“Una luchadora”: la mujer que convirtió una casa abandonada en su hogar y a Ferrowhite en su vida
Zulema Soria llegó hace 25 años, atravesó una historia de lucha y soledad y terminó convirtiéndose en una figura inseparable del museo, la usina y la Casa del Espía. Cuida el lugar, recibe visitantes y guarda anécdotas sorprendentes.
Subjefe de la Sección Deportes con especialización en temas deportivos. Más de 30 años comentando fútbol y otro tipo de actividades; además de haber realizado coberturas en todo el país con la incursión de los elencos bahienses en la elite del fútbol nacional. También coberturas del seleccionado Argentino en acontecimientos como Copa América y amistosos internacionales.
Cuando Zulema Soria llegó a Ingeniero White, en octubre de 2001, no imaginaba que aquel lugar se convertiría en su hogar durante los siguientes 25 años.
Tucumana de nacimiento, había vivido mucho tiempo en Buenos Aires y estaba acostumbrada a viajar de una ciudad a otra detrás del trabajo de su pareja, Alberto, vinculado a las grandes obras de construcción. Pero el final de una etapa laboral, la crisis económica de comienzos de siglo y una oportunidad inesperada cambiaron su destino.
Hoy, Zulema es mucho más que la cuidadora de Ferrowhite. Su vida está ligada a la antigua usina, al museo y a la Casa del Espía, tres espacios que conoce como pocos y sobre los que puede contar historias que no aparecen necesariamente en los libros.
Está allí para cuidar el predio, pero también para abrir el portón cuando llega alguien de lejos, orientar a los visitantes en horarios de visita y compartir recuerdos de un lugar que aprendió a querer a fuerza de vivirlo.
“¿Qué hago acá, en este lugar? El destino de uno”, resume, entre risas, con casi 70 años -lo cumplirá el 2 de noviembre- cuando le preguntan cómo terminó viviendo en ese rincón portuario.
Antes de instalarse en White, Zulema había trabajado durante siete años en la proveeduría de la Armada en Retiro, Buenos Aires. Se ocupaba de la venta de ropa, calzado y vestimenta para los marinos. Allí conoció a Alberto, el padre de su hija Sabrina, quien trabajaba en el puerto.
Más tarde llegó la posibilidad de incorporarse a Techint y la familia comenzó una vida itinerante. Catamarca, Tucumán y Neuquén fueron algunos de los destinos por los que pasaron siguiendo las obras de la empresa.
“Él iba primero, se acomodaba con la empresa, le daban la casa y después nos llamaba a nosotros. Yo viajaba con la nena, el perrito y las valijas”, recuerda.
La llegada a Bahía Blanca se produjo cuando Alberto fue convocado para trabajar en la construcción de Profertil. Sabrina tenía siete años y en los siguientes cuatro vivieron en casas provistas por la empresa, primero en Ingeniero White y luego en Villa Rosas.
Pero la crisis de 2001 cambió los planes. La posibilidad de continuar con otra obra en Neuquén se desvaneció y la familia quedó en Bahía sin el respaldo laboral que había tenido hasta entonces.
Los ahorros comenzaron a desaparecer entre el alquiler y los gastos cotidianos. Zulema, que hasta ese momento se había dedicado principalmente a su hija y a las tareas del hogar, entendió que necesitaba encontrar una salida.
“Yo tenía que empezar a trabajar. No se producía más nada acá en Bahía y él no entraba en ninguna obra”, cuenta.
"Me acerqué a la delegación municipal de Ingeniero White para preguntar si había alguna posibilidad laboral. Allí conocí a 'Tucho' Ursino, quien terminaría convirtiéndose en una persona fundamental", relata.
En aquel momento se estaban organizando trabajos de recuperación y limpieza en el predio de la antigua usina. Había que reparar veredas, ordenar los espacios verdes y poner en condiciones edificios que llevaban tiempo abandonados.
Ursino le ofreció trabajo a Alberto y, después de conversar con Zulema, encontró también una tarea para ella, que debía vigilar el ingreso y la salida de los trabajadores y controlar que no se llevaran materiales.
El lugar estaba muy deteriorado. Habían desaparecido elementos de valor y algunos sectores estaban destruidos; además, el robo de cobre era uno de los mayores problemas. La antigua usina necesitaba recuperar parte de su esplendor y, para eso, un grupo de trabajadores comenzó a intervenir en el predio.
La vivienda que finalmente le ofrecieron a Zulema tampoco estaba en condiciones.
“Había funcionado como una escuela vinculada a la usina y conservaba pizarrones, clavos y distintos objetos abandonados. Incluso había una enorme caja fuerte que, con el tiempo, terminó convertida en un ropero, cuando le retiramos la tapa (risas). Estaba todo sin hacerse. Sacamos todo lo que había y fuimos acomodando la casita de a poco”, relata Zulema.
En apenas dos meses, con el trabajo de los obreros, la casa tuvo luz, agua, cocina y una habitación para Sabrina. Así, madre e hija encontraron un lugar donde quedarse.
Era octubre de 2001. El museo todavía no existía y su creación llegaría en 2005.
Sola, con su hija y a cargo de un predio enorme
La vida volvió a poner a prueba a Zulema cuando su pareja decidió irse. Ella quedó sola con Sabrina, todavía chica, en un espacio amplio, alejado y sin las condiciones de seguridad que hoy se considerarían indispensables.
“La pasé mal en el sentido de estar sola con una criatura que era chica todavía y yo tenía que mantener todo esto”, revela conmovida al recordar aquellos años.
Ursino quiso buscarle otra vivienda, pero una casa que estaban acondicionando se inundó cuando subió la marea y, mientras evaluaban una alternativa, Zulema permaneció en el predio y empezó a asumir nuevas responsabilidades.
“Además de cuidar el jardín y regar las plantas, comencé a recibir las llaves de los vehículos municipales que quedaban guardados durante la noche. También controlaba las herramientas y los materiales que utilizaban los trabajadores. Por este lugar pasaban decenas de empleados durante el día. A la noche, cuando la delegación terminaba sus tareas, yo tenía que asegurarme de que todo quedara en orden”, señaló.
“Me decía el delgado: '¿Usted se anima?'. Y le contestaba: 'Sí, Tucho, ¿cómo no?'. Les agarraba las llaves a los muchachos y controlaba todo; jamás tuve un problema o un desplante", cuenta.
El predio ni siquiera estaba completamente cercado. Por allí circulaban vecinos que iban a pescar a la zona de la termoeléctrica y también había sectores por los que ingresaban personas sin autorización.
Sin embargo, Zulema dice que nunca sufrió una falta de respeto por parte de los trabajadores ni de los vecinos que frecuentaban el lugar.
“Nunca puedo decir que alguien me haya faltado el respeto. Al contrario, algunos pasaban y me preguntaban si necesitaba algo; la gente siempre se portó muy bien conmigo”, asegura.
Mientras tanto Sabrina, que creció en ese entorno, define a su madre con un par de palabras: “Luchadora; mi mamá fue siempre eso”.
“A veces digo: ¿de dónde saca toda esa fortaleza, esa paciencia? Para mí es un verdadero ejemplo a seguir”, expresa.
Si hay una persona a la que Zulema menciona con especial afecto es, precisamente, Roberto Ursino. No solamente por haberle dado una oportunidad laboral, sino por haberle abierto las puertas de una casa cuando más lo necesitaba.
“Él va a seguir siendo como un padre toda la vida”, dice, sin poder contener la emoción.
Aquel gesto fue mucho más que una solución habitacional. Le permitió quedarse en Bahía, sostener a su hija y construir una vida en un lugar que, por entonces, parecía una elección circunstancial.
Con el tiempo también trabajó en La Siempre Verde durante eventos, en tareas de cocina, limpieza y atención.
"Hay una frase que 'Tucho' pronunció delante de otras personas en uno de esos encuentros en La Siempre Verde y yo lo conservo como uno de los reconocimientos más importantes de su vida. Destacó mi fortaleza por haberme quedado en aquel predio, sin luz y sola con mi hija. Dijo que yo tenía unos ovarios tremendos. Y ahí sentí un reconcimiento por lo que hice afrontando sola todos los peligros posibles junto con mi nena”, remarca.
Una guía que aprendió escuchando
Cuando Ferrowhite comenzó a tomar forma, Zulema siguió vinculada al lugar. Con el paso de los años, el museo se convirtió en un espacio de encuentro con la historia ferroviaria y portuaria de Ingeniero White.
Ella fue aprendiendo de quienes trabajaban allí, entre ellos el arquitecto Reynaldo Merlino y Gustavo Monacci, a quienes reconoce como figuras centrales en los primeros años del proyecto.
Escuchó relatos, incorporó datos y empezó a compartir lo aprendido con quienes llegaban al predio. Hoy, cuando aparecen visitantes de otras ciudades o del extranjero, Zulema suele acompañarlos y contarles lo que conoce de la antigua usina, del castillo y de la Casa del Espía.
“Les cuento lo poco que aprendí. A través de la gente del museo fui conociendo la historia. Es una manera de sentirme bien, porque siempre respondo a lo que me preguntan”, subraya.
Le gusta especialmente recibir a quienes están de paso hacia el sur y no siempre conocen los horarios de visita.
"Si el portón cerrado, pero me doy cuenta que alguien llegó desde lejos, dalgo a atender. Incluso he permitido que algunos viajeros extranjeros acampen en el predio, para que puedan descansar antes de continuar su camino. No lo hago con la gente de Bahía porque ellos pueden venir en los horarios de visita. Pero, cuando es gente que está de paso trato de que se sientan cómodos”, subraya.
La Casa del Espía y los misterios de la usina
Entre todos los rincones del predio, hay uno que la atrapa especialmente y ese sitio es la Casa del Espía.
Según la historia que conoce y transmite a los visitantes, allí vivió un hombre de origen alemán que habría estado vinculado al espionaje nazi durante la Segunda Guerra Mundial. El relato también incluye a su familia y a una nieta que, muchos años después, aportó recuerdos y fotografías de aquella época.
“Es una historia que despierta especial interés entre los visitantes extranjeros, a quienes les explico cómo ese pasado quedó ligado a uno de los edificios más enigmáticos de Ingeniero White”, resume.
Pero la Casa del Espía no solamente la conecta con la historia. También alimenta una serie de episodios que, según asegura, todavía no logra explicar.
“Durante años, cuando los accesos al edificio estaban abiertos, hubo jóvenes que ingresaban sin autorización y provocaban destrozos. Algunos problemas tuve que afrontar para impedir el ingreso y en otros momentos pedí ayuda policial”, acota.
También habla de ruidos extraños, gritos y sonidos que escuchaba durante la noche, incluso cuando no parecía haber nadie en el interior.
“Hay cosas paranormales, sí hay. Hemos escuchado de todo, pero nunca nos asustamos lo suficiente para salir corriendo. Al principio uno se asusta y luego se da cuenta que es algo habitual, repasa.
Cuenta que, cuando Sabrina era chica, ambas llegaron a subir por las escaleras para buscar gatos que se habían perdido dentro de la enorme usina.
“Hemos escuchado maullidos y figuras que parecían desplazarse de un lugar a otro sin que pudiéramos encontrar al animal que buscábamos. ¿Miedo? No, pero nos movíamos con precaución. Siempre hemos dicho con mi hija: ‘Ya está, no es gente viva, no nos pueden hacer mal’”, relata.
"Una vez salimos desorientadas por un juego de muchas luces que se veían detrás del enorme árbol que da a la uisna. Eran de varios colores, y se movían an círculo que pintaban al árbol como si fuera un arbolito con luces de colores. Mis perros se acercaron ladrando y en un momento quedaron inmóviles. Cuando llegamos nosotros las luces salieron a una velocidad tremenda. Hasta logramos sacar una fotografía donde se refleja un poco de todo aquello", cuenta.
También recuerda una escena mucho más terrenal cuando vio a hinchas de Huracán trepados a la torre de la usina festejando un triunfo en el clásico ante Comercial.
“Arriesgaban su vida y yo estaba como loca pidiendo que se bajen. Llamé a la policía, no había forma de controlarlos. Me pusieron los pelos de punta”, asegura.
Hoy, los accesos a los sectores más comprometidos están cerrados y las obras limitan todavía más las posibilidades de ingresar.
"Prefiero pasar hambre para no ver sufrir a mis animalitos"
Zulema lleva 25 años en Ingeniero White. Antes había vivido durante un período similar en Buenos Aires, en el barrio de San Telmo, cerca de la Casa Rosada. Sin embargo, su relación con White fue creciendo con el tiempo, a través de las personas que conoció y de las experiencias que atravesó.
“Al principio no fue sencillo. Cuando Sabrina comenzó a asistir a la Escuela Primaria N°15 no podía integrarme con otras madres. Me sentía como una forastera, alguien que había llegado desde otro lugar y no encontraba su espacio. Con los años, esa sensación fue cambiando. El trabajo con los vecinos se hizo más ameno y hoy en el barrio me saludan y puedo buscar comida para mis mascotas si no tengo dinero porque sé que me fían”, dice.
“Tengo 15 gatos y dos perritos, que se llaman Negrita y Lily. Si tengo que resignar de mi comida para que ellos estén bien lo hago. Algunas veces que no me alcanza y prefiero pasar hambre pero no ver sufrir mis mascotas”, asevera.
“Al predio llegan siempre animalitos nuevos, porque los abandonan. Ellos también son parte de mi vida”, puntualiza.
Sabrina, en cambio, admite que le gusta White, pero todavía se siente un poco ajena y se imagina su futuro en otro lugar.
Zulema deja de hablar y permanece allí, pegada al portón de salida. Su rutina de atender a quienes llegan y cuidar del predio concluye, aunque su historia sigue mezclándose con la del lugar. Es una historia de trabajo, soledad, afecto y resistencia que empezó casi por casualidad.
"Nunca nadie me dijo que no. Y eso lo valoro mucho”, esboza con una sonrisa y los ojos brillosos, llenos de agradecimiento.