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Adrián Pignatelli: La historia nos da la oportunidad de no repetir errores

Historias de próceres, de hombres y mujeres olvidados o postergados. Un repaso por la historia argentina a través de la vida de sus protagonistas.

Temerarios, idealistas y aventureros (Editorial Paidos) es un libro con decenas de historias de hombres y mujeres de nuestro país, muchos conocidos, otros ignorados, otros desconocidos, quienes compartieron un espacio de tiempo entre 1810 y 1910.

Su autor, el periodista Adrián Pignatelli, un apasionado por la historia –autor de Balbín, el presidente postergado; Ruggierito, El traidor y El espía Juan Domingo Perón--, revela la vida de personas que resultaron atravesadas por batallas, romances, complots, desencuentros y muertes a destiempo, algunos valerosos, otros crueles, algunos conciliadores, otros traicionados.

Así aparece French (el de las escarapelas del 25 de mayo) dando el tiro de gracia a Santiago de Liniers luego de su fusilamiento, la increíble sobrevida de Tomás Espora, el fatal disparo en el pecho al coronel Pringles, la puñalada artera a Florencio Varela o la decisión de Tomás Liberti de crear el cuerpo de bomberos de la Boca.

En entrevista exclusiva con La Nueva., el autor repasa y reflexiona sobre este trabajo.

“A la historia no basta con leerla, hay que interpretarla”

¿Qué es Temerarios, idealistas y aventureros?

Es un libro que cuenta la historia de hombres y mujeres que, en los distintos ámbitos en los que intervinieron, también hicieron historia en nuestro país. Más allá de los Moreno, Belgrano, San Martín o Sarmiento, hubo muchos con menos prensa, que con aciertos y errores fueron protagonistas de hechos importantes y tuvieron participación en procesos de relevancia. “Temerarios, idealistas y aventureros” se propuso salir al rescate de ellos.

¿Qué distingue en particular a los hombres y mujeres elegidos para este libro?

Primero, debo aclarar que la selección realizada es muy acotada y muchos quedaron afuera, no por falta de mérito, sino por una cuestión de espacio. De cada uno de ellos fui al rescate de sus vidas. Alguno que otro se reiría o protestaría al descubrirse dentro de esta selección, arbitraria y caprichosa. Entre los temerarios, califican los que se la jugaron entero en un combate y llegaron con su acción a la victoria, como podría ser Mariano Necochea; o fray Luis Beltrán que, sabiendo que en Cancha Rayada se había perdido todo el parque, sin inmutarse, le aseguró a San Martín que contaban con el armamento para continuar la campaña; idealistas como Laprida y su ejemplo de rectitud y civismo, o la labor desarrollada por Ricardo Gutiérrez, el primer pediatra del país; o aventureros como el neoyorkino Thorne, héroe de la Vuelta de Obligado o Elvira Rawson y su papel en la atención de heridos durante la Revolución del Parque, en julio de 1890.

¿Percibe un interés creciente en la gente por leer sobre historia argentina?

Hace un tiempo que existe un interés en la historia debido a más de un aspecto. Han aparecido muchos autores y creo que el “Soy Roca” de Félix Luna estableció un mojón. A partir de ahí, surgieron libros que, de manera amena e interesante, acercan con un lenguaje llano episodios de la historia, que para el público lector son un verdadero descubrimiento. Además, los debates que se generan en la sociedad, ya que sea en torno a las grietas en la política o en la discusión en torno a la matriz ideológica del gobierno, hacen que se vaya al rescate de personajes y de hechos de la historia y que ese intercambio de ideas se de en los medios de comunicación y en las redes sociales.

Usted mencionó que la gente en general no sabe demasiado de historia, al punto de no distinguir el 25 de mayo del 9 de Julio ¿A qué cree que se debe esa falta de conocimiento?

Así como una parte de la población demuestra interés en la historia, otros no le prestan atención, por diversos motivos, o porque la consideran aburrida, porque se la enseñaron de memoria o porque tal vez no tuvieron la oportunidad de contar con experiencias enriquecedoras en el aula. A la historia no basta con leerla, hay que interpretarla, relacionarla, estudiar sus enseñanzas, sacar conclusiones. Es la forma en la que se la honra. Si le damos la espalda, resulta hasta casi natural no distinguir entre lo que pasó en 1810 y en 1816 o por qué demoramos más de 40 años en tener una Constitución. Así como los exámenes de nivel se detectan deficiencias en comprensión de textos y matemática, también habría que poner el acento en la historia.

“Se enseña una visión simplificada de la historia”

¿Qué historias en particular lo sorprendieron y conmovieron al elegir los protagonistas del libro?

Es un cúmulo de sensaciones en las que se mezclan profesiones u oficios, los logros alcanzados y las edades que tenían entonces. Porque, por ejemplo, cuando Tomás Espora falleció, tenía 34 años. Para entonces había dado la vuelta al mundo, había combatido en la guerra contra el Brasil a las órdenes del almirante Brown, fue seriamente herido en varias oportunidades. La lucha en silencio del médico Claudio Mamerto Cuenca, quien encontró en la poesía la forma de desahogarse contra el régimen rosista; la vida de privaciones del autor de la Marcha San Lorenzo o la de los genoveses que habían soñado con una república italiana en La Boca. La mayoría de las historias conmueven por la pasión, el desinterés y hasta el fanatismo que movieron a estos hombres y mujeres.

¿Cree que resulta beneficioso humanizar a los próceres?

El prócer no es ese militar o político que, desde el óleo, nos sigue con una mirada seria y adusta. Fueron personas de carne y hueso con sus fortalezas y también con sus debilidades, con sus aciertos y errores. Está bien humanizarlos, sin minimizar su obra. Es útil que todos conozcan la faceta humana de aquellos que hicieron cosas importantes para el país.

¿Sigue existiendo una historia oficial que establece quienes han sido los buenos y quienes los malos?

No sé si haría la clasificación de buenos y malos; entiendo que hay una visión acotada de la currícula, donde no todos los programas de estudios llegan, por ejemplo, al peronismo, y el alumno necesita contar con los elementos de ese pasado cercano. Tal vez haya que hablar de una visión simplificada de la historia, donde lo que se repite sin pensar, por ejemplo, que Moreno era fogoso y Saavedra no quería innovar, que lo más importante que hizo Julio Roca fue la campaña al desierto o que Sarmiento hizo lo que hizo porque no faltó un día a la escuela.

El resucitado, el golpista

Para Pignatelli los hombres y mujeres perjudiciales en nuestra historia han sido aquellos que han interrumpido el orden democrático. “No sé cuál es la presencia, por ejemplo, de personajes como el general José Félix Uriburu, responsable del golpe de estado de 1930. La Argentina es producto de su sociedad y de sus dirigentes. Podemos estar de acuerdo o discutir sobre varios de los que cargaron sobre sus hombros la responsabilidad de conducción, pero lo importante es que tengamos la capacidad de asimilar sus errores para no repetirlos, esa es la oportunidad que día a día nos brinda la historia y que no siempre le sacamos el debido provecho.

José de San Martín, el Padre de la patria

Como periodista, en sus libros intenta, dice, “acercar lo máximo posible al lector al hecho que relato”, buscando apartarse del estilo erudito del historiador. Su búsqueda es construir un relato que, más allá de cuando ocurrió, parezca que haya ocurrido ayer.

“El estilo periodístico resulta ideal para este propósito. Así cuento el proceso de la declaración de la independencia o de la inmigración como si yo estuviese entremezclado entre los diputados en la Casa Histórica de Tucumán o en el muelle del puerto porteño”.

Temerarios, idealistas y aventureros se centra en relatos y biografía ubicados entre 1810 y 1910, un momento tan especial de nuestra historia como fue el del siglo XIX.

“Fue un siglo en el que vivimos en peligro: invasiones inglesas, Revolución de Mayo, la amenaza del ejército español, guerras de la independencia, cruce de los Andes, los larguísimos años de guerra civil entre unitarios y federales; los caudillos del interior y su inevitable choque con Buenos Aires, más las revoluciones y las guerras contra el Brasil y de la Triple Alianza. El país estuvo casi una década partido al medio y explica por qué hubo conflictos, exilios, ejecuciones y traiciones. Ellos manejaron una intensidad que volcaron a una lucha a sabiendas de que, posiblemente, no verían los resultados. Había una cuota de desinterés y genuina entrega, más allá de los ambiciosos y calculadores de siempre.  

Más allá de ciertas ponderaciones, los nombres de San Martín, Belgrano y Sarmiento parecen estar por encima de cualquier otro. Pignatelli los define como “casos excepcionales”, aunque claramente fueron lo que fueron por contar con oficiales de primera.

Adrián Pignatelli

San Martín cumplió con lo que dijo que haría, libertar América. Y cuando comprendió que sin apoyo del gobierno porteño había quedado debilitado, le dejó el terreno libre a Bolívar y se retiró de la escena. Pero, ¿qué hubiera sido sin los oficiales que lo acompañaron en la campaña libertadora? De la misma forma, el genio de Manuel Belgrano -economista adelantado para la época, con ideas revolucionarias en torno al comercio, la industria, la educación- estuvo complementado en el Ejército del Norte con inteligentes oficiales que contribuyeron a las victorias de Tucumán y Salta y a realizar esa operación titánica que fue el Éxodo Jujeño.

Sarmiento, por último, representa la revolución en educación. Cuando comprobó que más del 70% de la población era analfabeta, su política de Estado fue el desarrollo de la educación. Levantó cerca de 800 escuelas, trajo maestras especializadas, implementó la Comisión Popular de Bibliotecas; fundó el Observatorio Astronómico, la Academia de Ciencias, el Servicio Meteorológico. Fue polémico, provocador y un peleador incorregible, pero su cabeza era una usina de ideas y proyectos.

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