A un año de su muerte, así era Matías Streitenberger

1/1/2019 | 07:00 |

Fotos: Facebook y lanueva.com / Videos: Sol Azcárate / Edición: Mauro Decker Díaz

Por Sofía Frugoni / sfrugoni@lanueva.com

 

   Seis globos negros y amarillos decoran una de las paredes, la misma sobre la que se apoya la cabecera de una cama con un banderín de Olimpo. Arriba de ella hay una remera y una campera que dice "Egresados 2018" que nunca llegó a usarse. También hay un buzo: el último que se puso Matías Streitenberger.

   Todo está igual desde hace un año. La mochila de la escuela quedó apoyada en el escritorio de la computadora. El teclado está igual, el mouse también.

   Su mamá Marcela Morini conserva la habitación así desde la madrugada del 1 de enero de 2018, cuando su hijo de 18 años murió atropellado al cruzar la autopista Raúl Alfonsín.

   Lo mató Galo Ochoa, un hombre de 41 años que conducía su Subaru Impreza borracho a 120 kilómetros por hora, el doble de lo permitido en esa zona.

   —Mati era muy sencillo, sensible y alegre. Eso lo ayudó en su lucha —recuerda Marcela.

   Matías nació con hipoacusia, un trastorno sensorial que dificulta la capacidad de escuchar, hablar y comunicarse. Sufrió mucha discriminación y le costó años poder hacerle frente.

   Cuando pudieron detectar el trastorno, a sus 7 meses, comenzaron los largos viajes hasta Buenos Aires para realizarle estudios y poder implantarle un equipo que lo ayude a escuchar y comunicarse con los demás.

   A los 2 años arrancó el jardín y no sabía hablar. Marcela destaca a las profesoras que lo acompañaron ese año en el 904, sobre todo a la de Música: al terminar ese primer ciclo Matías ya podía cantar.

   Tras terminar el jardín y tener una primaria normal en el colegio Don Bosco, a Matías le llegó la adolescencia y la secundaria le pegó fuerte.

   Se sentía un número más. Llegó a descomponerse por las mañanas cuando tenía que ir a clases y tuvo que abandonar esa escuela del centro bahiense.  

   Se cambió a la Escuela 10 del barrio Patagonia. Ahí volvió a ganar confianza en sí mismo y hacerse grandes amigos.

   —No había manera de que Matías no te cayera bien —asegura su amigo de toda la vida, Martín Santecchia.

   —Cuando empecé en la [escuela] 10, no conocía a nadie y mi primer amigo fue Matías —recuerda Ignacio Torres.

   —Matías nos enseñó que no importa lo material, que los humanos simplemente no podemos vivir sin afecto —agrega su mamá.

   Edgardo Streitenberger, su papá, se acuesta y se levanta pensando en él. Aún conserva los audios que su hijo le mandó por Whatsapp. Los escucha cada tanto y lo ayudan a recordarlo con felicidad.


Edgardo Streitenberger y Marcela Morini

   —Mati con 3 cosas se arreglaba, era muy cariñoso. Nuestra vida ya no es la misma —cuenta Edgardo y recuerda esa sonrisa de cuando lo llevó a la Bombonera a ver a Olimpo ante Boca.

   Además del fútbol a Matías le gustaban los midgets. Todos los viernes iba junto a su tío Rafael Morini y su hermano mayor Agustín.

   —Ir a los midgets era sagrado. Recuerdo desde el primer viernes hasta el último —dice Agustín.


Agustín, Rafael y Matías

   Rafael piensa siempre en una de sus últimas conversaciones con él, la cual “pinta a Matías tal y como era”. Fue en vísperas de Navidad, días antes de que la vida de la familia cambiara totalmente.

   —Le pregunté sobre el alcohol y me dijo que no tomaba porque lo descomponía, le pregunté si fumaba y me dijo que el tabaco no le gustaba y que la marihuana te pone tonto y él quería ser él —cuenta.

   Aquel Año Nuevo, Rafael no lo pasó junto a su familia y viajó a Pehuen Có. Aún recuerda el último mensaje que le mandó a Matías ese 31 de diciembre: “Cabeza, cuidate”.

   Todos saben que nada les va a devolver a Matías, pero quieren que se haga justicia para que él pueda descansar en paz.

   La causa fue elevada a juicio como homicidio culposo, pero la carátula cambió a dolo eventual, es decir que para la Fiscalía y la querella Ochoa sabía del riesgo de manejar borracho y la posibilidad de matar a alguien.

   Hace dos semanas, el abogado defensor pidió la excarcelación, pero la Justicia negó el pedido y ahora buscan fijar la fecha de juicio.


Galo Ochoa

   La familia de Matías espera perpetua, pero lamentan que el asesino estará libre dentro de unos años.

   Los consuela pensar que Matías está en un lugar mejor, tranquilo y feliz, junto a su abuela Chiche que falleció hace poco más de 4 años.

   El 2017 fue su año: logró sacar el carnet de conductor, viajó por primera vez solo a Monte Hermoso para la primavera y se tatuó el nombre de su mamá en el brazo izquierdo.

   —Me dijo que me quería llevar para siempre con él y se tatuó mi nombre. Fue un gesto de amor enorme —recuerda Marcela.

   Ahora Marcela, Rafael y Agustín lo llevan en la piel a Matías con el símbolo de infinito, el nombre de un lado y una estrella del otro.  

   Gabriela Morini, tía de Matías, aún piensa en el particular cariño que su sobrino y ahijado tenía por su hermana.

   —Tenían locura el uno por el otro, él vivía abrazado a su mamá y diciéndole cuánto la quería —cuenta.

   Para Gabriela, Matías era un ser de luz. Donde estaba él, había alegría y seguridad de pasar un buen rato.

   Meses después de la muerte de su sobrino, Gabriela tuvo dos situaciones particulares mientras regaba en el patio de su casa.

   —Le pedí que me dé una señal, que me diga que está bien y se me apareció un colibrí. Sentí mucha alegría —detalla.

   De hecho, Marcela colgó un llamador de colibríes en su patio para sentir a su hijo cerca.

   Los amigos de Matías fueron varias veces a la casa de Marcela tras la muerte de él y se sorprendieron con la visita del ave. Por eso, en el mural del colegio, pintaron uno para representarlo.

   Junto al colibrí pintado, agregaron la frase “mirar al cielo y sonreír”, que también aparece en la remera que hoy está sobre la cama de Matías y que tiene una foto suya impresa.

   Marcela menciona esa frase, pero aún le cuesta cumplirla.

   —Todavía miro al cielo y me largo llorar, estoy esperando el día en que pueda sonreír —dice.

   Debido a la cantidad de viajes que Matías tuvo que hacer junto a sus padres por su hipoacusia, pudo descubrir cuál era su mayor deseo: ser chofer de colectivo.

   En su sencillez, entraba el amor por los colectivos. No le gustaba andar en auto ni pedir un taxi. Para él era más simple: caminar o tomar un micro.

   —Se conocía a todos los colectiveros que pasaban por el barrio, le fascinaba ese trabajo —cuenta su mamá.

   Matías ya había sacado el carnet para el auto y en el 2018 le esperaba el que le permitiera cumplir su sueño de empezar a recorrer las rutas de Argentina.

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