La costa, ese espacio tan cerca y tan lejos

Bahía Blanca, la ciudad costera que busca resolver su divorcio con el mar

17/10/2021 | 06:30 |

Pese a su condición de centro urbano marítimo, hace décadas que afronta el dilema de no “ver” ni “sentir” el mar. Hoy renueva con proyectos ese desafío.

Fotos Emmanuel Briane y Archivo - La Nueva.

Audionota: Guillermo Crisafulli

Adrián Luciani
aluciani@lanueva.com

   Difícilmente haya en el país otra ciudad como Bahía Blanca, tan cercana y al mismo tiempo, tan alejada del mar.

   Apenas 50 cuadras separan, en línea recta, la plaza Rivadavia de la costa. Sin embargo, para muchos bahienses, esos cinco kilómetros representan un viaje eterno hacia lo desconocido.

   Podría pensarse que esos dos mundos vivieron siempre separados, pero en realidad nacieron juntos y lograron algunos momentos de buena convivencia, pero muy por debajo de lo que podría esperarse para una ciudad marítima. 

  Sus inicios fueron comunes y simultáneos porque cuando Estomba estableció el fuerte, muchos de los materiales empleados para su construcción habían llegado antes hasta la zona del flamante Puerto de la Esperanza o Puerto Viejo, en el sector donde desemboca el arroyo Napostá.

   Aunque recorrer los 8,5 kilómetros en línea recta que separaban a la Fortaleza Protectora Argentina del desembarcadero por entonces significaba una eternidad, la población necesitaba estrechamente del apoyo logístico que provenía del mar, con la periódica aparición de embarcaciones.

   La costa, tan inhóspita como inhospitalaria, con el paso del tiempo terminó resumida a los puertos de Ingeniero White, Galván y Cuatreros, pero fueron esos muelles lo que mantuvieron viva la convivencia con el estuario a partir del siglo XX.

   Con la exportación de granos como bandera, más otras labores como la pesca o el transporte ferroviario, también demandantes de mucha mano de obra, los puertos locales sustentaron el crecimiento de la ciudad y la costa comenzó a ser usada como sitio de esparcimiento cuando el calor arreciaba.

   Bahía Blanca supo tener al menos una docena de sitios de recreación a orillas del mar. Algunos fueron proyectados y desarrollados como el balneario privado Colón (donde la avenida de ese nombre termina en el mar) o el municipal Maldonado, pero también hubo otros improvisados como el balneario La Usina o La Alcantarilla.

   Un caso especial es el de la última playa bahiense, es decir, el sector costero entre Galván e Ingeniero White que los meses de verano supo congregar multitudes.

   “La playita” como también fue conocido el balneario Galván, nació y murió por una obra de dragado, ya que surgió hacia fines de la década del ’20, en una zona dominada por cangrejales, gracias a la acumulación de arena y conchilla extraída durante al menos dos campañas de profundización realizadas en el canal principal.

   A partir de 1929 la población empezó a hacer uso de la improvisada playa y con el paso del tiempo, como consecuencia de su éxito, los sucesivos gobiernos municipales comenzaron a dotarla de algunos servicios y comodidades.

   La poca inversión estatal y la falta de servicios no impidieron que en algunas jornadas pico se congregaran allí hasta 10 mil bañistas, muchos de ellos llegados en el famoso “Tren de la Marea”.

   El final del balneario fue decidido a 700 kilómetros de distancia de Bahía Blanca, cuando se resolvió que los sedimentos obtenidos durante una nueva campaña de dragado, en febrero de 1976, fueran vertidos en ese sector. 

   El golpe de gracia se produjo en 1989 al completarse el dragado a 45 pies,  obra que dio origen a Puerto Cangrejales y luego al asentamiento de formidables inversiones industriales.

   Si bien suele atribuirse mayormente a este hecho el divorcio que existe entre la ciudad y su mar más próximo, repasando documentos de hace medio siglo puede advertirse que esta falencia local existía anteriormente y ya entonces era motivo de preocupación.

   Por ejemplo, hace 50 años, el Plan de Desarrollo realizado por el gobierno municipal, aludía al tema como un serio problema.

   “Bahía Blanca es una ciudad marítima que sin embargo no “siente” ni “ve” al mar”, señaló el trabajo, para luego consignar una serie de recomendaciones sobre el uso ordenado de la costa.

   Un atisbo de remediar la falta de espacios públicos costeros se produjo durante la administración municipal de Víctor Puente con el Frente Marítimo y su parque Almirante Brown.

   Con el paso de los años la falta de zonas costeras atractivas, (apenas el balneario Maldonado y algunos clubes privados), más el avance de los medios de transporte, hizo que los bahienses miraran cada vez más a las playas de la región (Monte Hermoso y Pehuen Co) a la hora de buscar el mar.

   Otro elemento de peso se produjo tras el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, en 2001, cuando se dispuso, a raíz de imposiciones del comercio internacional, vedar el acceso del público a numerosos sectores portuarios.

   Pero no todos fueron retrocesos. En el afán de recuperar lo perdido debe mencionarse la primera etapa del Frente Costero – Paseo del Humedal, concretada con fondos provinciales, a instancias de la administración municipal de Cristian Breitenstein, en 2011.

   Luego vendría el Paseo Portuario y el Balcón al Mar en el puerto de Ingeniero White, una muy buena idea que hoy sigue dando frutos, y más cerca en el tiempo la recuperación del bulevar Guido, entre otras obras.

   Ahora se abre un abanico de nuevas alternativas también lanzadas por el Consorcio de Gestión del Puerto y que esperan una pronta concreción para acercar a los bahienses al mar.

   En tal sentido se destaca el inminente inicio de las obras en la banquina de pescadores, o Puerto Piojo, en Ingeniero White, donde se continuará el Paseo Portuario y se recuperará un sector emblemático para los vecinos.

   Otra obra muy importante que encarará el Consorcio de Gestión es la recuperación del centenario muelle de los Elevadores de Chapa, donde se construirá una confitería y miradores, en estrecha vinculación con El Castillo de la ex usina San Martín.

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   Para esto se realizó un concurso de ideas a nivel nacional y el proyecto ganador será licitado en diciembre próximo.

   También la administración portuaria encabezada por Federico Susbielles iniciará la construcción de un centro de observación de aves y sala de interpretación en el sector del muelle de Cuatreros, junto con ampliación y mejora de la Estación de Rescate de Fauna Marina Guillermo “Indio” Fidalgo, ubicada en Galván.

   Allí se construirá un centro de interpretación y una confitería con un mirador para poder disfrutar de algunas vistas de ese puerto, hoy vedado al público.

   Y aunque constituye un objetivo difícil, pero no por ello imposible, el Municipio y el Consorcio de Gestión podrían encarar una nueva etapa del Frente Costero, sector que hoy recibe numerosos visitantes y amantes de la pesca.

   La idea es apuntar a una obra de ese tipo, dando continuidad al trabajo en conjunto iniciado con la avenida Dasso, en Ingeniero White, y de hecho un equipo de arquitectos trabajó para el Puerto en un paseo costero en ese lugar.

   En definitiva, nuevos intentos que buscan revertir un estigma que sigue doliendo y que priva a la ciudad de descubrir y disfrutar de la formidable belleza de su estuario.

   Ciudad y Puerto ante el gran desafío del desarrollo regional

   Por Luis Caporossi
   Arquitecto

   En 1970 el Conade impulsó planes para la reformulación de los vínculos ciudad- puerto en el contexto de los cambios logísticos y productivos iniciados en los 60. 

   En Rosario se planteó el traslado de las áreas portuarias para liberar frente urbano al rio y en Bahía Blanca la reestructuración de las trazas ferroviarias para liberar a la ciudad de tránsitos de carga y al puerto de ineficaces interferencias. 

   Hoy 50 años después, hace tiempo que Rosario recupero su costanera mientras aquí hemos congelado en un presente continuo a los grandes espacios logísticos disponibles. Región Ciudad y Puerto fueron, en el siglo XIX, interrelacionados por enormes infraestructuras conectivas adecuadas para servir a la tercera gran pradera fotosintética en el octavo país en orden de tamaño. 

   Ahora, en el siglo XXI, las huellas de ese soporte continúan siendo la clave para el desarrollo. Este no es posible sin imágenes convocantes de futuro socialmente compartidas que conecten con las metas de largo plazo. 

   Su ausencia solo dilapida los esfuerzos en erráticas y dispersas iniciativas. Tampoco es posible sin que las soluciones a las urgencias y demandas del presente constituyan pasos que conecten progresivamente con las metas finales.  

   El recurso inapreciable con que contamos es que la red, que desde el origen integro región puerto ciudad, no solo existe, sino que es sistémica. En primer lugar, es un corredor público y continuo que enhebra todas las escalas portuarias urbanas y rurales. 

   El ferrocarril es solo un componente más del flujo conectivo multimodal que transita en su interior.  

   Conectar con un paseo verde Puerto y Ciudad, generar recorridos inter barriales con los equipamientos públicos deportivos culturales y recreativos de escala regional, ofrecer al mercado inmobiliario desarrollos sobre las parcelas frentistas a los vacíos logísticos, facilitar una conectividad multimodal entre puerto, ciudad y región todos estos emprendimientos son un solo problema y no un conjunto disperso de demandas. 

   Son los vacíos ferroviarios que rodean la ciudad y conectan directamente con el puerto el gran espacio a escala donde se juega el desafío del necesario y urgente desarrollo del SO de la provincia.

   Un paraíso para quienes aman la naturaleza en su estado más puro y natural
   

   Por Oscar Liberman   
   Navegante, comodoro Club Náutico Bahía Blanca

   Latitud 39º 11´sur, registró Magallanes en su bitácora, en  1520 estableciendo con notable precisión el acceso a la bahía que sería  más adelante la Bahía Blanca. Después varó en los bajos de las islas Zuraita y regresó a mar abierto por la Bahía Falsa.

   A partir de ese episodio, a los largo de dos siglos,  diferentes expediciones navegaron la zona. Con el tiempo, la necesidad de establecer un poblado y un puerto motivó misiones por tierra y mar. 

   Posiblemente debido a los enormes  costos de las misiones marítimas para movilizar poca gente, y también por la distancia a la zona identificada como puerto natural (Puerto Rosales hoy), Bahía Blanca terminó fundándose como un fuerte a una distancia considerable del mar. 

   Este hecho fue determinante para el futuro de la relación entre habitantes y territorio. Así como la dinámica del centro de la ciudad aún sigue influenciada por su origen de fortín, la dinámica poblacional se desarrolló “de espaldas al mar”.

   Es cierto que el tipo de terreno anegadizo de los cangrejales no hace tan fácil el acceso como en zonas de playas de arena. 

   De todas formas existen siempre alternativas para llegar al mar. El desarrollo industrial portuario fue desplazando de a poco la mayoría de los accesos posibles. 

   Afortunadamente, en los últimos tiempos existe una determinación política para revertir esta situación. 

   ¿Qué podemos encontrar en las islas y canales de nuestro estuario? El choque del paisaje marino con el monte pampeano y las costas de humedales resolviendo el encuentro. Naturaleza sin pasteurizar en el estado más puro, tal cual fue en sus orígenes. Islotes e islas pobladas de gansos, garzas, gaviotas, ostreros, flamencos, cormoranes, jotes, chimangos conectadas por canales en los que resulta común ver delfines, franciscanas, lobos marinos nadando en pequeños arroyuelos de agua salada.

   Hoy, las embarcaciones de turismo permiten  conocer el estuario, y quienes quieren navegarlo cotidianamente pueden hacerlo desde los clubes.

   Para aquellos que amamos la naturaleza en su estado más puro y natural, nuestra “ría” se convierte en el paraíso diario.

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