Saber o no saber: ¿esa es la cuestión?

12/5/2019 | 06:30 |

Por
Guillermina Rizzo

   En los últimos meses, días, el tema es recurrente. Convertido en “cantaleta” voces repican una serie de temas: alimentos, precios cuidados, congelados, aumentados; tarifas, tarifazos; dólar, tasas; sueldos que no alcanzan, que se diluyen; puestos de trabajan que peligran y también que se extinguen; inflación y estanflación.

   Dolorosa letanía que “se reza” en las casas, en los bares, en oficinas y comercios, en “el bondi” y en la fila para pagar y también refinanciar.

   La otra “cantaleta” y también dolorosa letanía que se reza en los mismos lugares es: “ya no miro televisión”, “decidí no escuchar más las noticias”, “prefiero no enterarme”; la “cantaleta de la grieta” también alcanza y divide entre quienes siguen precios y entre quienes prefieren no saber.

   ¿Desconocer nos preserva? ¿El deseo de saber trastorna? ¿Hasta dónde la negación nos resguarda?

   Se le debe a Freud y a su Teoría Psicoanalítica la formulación de los “Mecanismos de defensa”. Uno de ellos es “la negación”, operación por el cual la persona intenta protegerse de la realidad que le resulta desagradable o dolorosa, negándola.

   Como todos los mecanismos de defensa, tal proceso ocurre de manera inconsciente; así se anulan informaciones que resultan irritantes, molestas, penosas, amargas, puesto que “desconociendo” se niega de cierta forma lo que acontece y la realidad no debe ser afrontada.

   Lenguaje, actos, acciones y pensamientos son vías por medio de las cuales la negación se manifiesta; el deseo de desconocer no es simplemente ignorar cuanto acontece a nuestro alrededor, sino que es una forma de preservarse de ese “tsunami” que sacude nuestra existencia.

   Cuando un trabajo peligra o se pierde, cuando el dinero no alcanza, cuando hasta hábitos alimenticios deben ser reformulados y poco lugar queda para el esparcimiento y el ocio, las bases sobre las que nos constituimos se tambalean, la imagen de quienes somos se desmorona, y nuestro lugar dentro de un entramado se resquebraja.

   Así como saber todo lo que acontece en “tiempo real” trastorna, aumenta la ansiedad y genera estrés, no saber preserva de la inestabilidad, hace más soportable lo insoportable y evita la exposición directa al “colapso emocional”.

   Una de mis frases de cabecera es “lo que no se aborda volverá una y otra vez en forma de síntoma, de conflicto”, por eso si bien la negación tapa, cubre, emparcha y hasta maquilla, jamás elimina el problema.

   Desconocer, negar, es la forma de resistir a un cambio, máxime cuando este es necesario; resistirse a asumir que hay un problema que directa o indirectamente nos ataña y debemos afrontar, no solo agravan la situación sino que cada vez el abordaje será más lejano e inaccesible.

   No admitir, no querer saber, desconocer, sin dudas permitirá mantener un equilibrio momentáneo; derogar lo que nos incomoda solo permite recorrer “trechos cortos”, en el momento menos pensado la realidad cachetea.

   Solo se puede cambiar aquello que se conoce, de lo contrario estamos condenados/as como la avestruz que esconde la cabeza, estamos condenados/as como la avestruz que corre pero no vuela.

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