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Una charla cálida y profunda: del botón rojo del Ruso Marini al casco que protege a Gorzelany en cada partido

El exrugbier de Sociedad Sportiva y la jugadora de hockey de Las Leonas compartieron sus experiencias de vida, más allá del deporte.

Fotos: Emmanuel Briane-La Nueva.

Una interesante iniciativa se llevó a cabo este jueves en el Cinemacenter del Bahía Blanca Plaza Shopping, donde Alejandro Marini y Agustina Gorzelany compartieron sus experiencias de vida en una charla denominada “Una noche donde todo se pone a prueba”.

Moderado por Paola Marco y gracias a la iniciativa de Francisco Burgos, el Ruso, exjugador de rugby de Sociedad Sportiva y Agus, jugadora de hockey e integrante del seleccionado nacional, Las Leonas, se pasearon durante dos horas entre anécdotas, sacrificios, perseverancia y una montaña rusa de emociones que el público valoró con reiterados aplausos.

El inicio fue con una introducción de Gorzelany, donde contó sus primeros pasos en el deporte, gracias a la herencia de su mamá, y la llegada al club San Martín e hizo un recuento de todo lo que debió portergar para ir en búsqueda de sus sueños. "Empezás a ver el seleccionado y pasa a ser un poco tu ideal, uno quiere llegar ahí. Fue un deseo desde chica", mencionó. 

También detalló cómo afrontó uno de los golpes más duros de su carrera, cuando en 2018 le tocó quedar afuera del plantel nacional que se preparaba para disputar la Copa del Mundo en Londres. "Me daba miedo pensar cómo podría ser Agustina fuera del seleccionado; y hay una vida, es normal, pero estaba acostumbrada a otra cosa", recordó y agradeció a su familia "porque siempre me acompañó y fue mi lugar seguro".

A medida que avanzó la noche, los protagonistas se fueron soltando y aparecieron anécdotas que —en la voz de la propia protagonista— nunca habían contado, como la época en la que la reciente campeona del mundo trabajó como instructora de manejo y se nutrió de una paciencia que luego volcaría en su actividad deportiva.

Gorzelany también contó la historia que la une con su papá, Alejandro —combatiente en 1982—, y las Malvinas. "Son esas casualidades de la vida, porque cuando me toca jugar mi primer mundial, con el sub 21, me dan la camiseta número 3 sin que yo la elija", comenzó.

"Pasó el tiempo, a mi papá lo contactó un inglés coleccionista de artículos militares que compró un casco en una subasta —continuó—. Ese casco tenía el nombre de mi papá. Lo contactó a través de Facebook y al año mi papá viajó a Inglaterra y se trajo el casco. Con el tiempo nos dimos cuenta que debajo de la funda tenía el número 3. Es un número que yo no elegí, pero que se volvió muy importante en mi vida".

Entre los asistentes se encontraba el también héroe y combatiente de Malvinas, Ricardo Jasson, y más personalidades destacadas como el exjugador de Los Pumas, Bernando Stortoni, o el entrenador y docente, Raúl Rivas.

Más tarde llegó el turno de Marini, que sin titubear y con el humor que lo caracteriza, amenizó el relato de aquella lesión que sufrió en 2001 y que le cambió la vida, cuando durante un partido de rugby de la divisional Sub 19, siendo segunda línea de Sociedad Sportiva, sufrió una lesión cervical. 

"Un amigo una vez me hizo una pregunta que nunca me habían hecho y que me gustó como disparador para hablar hoy. Y que fue: qué haría si tuviese un botón rojo que pudiera apretar y volver al día anterior al accidente", arrancó el Ruso.

"El 15 de julio de 2001 fui a jugar al rugby y me rompí el cuello, generándome una lesión medular. En ese momento te querés morir, no entendés bien qué está pasando pero sabés que es gravísimo por las caras y los comentarios", añadió.

Bajo un silencio amable y educado, la narración de ese momento, hasta responder si apretaría el botón o no, duró 19 minutos. "Se fue generando algo que no esperaba, se acercó mucha gente que hoy son hermanos de la vida... las actitudes de las personas y esa presión sana de mi entorno fue buenísima para tomar decisiones", continuó el Ruso.

"En 2012 conocí a Silvina [...] formamos una familia, luego vinieron Cata y Luca. Me tocó rodearme de un montón de gente que entendió todo, mucho más que yo. Mis condiciones mejoraron desde el día uno por el entorno, la familia y el deporte; esa es la clave: solo no hubiese sido lo que soy", cerró.

Entonces fue cuando respiró profundo y soltó: "De ninguna manera tocaría el botón rojo. No quiero perder la vida que tengo después de 2001".

Más tarde hubo tiempo para sorteos, preguntas del público y un cierre que invita a pensar que este tipo de eventos, con diálogos que escapan a la vorágine diaria, bien podrían tener más capítulos en nuestra ciudad.

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