BAJO ESTOS MISMOS CIELOS

La sangrienta jornada del 16 de junio de 1955

7/6/2015 | 00:07 | Por Ricardo de Titto / Especial para “La Nueva.”

Matar a Perón, el objetivo del ataque contra la Casa Rosada, se frustró. Las bombas impactaron sobre los civiles.

La celebración de Corpus Christi, el sábado 11 de junio de 1955, convoca a una multitud –cerca de cien mil personas– y la procesión se convierte en una manifestación antigubernamental. El segundo gobierno de Juan Perón atraviesa horas críticas: ha cambiado su rumbo respecto de las primeras épocas de bonanza e intenta negociar un status quo con Estados Unidos. Pero es tarde ya: se han acumulado enconos sociales muy difíciles de superar y las grandes empresas multinacionales dudan de invertir en la Argentina. Desconfían del líder: su discurso, su estilo y, desde ya, muchas de sus medidas políticas y económicas, sigue generando escozor.

Aunque desautorizada por el gobierno, la Iglesia desafía al poder político y se lanza a las calles, amparada bajo la bandera vaticana, al grito de “Perón, Perón, ¡muera!”. La catedral, desbordante, escucha las palabras del obispo auxiliar Manuel Tato que evoca a “los clérigos que actuaron junto a los Hombres de Mayo en 1810, y los que firmaron el acta de nuestra Independencia”. Una nutrida marcha se encolumna hacia el Congreso y por primera vez en muchos años desafía resueltamente al régimen: activistas de Acción Católica izan dos banderas, la argentina y la papal, en los mástiles laterales del edificio parlamentario.

Los diarios del día siguiente informan que la concentración culminó con el izamiento de una bandera extranjera y, en palabras del ministerio del Interior, “la quema de una bandera argentina”, un incidente fraguado por la policía. "Democracia" titula en mayúsculas “Traición”: “Grupos clericales conducidos por curas de sotana agraviaron a Evita, vociferaron contra la CGT y la UES (Unión de Estudiantes Secundarios). Balearon a "Democracia" y "La Prensa”.

Se ordenan más de 300 detenciones, en particular de dirigentes católicos, como Mariano Grondona, Alberto Peralta Ramos, Eduardo Bunge, Felipe Yofre, Marcelo Sánchez Sorondo, Eduardo Rosendo Fraga, Santiago de Estrada y Carlos Burundarena. También se dicta el encierro de varios párrocos como Emilio Ogñenovich y Antonio Trivissano. El 14 de junio la CGT realiza un paro general de respaldo al presidente y un decreto del Poder Ejecutivo --por la quema de la bandera-- exonera del presupuesto nacional a dos monseñores, Manuel Tato y Ramón Novoa, quienes en la mañana del 15 son deportados a Roma.

Comunistas y radicales hacen oír su voz contra el gobierno. Los primeros convocan a “luchar unidos por la libertad de los curas democráticos”, la UCR expresa su “solidaridad con los católicos perseguidos”. Las diferencias entre los católicos liberales --más cercanos al general Aramburu y la Marina-- y los nacionalistas --núcleo de confianza del general Lonardi-- se atenúan. Y el gobierno contraataca: anula la enseñanza religiosa, suprime ciertos privilegios impositivos, aprueba la ley de divorcio y da pasos hacia la convocatoria de una Asamblea Constituyente para “separar la Iglesia y el Estado”.

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Perón siempre fue madrugador. Aquella mañana del 16 de junio entra a la Casa Rosada a las 6.20. A primera hora recibe a los embajadores de Estados Unidos y de Canadá y sostiene una cordial reunión, se lo ve “dicharachero. A eso de las 9, el ministro Lucero le informa que la Marina se ha sublevado, pero que sus apoyos en el Ejército son mínimos. Cerca del mediodía, a la vez que el gobierno ordena reprimir, comienzan los bombardeos en la zona céntrica; Alain Rouquié hace una detallada crónica: “El 16 de junio, la Marina, apoyada por algunos aparatos de la Fuerza Aérea, lanzó un ataque suicida contra la Casa Rosada destinado a liquidar físicamente al presidente. […] Tras descargar muchas bombas sobre la muchedumbre, los pilotos, ajustando el tiro, alcanzaron la Casa Rosada. Mientras tanto, la Infantería de Marina avanzaba desde el edificio del Ministerio sobre la Casa de Gobierno […].

“El secretario general de la CGT llamó por radio a los trabajadores a defender la República. Con poca fortuna fijó como punto de concentración la sede central obrera, próxima al Ministerio de Ejército y uno de los objetivos de los rebeldes. Varios camiones oficiales llenos de militantes peronistas bajaban por la Avenida de Mayo hacia el lugar de reunión, cuando se produjo un segundo ataque aéreo. Se trataba esta vez de los Gloster Meteor de la Fuerza Aérea. Lanzaron sus bombas sin demasiada puntería y ametrallaron en picada a los curiosos, a los manifestantes que habían salido de sus refugios y a los camiones de la CGT. Mientras tropas leales recuperaban el control de los aeropuertos de Ezeiza y Morón, grupos de civiles marchaban sobre el Ministerio de Marina. El ministro Olivieri, que, al tanto de todo, había dejado hacer en un primer momento, retomó su puesto y se puso al frente de los rebeldes: la Marina solo se rindió al Ejército regular. Entretanto, los sublevados se defendían parapetados tras los muros del Ministerio causando grandes pérdidas en las filas de los manifestantes cegetistas. Finalmente, un poco antes de las 6 de la tarde, se rindieron. El jefe de la Infantería de Marina, el vicealmirante Benjamín Gargiulo, se suicidó en su despacho. El ministro de Marina y el jefe del Estado Mayor, contralmirante Samuel Toranzo Calderón, fueron apresados y sometidos a un proceso judicial acelerado”.

Contradiciendo expresas órdenes de Perón y mientras en las radios se lee un comunicado oficial que llama a la calma, la CGT convoca a movilizarse. Entretanto, se inician las tareas de recolección de cadáveres (entre 200 y 400, según los reportes) y la atención de cerca de mil heridos. Rouquié hace su balance: “Las cosas hablan llegado al límite. El golpe no había tenido nada de los clásicos pronunciamientos, de los paseos militares pacíficos y declamatorios, sino que había presentado las características sangrientas y odiosas de la guerra civil: los rebeldes deben haber estado cegados por el odio para haber ametrallado a civiles indefensos en la Plaza de Mayo y haberse ensañado con grupos de curiosos tomados por partidarios del tirano. Oficialmente se habló de 300 muertos y de un centenar de heridos. Algunos testimonios habían de mil y hasta dos mil muertos enterrados a hurtadillas en la Chacarita”.

Perón se dirige a la población y pide moderación: “Para no ser criminales como ellos, les pido que estén tranquilos: que cada uno vaya a su casa”. Pero sus palabras no logran efecto: los manifestantes atacan, incendian y saquean la Curia metropolitana y las iglesias de Santo Domingo, la capilla de San Roque del convento de San Francisco, las iglesias de La Piedad y San Nicolás de Bari, el templo de San Ignacio; hechos similares se producen en otras tres iglesias ante la pasividad policial. Los bomberos reciben una orden: no deben preocuparse mayormente por la extinción del incendio y “evitar solo la propagación del fuego a las casas vecinas”.

En los días inmediatos, en la provincia de Buenos Aires son detenidos cerca de mil sacerdotes. La CGT dispone la realización de un nuevo paro general.

Un hecho con muy pocos antecedentes en el mundo, que una fuerza aérea bombardee a la población civil del propio país, se había consumado. No podía ser ese un hecho “pasajero”, que no dejara heridas y cicatrices. Con mucha sangre derramada de argentinos, la cuenta regresiva del gobierno, en efecto, ya había comenzado…

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