Informe especial

#SaludMental: Daniel y Rubén, de caer a la lona a la pelea diaria por volver a ser

17/10/2016 | 07:00 | Dejaron atrás el encierro del exneuropsiquiátrico, pero no se liberaron del estigma.

Taller de radio en el Hospital de Día del Penna (Fotos: Emmanuel Briane-La Nueva.)

Belén Uriarte / buriarte@lanueva.com
Matías Mugione / mmugione@lanueva.com
Maximiliano Buss / mbuss@lanueva.com

   “Hay momentos de la vida que te juegan una mala pasada y es cuando recibís lo que en forma literaria se dice ‘un golpe de Muhammad Ali’. Te golpean y te caés”.

   Para Daniel esa es la mejor definición de su padecimiento mental, aquel que lo llevó a estar dos veces internado en el exneuropsiquiátrico bahiense. Cuenta que la primera estuvo 15 días y la segunda, dos meses y medio. Terrible, cerrado y feo, así recuerda aquel lugar que lo separó del mundo exterior.

   "Me gustaría que la sociedad sea capaz de ver que la persona no está tan discapacitada como parece y que puede trabajar".

    Para Rubén esa es la consecuencia más dura del padecimiento mental. La falta de trabajo lo acompaña desde que sufrió la primera internación. Él también cuenta que pasó dos veces por el exneuropsiquiátrico y hay momentos que no olvida, como la agresión de una enfermera a una paciente.

   Hoy Daniel tiene 46 años y Rubén 58. Uno es técnico electromecánico y el otro, técnico electrónico. Los dos asisten desde hace más de 10 años al Hospital de Día (Necochea 871), un lugar que pertenece al Penna y trabaja por la inclusión social de los pacientes psiquiátricos.

   Desde sus internaciones, el desempleo se hizo moneda corriente en sus vidas. Pero Daniel se muestra optimista y vuelve a la metáfora del boxeador: "Acá lo importante no es si te caés y quedás tirado en el piso, lo importante es cómo te levantás".

   ¿Y cómo se levantan? La medicación y el tratamiento son solamente la mano que los pone de pie, pero para mantenerse parados necesitan ser incluidos en la sociedad, teniendo un lugar donde vivir, grupos de ayuda, actividades extras y, sobre todo, trabajo. De esto habla la Ley Nacional de Salud Mental, que llegó en 2010. 

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   Marcela Arzuaga, jefa del Hospital de Día, explica que de acuerdo a la Ley y a convenciones internacionales previas, "la persona con padecimiento mental tiene derecho a recibir atención viviendo en sociedad".

    —Muchos van solos al Hospital de Día, toman un colectivo, viajan a Mar del Plata a presentar producciones artísticas... Ellos responden como cualquier sujeto cuando se les construye subjetividad; es decir, cuando no se los aliena ni se los descarta —dice la mujer, que también es docente en la Universidad Nacional del Sur.

   Arzuaga asegura que "hoy hay prácticas que tienden a generar espacios de inclusión en Bahía" y que son "críticos al manicomio, a la internación prolongada, a la falta de políticas públicas para que se incluyan a la sociedad".

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   Una de las consecuencias más graves del padecimiento mental es, en la mayoría de los casos, el cambio o la ruptura de los lazos afectivos. Rubén se separó de su mujer y estuvo más de 10 años sin ver a sus hijos. “Hoy tengo una buena relación con ellos, me quieren por lo que soy”, reconoce.

   La historia de Daniel es diferente: no tuvo hijos y aún vive con su mamá.

   Tanto Daniel como Rubén cobran una pensión: uno la tiene por Pami y la otra fue tramitada por el poder judicial -3.800 pesos en el último caso-. Pero no están satisfechos: los dos sueñan con un lugar como Trieste.

   Trieste es una ciudad del norte de Italia, ubicada a orillas del mar Adriático. Allá se trabaja desde hace tiempo con los criterios que establece la Ley de Salud Mental: internaciones breves y como última alternativa, trabajo interdisciplinario y la posibilidad de que el paciente rehabilitado consiga un trabajo de acuerdo a sus capacidades.

   —Esa es la principal diferencia entre países de primer mundo y los de tercer mundo: ellos pueden, nosotros no. Y nosotros queremos trabajo porque el trabajo dignifica —asegura Daniel.

   —La gente discrimina. Te dice ‘vos estás enfermo, no podés trabajar’ —agrega Rubén.

   Sin embargo, ambos reconocen que en el Hospital de Día hay personas muy capaces, incluso muchos profesionales. Y destierran por completo la idea de que el enfermo mental es violento en sí mismo: "Acá ninguna persona se peleó con otra".

   —Ese es un prejuicio: la peligrosidad. Con la Ley se habla de riesgo, pero no tiene nada que ver con que vengan y me maten. La inseguridad hoy no pasa por la locura. Uno tiene que desarmar un poquito ese discurso —dice Arzuaga.

   De acuerdo a los datos suministrados por el juez de ejecución penal, Claudio Brun, en Bahía Blanca solo 7 personas con padecimiento mental están actualmente condenadas por algún delito: una se encuentra en nuestra ciudad y las otras 6 en La Plata. 

En contra

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   Este año varios medios de comunicación se hicieron eco de una noticia que lamentó todo el Hospital de Día y varios profesionales ligados a la Salud Mental.

   “El gobierno de Mauricio Macri, a través del Ministerio de Salud de la Nación, derogó una resolución por la que se establecía que antes del 10 de septiembre de este año debía fijarse el ‘límite máximo de camas’ con la finalidad de reducir las internaciones en los hospitales monovalentes y psiquiátricos públicos y privados, comúnmente llamados manicomios”, publicó Página 12 hace dos meses atrás.

   El Ministerio de Salud, en tanto, argumentó la decisión diciendo: “El porcentaje máximo de camas disponibles para la internación por salud mental implica un acto discriminatorio, limitando el acceso efectivo de los pacientes con patologías de salud mental a un máximo estipulado sin fundamentación”.

   Sin embargo, esta derogación no es lo único que cayó mal en la institución de Necochea al 800: hace tres años se demolió un taller en el Hospital Borda y hubo enfrentamientos entre policías y médicos y pacientes que se oponían a la destrucción.

    —Yo a [Mauricio] Macri no lo quiero —asegura Daniel.

   —¿Por?

   —Quiso construir un centro cívico en El Borda, mandó policías y tiró todos los talleres con topadoras. Y para una persona esquizofrénica, por ejemplo, un taller es todo.

   Para Daniel y Rubén también lo son. Van a los talleres de radio y revista porque les gusta estar al tanto de lo que pasa y opinar. Y gracias a ese espacio conocieron gente “valiosa”.

   —Acá tenemos un mural. Lo pintó un chico que se llamaba Pablo y falleció hace un tiempo. Él hacía un programa de radio y decía cosas extraordinarias. Vivió a su forma y rompió todas las reglas, incluso usaba zapatillas de dos colores para innovar —recuerda Daniel y se ríe.

  —Hay muchas cosas preestablecidas. ¿Quién está verdaderamente loco? —se pregunta Rubén ante la mirada cómplice de su compañero. 

   Rubén y Daniel no paran de hablar. Saben de política y de economía. A Daniel le gusta el fútbol y por eso lleva una campera de Boca. Rubén es más de la religión y cuenta que en la segunda internación le diagnosticaron delirio místico.

   Pero todo eso quedó atrás. Hoy solo continúan con la medicación y el seguimiento profesional. Se muestran como cualquier otra persona: hablan sin dificultad y de lo que se sea, hacen chistes y se ríen, leen el diario y se informan.

   Y también tienen sus mañas: cuando el reloj marca las 12, Daniel no se sienta a comer con Rubén y el resto de sus compañeros, sino que se prepara para volver a su casa. “Esta comida es de hospital, no está condimentada”, remata y se va.

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