Bahía Blanca | Sabado, 20 de abril

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Llega "Animales de compañía", lo nuevo de Sonia Budassi

El libro de cuentos, editado ahora por Entropía, ganó el año pasado el Concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes.

La autora bahiense Sonia Budassi lanzó un nuevo libro

   El libro Animales de compañía, de la escritora bahiense Sonia Budassi, es una de las novedades de diciembre de la editorial Entropía.

   Estos cuentos obtuvieron el año pasado el primer premio del Concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes, en su categoría, tras ser elegida por el jurado compuesto por Agustina Bazterrica, Mariana Travacio y Gustavo Nielsen.

 

   “Cada uno de los cuentos de este libro son universos en sí mismos, los leemos y no necesitamos más porque una vez que ingresamos al cuento, ya no queremos salir, tenemos todo lo que necesitamos ahí, tenemos la magia, aunque suene cursi la palabra. Porque ¿no les parece mágico que estos símbolos artificiales que son las palabras se transformen en nuestras mentes en algo que tiene vida? Pero claro, no siempre sucede que un libro logre que seamos parte de una realidad nueva, de una melodía nunca antes oída. Pero cuando pasa, como en el caso de este libro es asombroso, ah…yo agradezco la magia", escribió Bazterrica sobre Animales de compañía.

   La autora de la exitosa novela Cadáver exquisito (Alfaguara, 2017) comentó además que “la presencia de lo animal nos recuerda que la existencia consiste en lo inesperado, lo brutal de las identidades fragmentadas, aquello que nos sacude con impiedad y tristeza, con la herida y el dolor y también con la alegría y mordacidad. Y mientras leemos sabemos que esa es la mejor forma para que la llaga cicatrice, porque Sonia lo resuelve con la belleza de la escritura certera. Es como la cauterización: quema pero cura. Por eso no nos extraña que, a pesar de haber sido marcados, incinerados por dentro, al terminar Animales de compañía el sentimiento sea de felicidad. Es el efecto que depara un hallazgo literario”.

   Por su parte, en la contratapa del libro, Pablo Katchadjian dice que "las voces que narran los distintos cuentos de este libro no son simpáticas ¿Desde dónde hablan los personajes? ¿Por qué ven el mundo así? En el primer cuento, por ejemplo, la narradora dice: 'Envidio que todo sea colorido, rico y fértil, no como cerca de mi ciudad: marrón seco e improductivo'".

   "En el último casi parece haber una redención: 'Algo pasa, esta mañana, por primera vez, una chispa de bienestar' —continuó Katchadjian—. Pero esa chispa enseguida se apaga. Y, sin embargo, las voces no son antipáticas, porque también hablan de sí mismas igual que del resto de las cosas y porque esa forma de hablar les permite decir algo (sobre sí mismas, sobre lo que las rodea) que de otro modo se escaparía".

   "'¿Qué tiene de malo comer en un shopping?', pregunta una. '¿Los consejos son peores que el desconcierto?', pregunta otra. Al que dice 'esta noche fue perfecta' se le pregunta: '¿por qué?'. A otro que dice 'así es la vida' se le pregunta: '¿cómo es?'. Todos están fuera de lugar, o más bien en ese lugar intermedio entre que nada tenga sentido y que todo lo tenga en exceso. El resultado es un nihilismo despechado que, de tan excesivo, por momentos se invierte y se vuelve cómico. O casi cómico: la idea no es traer consuelo", cerró.

   En tanto, Margarita García Robayo comentó que "pareciera que a la autora no le diera pudor su inteligencia. Que escribiera como quien sabe que eso que está consignando en el papel es buenísimo y va a ser capaz de tocar a otro, y no lo atenúa. Son historias super singulares, que, al menos a mí, no se me parecen a otras”.

   “Hay temas de fondo latiendo (la orfandad, en un sentido más amplio que el de carecer de padres, personajes desamparados que circulan por un mundo vastísimo –sea Buenos Aires o Shanghái– en el que, sin embargo, se empeñan en buscarse), hay estéticas recurrentes (un campo seco pampeano acompaña a la autora siempre), un lenguaje muy elegido y curado, una sintaxis elaborada y elegante (insisto: impúdico en su virtuosismo)”, dijo la autora colombiana.

Fragmento

   Este es un fragmento del cuento Salvar el mundo, que forma parte del libro y fue difundido por la editorial.

Mi obsesión por los animales viene desde la infancia. Pasaba horas en un café habitado por fauna de peluche, ese de la zona más arbolada de mi ciudad; mientras iba hacia ahí, caminando con mi madre de la mano imaginaba monos inquietos sobre los árboles frágiles de Shanghái.

Una vez adentro recorría cada mesa mientras ella, lejana, pendiente de sus aparatos, tomaba su café descafeinado. Desde su computadora manejaba la ganadería, “nuestro capital” lo llamaba cuando hablaba con mi tía; para mí eran pobres vacas atrapadas en corrales que me miraban a los ojos profundo y directo; sus pestañas curvas me acompañaban más que las de los dibujos animados de Minnie Mouse en mi celular.

En ese bar temático, con mi vestido preferido –capas de rosado tul; bordadas a mano las pequeñas flores de finos tallos, musculosa de raso blanco y un moño en la vincha prendida a la cabeza– nunca me sentía sola. Ella se ubicaba junto a la ventana, donde pudiera verme, yo iba y venía, cada tanto permanecía frente al orangután o junto al leopardo de patas estiradas sobre la mesa, todos de tamaño natural. No me gustaba el tucán, demasiados colores apelmazados como caramelos surtidos en un frasco al sol. (Pero cuando en Australia conocí uno, me encantó).

Jugaba a convidarle bizcocho a la jirafa; ella, de pie, inclinaba la cabeza como en esos dibujos donde dinosaurios herbívoros estiran su extensísimo cuello como gorda víbora hacia el suelo para beber de un charco, o lo enarbolan, en elegante alarde de precisión, para alcanzar una fruta de la rama más alta. Y a lo largo de las horas tomaba mi té, mi frapuccino o mi leche de soja con cada uno de los animales del bar; sintéticas pieles peludas y madera en armoniosa convivencia estética.

Mi madre tipeaba eterna junto al vidrio casi siempre borroso por la lluvia mientras yo, cada tanto, movía algún peluche pequeño, a escala real, y se lo llevaba. Ella sonreía; quizá pensaba en esperar el fin de la tormenta para irnos. “Las cosas repetidas se estancan, se vuelven algo fijo”, sentenció una vez mi coach de la organización. Me recriminaba no ir tan a fondo con algunas misiones institucionales específicas: separar a ciertos animales de sus dueños o armar campañas contra la tenencia de caballos. Pero a mí su idea del hábito como inmovilidad me recordaba, en cambio, a ese logro de mi temprana edad: tomar como natural la frase “no puedo atenderte ahora” si iba hasta la mesa de mi madre demasiado seguido: un aprendizaje vital.

Existía una medida de tiempo para acaparar su atención plena. Lo disfrutaba, como a los también calculados recreos escolares: cinco a diez minutos por hora cátedra. En definitiva, gran parte de la infancia se trata de eso: mensurar la disponibilidad del otro y, en consecuencia, aprender a ser rechazada. Un adiestramiento sobre los modos en que corresponde buscar compañía y los que implican una invasión. Los animales sí estuvieron conmigo siempre. Vendrá de ahí mi vocación ecologista. Me queda claro que mandaron a Wei, ese falso chino, porque algo de mi trabajo como Directora Regional no los conformaba. Se obsesionaron con la supuesta autonomía de las otras sedes, según leí entre líneas en el último instructivo. Y en una teleconferencia dijeron que mi formación en Ecología de la Producción debía adaptarse al nuevo enfoque de la ONG y a “la coyuntura”.

Sobre la autora

   Sonia Budassi nació en Bahía Blanca en 1978. Es escritora, editora, docente y periodista cultural. Publicó los libros de ficción Periodismo, Acto de fe y Los domingos son para dormir y de no ficción La frontera imposible: Israel-Palestina, Apache. En busca de Carlos Tevez y Mujeres de Dios. Formó parte de antologías en Argentina, España, México, Francia y Estados Unidos. Es la editora de la revista de Cultura de elDiarioAR; antes de Anfibia, Ñ y del sello de narrativa Tamarisco. Colabora con distintos medios y es docente de escritura creativa, crónica y crítica cultural.