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La patente de discernimiento en la era de la inteligencia artificial

El discernimiento no es un título obtenido de una vez y para siempre. Es una práctica que debe renovarse ante cada situación concreta. La experiencia profesional y la responsabilidad humana.

El profesional experimentado puede aportar contexto, reconocimiento de excepciones, memoria de consecuencias y responsabilidad.

Daniel Fainstein / Especial para “La Nueva.”

La multiplicación de cursos de inteligencia artificial parte de una necesidad real: debemos aprender a utilizar una herramienta que ya interviene en el trabajo, la educación, la medicina, la comunicación y la vida cotidiana. 

Sin embargo, esa oferta creciente deja una pregunta casi siempre fuera del programa: quienes enseñan a usar la inteligencia artificial, ¿son acaso grandes discernientes?

La respuesta no puede darse por supuesta. Saber operar una tecnología no equivale a comprender el mundo sobre el cual se la aplica. Mucho menos acredita la capacidad de reconocer límites, ponderar consecuencias y responder por una decisión.

Un certificado puede demostrar que alguien aprendió a formular instrucciones, automatizar tareas o producir textos e imágenes. No demuestra que sepa cuándo una respuesta es falsa, inoportuna, injusta o peligrosa.

Nadie tiene la patente del discernimiento. Todos poseemos, en potencia, la capacidad de discernir; pero ninguno la tiene asegurada. Puede cultivarse mediante el conocimiento, la experiencia, la duda y el diálogo. También puede atrofiarse, delegarse o quedar eclipsada por el miedo, la conveniencia, la ideología, la soberbia y la fascinación tecnológica.

Un experto puede discernir con excelencia dentro de su especialidad y equivocarse fuera de ella. También puede perder claridad dentro de su propio campo cuando confunde autoridad con infalibilidad. El discernimiento no es un título obtenido de una vez y para siempre. Es una práctica que debe renovarse ante cada situación concreta.

Por esa razón, la patente de discernimiento no debería imaginarse como una licencia jurídica para permitir o prohibir el acceso a la inteligencia artificial. Sería injusto y autoritario que una institución se proclamara propietaria del buen juicio. También las autoridades, las universidades, los gobiernos y los organismos profesionales pueden equivocarse.

El profesor de IA y la autoridad

Quien imparte un curso puede ser un excelente técnico, un investigador serio o un comunicador eficaz. Nada de eso debe despreciarse. Pero tampoco debe confundirse con autoridad intelectual, moral o profesional sobre todas las decisiones que la herramienta permite abordar.

El problema aparece cuando el dominio instrumental se presenta como una forma superior de juicio. La fluidez para hablar de algoritmos, modelos o instrucciones puede producir una autoridad escénica que excede la competencia real. Cuanto mayor sea la habilidad técnica, mayor puede ser incluso la capacidad de revestir un error, un prejuicio o una manipulación con una apariencia convincente.

Por ello, la primera credencial de un buen docente de inteligencia artificial no debería ser la cantidad de respuestas que obtiene, sino su capacidad para mostrar los errores de la herramienta, reconocer lo que ignora, distinguir probabilidad de certeza y explicar cuándo es necesario detenerse y consultar a otro. El verdadero maestro no enseña solamente a preguntar mejor. Enseña también a desconfiar, verificar y contradecir.

Existen cursos que otorgan certificados de manejo de inteligencia artificial. Ninguno puede otorgar una patente de discernimiento.

La patente moral debe renovarse

La metáfora de la patente puede conservarse si cambia de sentido. No sería una autorización concedida por un examinador, sino una obligación moral asumida por quien utiliza la inteligencia artificial. Y no sería permanente: debería renovarse frente a cada problema mediante actos concretos.

- Comprender la respuesta antes de utilizarla.

- Distinguir datos, interpretaciones, recomendaciones y decisiones.

- Reconocer qué se ignora y qué debe verificarse.

- Buscar una opinión contradictoria cuando el riesgo lo justifique.

- Considerar quién recibirá el beneficio y quién soportará el daño.

- Asumir que la responsabilidad final no puede delegarse en una máquina.

El derecho a usar inteligencia artificial debe ser amplio. La exigencia de discernimiento, en cambio, debe crecer con el poder de la decisión. No es lo mismo pedir una receta de cocina que indicar un tratamiento, dictar una sentencia, seleccionar personal, orientar a un alumno o diseñar una política pública. Cuanto mayor sea la posibilidad de afectar la vida de otros, mayores deberán ser la verificación, la deliberación y la responsabilidad institucional.

Esto también impide confiar exclusivamente en el discernimiento individual. En los ámbitos de alto riesgo se necesitan controles, discusión entre pares, transparencia, trazabilidad y posibilidad de revisión. Quien menos discierne puede ser precisamente quien menos advierta su carencia. Por eso, la responsabilidad personal debe estar acompañada por instituciones capaces de corregir errores sin convertirse ellas mismas en propietarias de la verdad.

El valor de la experiencia profesional

Hay una dimensión adicional que merece incorporarse a esta discusión: la inteligencia artificial puede modificar el significado profesional del envejecimiento. 

Durante décadas, muchas organizaciones han asociado la innovación con la juventud y el retiro con la pérdida inevitable de capacidad productiva. La IA permite revisar esa ecuación.

Un profesional con treinta, cuarenta o cincuenta años de actividad posee una memoria de situaciones reales que no puede obtenerse mediante un curso acelerado: ha conocido excepciones, errores, consecuencias inesperadas, cambios de criterio y problemas para los cuales el protocolo no alcanzaba.

Esa experiencia no garantiza buen discernimiento, porque la edad tampoco concede una patente. Pero puede constituir uno de sus sustratos más valiosos cuando permanece acompañada por actualización, curiosidad y capacidad de dudar.

En ese punto aparece una complementariedad particularmente fértil. La inteligencia artificial aporta velocidad, capacidad de búsqueda, memoria externa, comparación, síntesis y generación de alternativas. 

El profesional experimentado puede aportar contexto, reconocimiento de excepciones, memoria de consecuencias, prudencia y responsabilidad. Una parte de aquello que con los años puede hacerse más trabajoso —buscar bibliografía, ordenar documentación, resumir información, comparar antecedentes o redactar— puede ser asistida por la máquina. 

Lo que no debería delegarse es decidir qué pregunta importa, advertir cuándo una respuesta no encaja y asumir las consecuencias de la decisión.

Por eso, una organización que utilice inteligencia artificial solamente para sustituir trabajadores de mayor edad corre el riesgo de desperdiciar un capital difícil de reconstruir: la experiencia acumulada. Una alternativa más inteligente consiste en utilizar la tecnología para prolongar y potenciar esa experiencia. 

El profesional senior puede disminuir determinadas tareas repetitivas y aumentar su participación en supervisión, interpretación, docencia, detección de anomalías y decisiones complejas.

La combinación deseable no es simplemente “adulto mayor + inteligencia artificial”. Es experiencia + actualización + capacidad de dudar + inteligencia artificial + responsabilidad humana. La experiencia sin actualización puede volverse rigidez; la tecnología sin experiencia puede producir respuestas veloces pero descontextualizadas. La complementariedad aparece cuando cada una corrige las limitaciones de la otra.

Una formación responsable

Antes de valorar un curso de inteligencia artificial convendría preguntar si enseña solamente a obtener respuestas o también a examinarlas. Una formación responsable debería mostrar los errores, los sesgos y las falsas certezas de los modelos; diferenciar asistencia de delegación; respetar los límites de cada profesión; y explicar quién responde cuando una aplicación produce daño.

El alumno no debería salir convencido de que domina una inteligencia, sino consciente de que ha adquirido una herramienta poderosa cuya utilización exige más humildad. La competencia decisiva no consiste en formular la instrucción perfecta. Consiste en evitar que una respuesta bien redactada clausure nuestras propias preguntas.

La inteligencia artificial puede ampliar asociaciones y abrir caminos. El sentido, la selección y la responsabilidad deben permanecer en quien la utiliza. Nadie le dice al recién nacido cuáles serán sus límites para pensar: aprende preguntando, jugando, imitando, contradiciendo y conversando. 

La inteligencia artificial no debería convertirse en la voz que anuncie una frontera, sino en una interlocutora que ayude a ampliarla.

La patente de discernimiento expresa, en definitiva, una pregunta central de nuestro tiempo: qué capacidad permite reunir información, experiencia, emoción, contexto y responsabilidad para decidir sin obedecer ciegamente. 

La IA vuelve visible esa frontera porque puede producir respuestas extraordinarias sin vivir las consecuencias de ninguna de ellas. Todos tienen derecho a utilizar la inteligencia artificial, pero nadie tiene derecho a convertirla en coartada para eludir su responsabilidad.

Una oportunidad para empresas e instituciones

Esta perspectiva tiene consecuencias concretas para empresas, universidades, hospitales, estudios profesionales y organismos públicos. 

La incorporación de inteligencia artificial no debería diseñarse únicamente como un programa de automatización. 

También puede convertirse en una política de preservación del conocimiento institucional.

Los profesionales experimentados pueden desempeñar un papel central en la evaluación de respuestas generadas por IA, la transmisión de conocimiento tácito, la formación de equipos jóvenes, la identificación de situaciones excepcionales y la revisión de decisiones de alto impacto. Al mismo tiempo, necesitan capacitación tecnológica suficiente para no quedar excluidos de las nuevas herramientas.

Quizás, entonces, la pregunta sobre inteligencia artificial y envejecimiento esté planteada al revés. 

Nos preguntamos cuánto podrá reemplazar la IA al profesional que envejece, cuando también deberíamos preguntarnos cuántos años de capacidad intelectual y profesional puede devolverle o prolongarle la IA a una persona experimentada.

No se trata de jubilar el conocimiento cuando envejece quien lo porta, sino de darle una herramienta nueva para que continúe produciendo sentido.

Conclusión

La inteligencia artificial puede informar, comparar, sugerir y argumentar. También puede equivocarse con una elocuencia que invite a la obediencia. No debemos temer solamente que la máquina llegue a pensar por sí misma. 

Debemos atender también al riesgo de que el ser humano deje de hacerlo porque la máquina se expresa con seguridad.

La verdadera patente no certifica que alguien siempre tenga razón. Acredita algo más humilde: que conserva la conciencia de que puede equivocarse, la libertad de interrogar una respuesta y el deber de responder por la decisión final.

La IA puede producir una respuesta. La patente de discernimiento comienza cuando el ser humano se pregunta si debe obedecerla.

(*) Daniel Fainstein es médico con una vasta experiencia en la profesión y residencia en Bahía Blanca.

Nota. Este artículo fue elaborado a partir de un diálogo sostenido con una inteligencia artificial, denominada Daimon por el autor. Esa experiencia forma parte del proyecto intelectual que dio origen a Esfenoides.

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