se pensó como un taller de circulación de saberes que ya estaban en la comunidad”, reitera.
Las bordadoras construyen además una obra colectiva.
“La propuesta fue que ellas le enseñen a otras o a otros que no supieran y que juntas construyeran una obra común, no que se llevaran los bordados cada una a su casa”.
El resultado podrá verse en septiembre, cuando se inaugure una muestra en el Museo de Arte de Bahía Blanca con parte de la producción.
“Van a ver que es enorme lo que están haciendo, es infinito, no se termina más. Es un universo”, visibiliza.
El museo también tiene una editorial propia. No funciona como un espacio que simplemente recibe libros de quienes quieren presentarlos, sino que selecciona, propone e invita a producir publicaciones vinculadas con sus intereses.
“Desde su inicio se dedicó a pensar publicaciones que tuvieran que ver con sus proyectos, con sus acciones, con sus inquietudes, sus preguntas. Allí aparecieron memorias de inmigrantes, cuadernillos educativos y trabajos sobre aspectos aparentemente pequeños de la vida cotidiana. Un libro sobre los repasadores, sobre la historia de los repasadores”, señala.
También hubo proyectos que cruzaron música e historia, como una publicación acompañada por un disco con canciones italianas cantadas tradicionalmente en White e interpretadas por bandas de rock de la localidad.
“Muchos de nuestros libros vienen de una mirada también, de una concepción del museo sobre cómo contar estas historias, el por qué y cuáles tienen que seguir circulando”, anexa.
En los últimos años, además, se incorporó la colección “Lo Particular”, que convoca a escritores y escritoras contemporáneos a trabajar sobre temas relacionados con las inquietudes del museo.
Edificio recuperado por la comunidad
El edificio tampoco es un detalle menor, ya que fue construido como aduana para el Estado argentino y, con el tiempo, quedó abandonado. Durante la década del '70 presentaba un avanzado deterioro.
“Parecía ya un edificio que no iba a tener destino, por cómo estaba destruido. Sin embargo, la comunidad insistió en recuperarlo y allí también apareció el Estado como actor fundamental", remarca.
“Uno ve cómo también es el Estado el que puede intervenir en la decadencia de esos espacios y cambiar para siempre la historia. Lo más fuerte fue el contenido que tuvo el edificio a partir de ahí, que fue que sea un espacio de memoria de los sectores que nunca tuvieron memoria”, resalta.
Y, nuevamente, la comunidad estuvo en el centro.
“Cuando empezó el museo a este predio lo venían a regar los vecinos. Parte de los objetos que hoy se ven es porque, además de los empleados, también había vecinos que ayudaban a limpiarlos, a restaurarlos”, señala.
“Todas las actividades son incluyendo a esa comunidad, a su participación, su ida y vuelta, sus memorias. Y eso te das cuenta porque se nota en cómo el museo es querido y cuidado por los vecinos”, asegura.
A pocos días del aniversario, Bianco no piensa solamente en celebrar lo realizado, sino en lo que falta.
“Creo que lo que vamos a estar pensando es que el museo tiene que proyectarse así como en algún momento surgió y cambió cierta perspectiva de los museos a escala nacional”, dice.
El gran desafío es garantizar que todo ese patrimonio pueda preservarse durante las próximas décadas.
“Algo que queremos soñar es que el museo merece un espacio de depósito y archivo que lo perpetúe en el tiempo y haga eso con las memorias de las familias trabajadoras del puerto. Tenemos muchas ganas de crecer en infraestructura, de soñar con que sea un espacio que pueda mirar al futuro tan profundamente como miramos el pasado para entender lo que estamos haciendo ahora”, apunta.
Quizás allí esté la verdadera importancia del Museo del Puerto. No guardar el pasado como algo terminado, sino mantenerlo vivo para que siga haciendo preguntas sobre el presente.
Un museo que conserva objetos, sí. Pero que, por encima de todo, conserva voces.