Desmitificar, una tarea que nos involucra a todos

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Desmitificar, una tarea que nos involucra a todos

14/5/2015 | 00:10 | Escribe Tomás Loewy

Desmitificar, una tarea que nos involucra a todos. Notas y comentarios. La Nueva. Bahía Blanca

La sociedad civil puede y debe llegar a ser un protagonista decisivo de su presente y su futuro. Liberarse o desembarazarse del cúmulo de mitos instalados en las últimas décadas, a partir de los años 70, bien puede contribuir a ese noble propósito. Cualquier lista será incompleta o eventualmente sesgada por la impronta de quien las expone. El riesgo de error, empero, no es justificativo para silenciar el tema. Hasta el presente, ningún estamento del poder se arroga la facultad de blanquear este flagelo cultural, probablemente porque ellos son parte del problema.

El primer mito a destruir consiste en neutralizar las supuestas bondades del pensamiento binario y las dicotomías, generalmente falsas o las antinomias, habitualmente inconducentes. Es cierto que el conflicto existe, en términos de clases o estrato sociales y toda la gama de inequidades, intra e intergeneracionales. Pero no menos cierto es que su abordaje proactivo no puede prescindir de la complejidad y lo sistémico como herramientas de superación. El atajo lineal y reduccionista se retroalimenta con una educación de baja calidad y la primacía de valores individualistas y sectoriales.

Una primera lista tentativa de ficciones a revertir podría incluir las siguientes

1.-Sobrevaloración del acto eleccionario: a menudo se confunde este acto con la democracia, cuando en realidad es apenas una condición necesaria y nunca suficiente. El poder de las tecnologías de información y comunicación (TIC) y la disparidad de medios para ejercerlos (no solo por los oficialismos) hace de las elecciones el eslabón más débil de las democracias de la región. De esta forma el fraude más consistente, encuestas incluidas, precede al acto propiamente dicho.

2. Intangibilidad de la institución “democracia”. Sin cuestionar el valor democracia, hay que decir que, según Democracy Index (2013), solo un 15 % de países disfrutan “democracias plenas” oscilando -el resto- bajo distintos grados de formalidad, legitimidad o autoritarismo. No sería ocioso, por lo tanto, como se hace con la economía y la política, revisar críticamente sus presupuestos vitales y prestaciones.

3.- Potestad del producto bruto interno (PBI) como indicador de progreso: no hay falacia más burda que calificar el status de naciones por el supuesto “ingreso per cápita”. Sabido es que el PBI no contempla la degradación ambiental y desigualdad social, entre otras cosas, que provoca el crecimiento económico capitalista. La aberración conceptual se potencia al ignorar las consecuencias globales de tal criterio.

4.- El capitalismo como modelo económico excluyente: eso se instaló, por default, luego de la caída del muro de Berlín en 1989. Los indicadores sociales, ambientales y económicos, empero, no sustentan el mito. El poscapitalismo aparece, hasta aquí, no ya como una aspiración sino como una elección de supervivencia. "Otro mundo posible" no es una utopía, solo que bajo este modelo no tiene prensa.

5.- La capacidad de gestión como valor superlativo. Este es un subproducto del neoliberalismo instalado en las últimas décadas del siglo XX. Forma parte de la campaña para desprestigiar el valor de la política como herramienta de progreso, incluyendo lo ambiental y social, además de lo económico. Sin subestimar la competencia de gestión, nunca se la puede concebir como un fin en sí mismo sin ser precedida de ideas y objetivos explícitos.

6.- La antinomia izquierda–derecha como clasificador y estigmatizador de personas, grupos o instituciones. Más allá de ser un pensamiento binario, implica un reduccionismo y un simplismo crónico que no se compadece con la riqueza y complejidad creciente de la sociedad. Es una estrategia del populismo para retroalimentar el relato, simplificador, autodefiniéndose como los “buenos” de la película.

La lista podría seguir, pero como muestra es ilustrativa. Estos y otros mitos hacen a la conformación de un poder simbólico que juega y mucho a la hora de ejercer los derechos cívicos que nos asisten. Mirarnos en estos espejos podría generar un debate acerca de nuestra (in)cultura política. Pero claro, la mediocracia no está interesada en instalar estos temas, sea porque los ignoran o -más profundamente- porque medran y hacen negocios, soslayando algunos mitos y/o exacerbando otros. En el fondo, transcurre el conflicto donde lo medios masivos, del poder, pretenden mantener el statu quo, minimizando el espíritu crítico de la sociedad civil.

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