Mi amigo rockero

19/3/2016 | 13:54 | Por Ezequiel Franzino

Foto: Sebastián Cortés-La Nueva.

   La mayoría lo conoce por su banda. Otros, por sus peculiares andanzas en la adolescencia. Centenares de bahienses se tatúan fragmentos de sus canciones o tapas de sus discos. Ignacio Bollo (Boyo), además de ser el frontman de Luceros El Ojo Daltónico, es un ícono del rock local. Es cierto, no soy de los que lleva alguna marca en la piel de sus composiciones, pero tengo tatuados en mi corazón infinidad de momentos compartidos con él. Fue mi mejor amigo en la infancia. Este personaje que ahora descubre la ciudad, no es ninguna novedad para quien escribe estas líneas.

   Mi amigo está quemado desde que tiene 7 años. Y no me refiero al efecto que el sol provoca sobre la piel; de hecho lo odia y baja a la playa después de las siete de la tarde. Tampoco hago alusión a las secuelas que dejan las drogas duras, aunque se haya dado con todo lo que tuvo a su alcance, sino a un conjunto de comportamientos que lo convierten en un outsider. Ya de chico era el más rockero del mundo. Y eso que ni cantaba.

   En tercer grado parecía un veinteañero que completaba la secundaria en un colegio nocturno. No encajaba. Mientras nosotros, sus compañeros de grado, desenfundábamos carpetas con inscripciones de equipos de fútbol o personajes de Disney, él asistía a clase sin mochila, con una lapicera Bic y una carpeta negra con recortes de imágenes de Kiss. Su rebeldía generaba en mí pura fascinación.

   La alimentación de este personaje era todo un tema. Más flaco que Spinetta, los padres no sabían qué hacer para embucharlo. No le gustaba nada y solía dar vueltas con cada plato que se le servía. Recuerdo un día en que Jorge, su papá, había preparado milanesas: como a él le gustaban las de pechuga y esas eran de muslo, estalló de ira. El episodio acabó con la vajilla en el suelo, griterío con los padres y posterior encierro en su cuarto. Pobres los padres: no había manera de domar a la fiera.

   Cuando tenía 10 años, junto a otros compañeros de la primaria usurpó un terreno y fundó el SPV. Sexo y Pucho en el Baldío era un espacio de insurrección, incluso de las reglas ortográficas. Se juntaban a ver revistas pornográficas, a grafitear con aerosol algunas paredes y a fumar cigarrillos que generalmente compraban los mellizos Centeno.

   Para seguir en ascenso en lo desafiante ante el mundo, a los 11 se dejó el pelo largo. Para los padres de algunos compañeros empezaba a perfilarse como potencial amenaza para el crecimiento de sus hijos. La madre de Izaguirre mucho no lo quería. Las madres de nuestras compañeras menos todavía. Temían que embarazara a sus hijitas y era lógico: traía un ritmo arrasador. Por el contrario, a mi viejo le caía muy en gracia. Lejos de preocuparse por los supuestos peligros a los que podía exponerme, le gustaba que este irreverente me enseñara a patear la calle. Pasábamos todo el tiempo juntos y era imposible no avivarse junto a él.

   Cuando entramos a séptimo grado sus padres ya sabían que fumaba. Así como después de la cena yo me iba a la cama de mis viejos a ver los dibujitos animados, él se dirigía al living de su casa y encendía un Parliament para esuchar La búsqueda del sol. Yo quería ser como él, pero no paraba de dar pasos en falso. Un día mi papá cortaba el pasto y le pedí que dejara de hacerlo para hablar de un tema importante. Intenté sincerarme y comentarle que yo también fumaba. Bastó que me mostrase los colmillos – como hace aún hoy cada vez que se enoja— para que yo interrumpiera el gesto con un contundente “¡Ya lo dejé!”. No quería ligarla.

   Boyo sí que la ligó. De esa no me olvido, porque en algún punto fue culpa mía. En el garaje de su casa de Monte, devenido en habitación, yo roncaba como un serrucho y mi amigo se alteró de tal manera que desde arriba de una cucheta empezó a pegarme con una caña de pescar. Serían las 5 de la mañana. Su mamá entró al garaje y empezó a sopapearlo de manera contundente. Mi amigo acabó durmiendo afuera en una reposera y yo seguí roncando en la cucheta.

   Llegó la era de “transar” y ahí sí que no dormía. Todas las nenas caían en sus garras. Las chicas malas y chetas de La Inmaculada o del Ciclo Básico morían al verlo llegar mamado a las tertulias que arrancaban a las nueve de la noche y terminaban a las doce. En esas fiestas se quedaba “copeteando” con amigos afuera y, a la hora de los lentos, ya sobre el final, hacía su entrada gloriosa y tambaleante a los gimnasios. Apenas le bastaban un par de vueltas para elegir a la más linda y concretar un rato de besuqueo desenfrenado.

   Después de las tertulias nos íbamos a dormir a su casa o, en su defecto, a la mía. Manu, su hermano, un tipo entrañable que nos enseñó de escritores célebres, nos pasaba a buscar en un Fitito celeste por la puerta de los colegios. En su casa nos quedábamos tomando mate y escuchando la música que en FM Palihue pasaban en directo desde el boliche Toovak's. Mientras sonaban los temas bolicheros, él hacía crónicas de una matineé que ya conocía desde hacía rato y que a mí todavía no me daban permiso para ir. Yo era una máquina de aprender: me enseñaba a combinar pilchas, a comportarme en los lugares y a hablarle a las chicas.

   Hubo un momento, ya no recuerdo si a los 15 o 16, en que la momia se pudrió del todo y nos dejamos de ver. Juntos habíamos arrancado el secundario en el Don Bosco. Nuestros padres pretendían que la disciplina ejercida por los curas nos bañase para convertirnos en buenos samaritanos. Conmigo en algún punto lo lograron: nuevos amigos —chicos bien—, nuevos hábitos, nueva vida. Con él fue perder el tiempo. Ahí le perdí el rastro.

   Nos volvimos a encontrar mucho tiempo después; casi diez años más tarde. Ahí me enteré que conformó la mejor banda de rock que Bahía Blanca jamás pudo imaginar tener. Sus canciones me emocionaron tanto como el hecho de ver que incontables personas, reunidas en el playón de la Universidad Nacional del Sur, seguían de memoria las trabajadas letras de este poeta endemoniado. No pude evitar que se me cayeran algunas lágrimas cuando lo vi compartir escenario con "Palo" Pandolfo, nuestro ídolo de la adolescencia. Escucharlo cantar canciones de Los Visitantes fue volver a los 15, a los veranos compartidos en Monte; la felicidad plena.

   Hoy, que ya tenemos 32 años, Boyo está esperando que la industria lo arrastre al estrellato. Mientras tanto, se comporta como tal. Es un rockero de ley. Su historia lo avala.

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