Tres historias, un deseo

Los que adoptan chicos grandes y los que aún esperan

10/9/2017 | 08:00 | Horacio y Alejandra adoptaron un nene de 8 años. Osvaldo y Laura, uno de 11. Y Leonardo y Carolina aún están en la lista: son padres biológicos y quieren ampliar la familia.

Foto: Emmanuel Briane- La Nueva.

Por Belén Uriarte / buriarte@lanueva.com

      Sol Azcárate / sazcarate@lanueva.com

   Horacio Díaz y Alejandra Cerolini se conocieron en 1995 y en 2006 se anotaron en el registro de adopción: querían formar una familia y no podían tener hijos biológicos.

   Después de 5 años los llamaron del Juzgado: el nene tenía 8 años, uno más del límite de edad que ellos habían asentado en el registro, pero igual aceptaron. Y todo fue muy rápido: lo conocieron un lunes y el viernes se fue a vivir con ellos.

   —El primer día estaba muy serio, muy observador. ¿Un helado?, no. ¿Un alfajor?, no. No quería nada —recuerda Alejandra.

   Con el tiempo se acostumbró. Pero la adaptación no fue fácil.

   —Hay que convivir con su pasado, no borrárselo. Hay que trabajar muchísimo con eso y no preguntar, ellos cuentan solos —dice Horacio.

   —Los chicos no están preparados. Tienen la fantasía de que van a volver con su familia de origen. Nosotros le explicamos [a nuestro hijo] que adoptar es que el juez te elija una familia para siempre y que pensó que nosotros éramos la familia que él necesita —agrega Alejandra.

   —¿Y ustedes tenían algún miedo o fantasía?

   —Sí, la inseguridad de no saber cómo va a reaccionar si se encuentra con algún vínculo de su familia de origen. Pero se trabaja —asegura Horacio.

***

   Uno de los problemas que encontraron en el proceso de adopción son los tiempos de vinculación: dicen que a veces es demasiado rápida y los chicos no están preparados, aunque entienden que faltan recursos para atender la problemática.

   El nene llegó a sus vidas después de estar casi 2 años en un hogar y cuentan que la institución deja marcas imborrables.

   —Es un dolor muy grande que a alguien lo vengan a buscar un fin de semana y otro se quede, que nadie lo visite. No hay quien te cuente un cuento por la noche o quien te salude cuando te vas a dormir —asegura Alejandra.

   En la institución es todo de todos y no hay sentido de pertenencia. Por eso, cuando el nene llegó a sus vidas todo parecía sorprenderle, como elegir el adorno de la torta de su cumpleaños o salir al centro y elegir la ropa que le gusta.

   Y ellos también se sorprendieron: cuando lo llevaron a la escuela, él se encargó de contarles a sus compañeritos y a la maestra que tenía una nueva familia.

   —Se sentó en un paredoncito afuera de la escuela y miraba a los chicos. “Él es mi papá”, les decía cuando pasaban —recuerda Horacio.

***

   Para Horacio y Alejandra ser papás es todo un desafío. Un trabajo constante: enseñar hábitos y valores, y aprender a respetar los tiempos.

   —Los niños mayores pueden ir sanando sus heridas, con tiempos distintos a los que pretendemos. Hay que estar abierto al diálogo y saber escuchar —dice Alejandra.

Mirá el informe completo de La Nueva.

   Su hijo hoy tiene 14 años. Se para frente al espejo y se afeita, va a una reunión y no entiende los caprichos de los más chicos, se sienta en la mesa con sus papás y opina.

   Opina y enseña.

   —El otro día hablábamos de distintas situaciones y Horacio dice “nos tendríamos que ir a otro país”. Entonces mi hijo dice “no, no tenemos que ir a otro país porque [lo que pasa] depende de las personas, no del país” —recuerda Alejandra con lágrimas en los ojos.

   Son lágrimas de emoción, de mirar para atrás y saber que valió la pena, de levantar la cabeza con orgullo y decirles a otros padres que se puede.

   —Hay que informarse y no quedarse con el ideal: los niños mayores de 4 o 5 años también tienen derecho a tener una familia. No nos quedemos los adultos con el “yo quiero”, tenemos que dejar de ser egoístas y abrirnos.

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   Leonardo Moretti y Carolina Frusto están casados desde hace 22 años, tienen una hija biológica de 20 y, después de perder 2 embarazos, decidieron adoptar para agrandar la familia.

   El año pasado, después de más de 6 meses de terapia, se anotaron en el registro y este año hicieron algunas modificaciones.

   —Empezamos desde recién nacidos hasta 3 años, con opción de un hermano hasta 5. Y hace poquito agrandamos hasta 8 y 10 años, con opción a un segundo hermano. Nos vemos más grandes y un poco más preparados también —cuenta Carolina.

   Su hija María del Rosario, que tiene síndrome de Williams, también participó de la decisión: ella quiere un hermano, aunque reconoce que es un poco celosa y le cuesta compartir.

   Carolina y Leonardo cuentan que ser padres no fue fácil y dicen que es importante no idealizar las situaciones, porque a veces las cosas no llegan como uno las espera.

   —No es bueno idealizar. Es aceptar a la persona tal cual es. Idealizar, nada. Ansiedades tampoco. El día que nos llamen [desde el Juzgado] veremos qué sucede —dice Carolina.

   Leonardo cuenta que una de las mejores cosas de la paternidad es el aprendizaje.

   —Todos los hijos vienen a enseñar. Primero y principalmente, te enseñan a tener paciencia: un hijo te cambia la rutina, los horarios. Tal vez no dormís de noche, vivís cansado, pero lo lindo de todo eso es la alegría de saber que lo vas a amar y te va a amar.

   —Hay que animarse —dice Carolina—. A los papás que no pudieron ser padres biológicos les diría que se den la oportunidad de formar una familia de corazón. Que no se pierdan la oportunidad de conocer chicos, de ser padres, porque es lindo amén de las piedritas y cosas que hay en el camino.

***

   Osvaldo Meloni y su exmujer Laura, que falleció hace 4 años, adoptaron a Juan en 1980.

   Lo conocieron en el Patronato de la Infancia, donde Laura era parte de la comisión y ambos colaboraban con distintas actividades.

   —Los chicos estaban en esa institución hasta los 11, 12 años, y luego pasaban a un instituto de menores, con una estructura mucho más dura —explica Osvaldo.

   En aquel momento Juan tenía 11 y el instituto aparecía como única alternativa. Pero un recuerdo lo cambió todo.

   En una revisión, Laura y Osvaldo vieron el legajo de Juan y recordaron su última salida al circo.

   Seis meses atrás Juan había llegado del colegio con una entrada en la mano y sin alguien que lo acompañe. Laura se ofreció como compañera y Osvaldo se sumó al plan. Fueron los tres y la felicidad fue completa.

   Laura no pudo pasar el legajo y seguir con su vida. Miró a su marido y se entendieron: Juan sería su hijo.

   Lo pensaron y así fue. Después de los trámites, empezó la adaptación: fue a la escuela, hizo nuevos amigos y siguió vinculándose con sus hermanos, que fueron adoptados por otras familias.

   Osvaldo reconoce que al principio Juan se relacionaba más con Laura y que su vínculo se fue fortaleciendo con los años. Pero siempre tuvo una convicción.

   —Esto te lo pone Dios en el camino, hay signos que hay que escuchar. Cuando uno desea mucho las cosas, las tiene que pedir y van a salir.

   Hoy Juan tiene 49 años y vive en Sudáfrica: se fue a los 20 detrás de un amor y tiempo después encontró otro con el que tuvo tres hijas.

   —Las nenas no hablan español, pero dicen “abuelito” —cuenta Osvaldo, que por suerte maneja muy bien el inglés.

   Después hace una pausa y se para. Camina y agarra un portarretrato que está apoyado en uno de los muebles de su oficina. Señala la foto de sus tres nietas y la toma en sus manos. Después muestra las de Juan. Los extraña, pero se siente feliz: su hijo es “un padrazo” y sabe que pronto viajará para verlos, como cada año.

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