Cuando escribir libera

5/5/2019 | 06:30 |

Por
Guillermina Rizzo

   ¡Querido Diario!

   ¡Sí! Podría comenzar la columna con esa aseveración cariñosa, pues quiero este espacio y aprecio a cada uno/a de los/as lectores/as, pero en realidad esa frase acuñada hace siglos y empleada por millones de personas, remite a una necesidad humana de expresar hechos cotidianos, expresar sentimientos y vivencias que seguramente dejaron marcas indelebles.

   Sucesos que fueron perpetuados, vivencias que se tornaron imposibles de ser compartidos con un/a interlocutor/a generoso/a y reflexiones íntimas, fueron manuscritas en un “diario”, seguramente guardado “bajo siete llaves”.

   El diario personal, secreto, íntimo, era simplemente unas cuantas hojas en blanco y bastó una pluma, lápiz o lapicera para que las vivencias y emociones pasaran a ser traducidas en palabras.

   Desde el estremecedor Diario de Ana Frank hasta el “más actual” de Bridget Jones, son un reflejo de lo que le acontece a la persona; muchos se han publicado tras la muerte de quien los escribió convirtiéndose en verdaderas joyas de la literatura.

   ¿Escribir puede ser una terapia sanadora y liberadora? ¿Las redes sociales desplazaron a “ese diario” íntimo?

   No se requiere de creatividad o gran inventiva, menos aún de ciertos recursos estilísticos para lanzarse a la tarea; no es necesario tener la maestría de escribir novelas o historias, solo es necesario tener la valentía de bucear en las propias emociones para comenzar a desenredar esa madeja que todos/as poseemos.

   En tiempos de crisis, en los que entre los gastos a recortar la lista incluye “al terapeuta”, escribir deriva en beneficios psicológicos. Según el psicólogo James Pennebaker, escribir es terapéutico, es una forma de empezar a recorrer las complejidades de nuestro mundo interior.

   Seguramente te estarás debatiendo entre escribir o no escribir, en acortar el camino y continuar con la escritura en redes sociales, tarea que se caracteriza por lo “espasmódico” y compartido por todos/as tus seguidores; pero esta escritura es diferente.

   ¿Por dónde empezar? ¿Cómo hacerlo?

   La sugerencia, más allá de todo lo que ofrece la tecnología, como tabletas, celulares o la computadora, es hacerlo “a la antigua”, con “papel y lápiz”, pues de esta manera se ponen en juego ciertos procesos cognitivos que se traducen en beneficios.

   Preguntas tales como ¿qué sentimientos experimento? ¿es rabia o ira? ¿cuándo se inicia este problema? ¿quién contribuye a que el problema perdure? ¿cuál es mi responsabilidad? ¿por qué me siento así? ¿cuáles son las soluciones intentadas? ¿cuántas son las alternativas? ¿qué puedo hacer para sentirme mejor? son interrogantes que habilitan el proceso de escritura.

   Escribir además de catarsis, es una forma de visualizar obstáculos y también soluciones, es una forma de traducir en palabras emociones que nos doblegan, enojos que nos sumergen en la impotencia y de ponerle nombre a aquello que también nos eleva.

   No importa la ortografía ni la “linda letra”, sin reglas ni obligaciones, la escritura se convierte en un momento de encuentro con uno/mismo/a y deviene en liberación.

 

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