Woody Allen ofrece otra bocanada de aire fresco
Después de dirigir cuatro filmes en Europa, Woody Allen regresó a su querida Manhattan para filmar esta comedia, entre amable y corrosiva, con un nuevo alter ego que, en la vida real, tiene la misma edad que el director.
Allen escribió el guión en los años setenta para Zero Mostel, con quien había trabajado en El testaferro, pero su muerte en 1977 determinó la postergación del proyecto por más de treinta años.
Encontró un eficaz reemplazante de Mostel en Larry David, un emblemático comediante del humor judío de Nueva York, a quien erige en protagonista y narrador. Un personaje que derriba la cuarta dimensión o "cuarta pared", para hablarle a los espectadores en reiteradas ocasiones.
"Déjenme decirles algo: no soy --confiesa-- un sujeto simpático. Agradar a alguien nunca fue lo mío. Y para que lo sepan: ésta no es la mejor película para sentirse bien. Así que si son de esos idiotas que necesitan sentirse bien, vayan por unos masajes de pies". A buen entendedor...
Así comienza la catarata de reflexiones de este excéntrico personaje llamado Boris Yellnikof. Es un especialista en Física Cuántica y estuvo a punto --dice-- de ganar el Premio Nobel.
El diccionario es insuficiente para conceptuarlo. Entre los calificativos que le cuadran, se pueden mencionar: cascarrabias, misántropo, soberbio, tremendista, hipocondríaco, fóbico y pesimista. Para él, los otros son ignorantes, fracasados o retrasados mentales.
Está jubilado, vive en un edificio antiguo, sufre una renguera por causa de un intento de suicidio y además de destruir clisés y de despotricar contra el mundo y la vida, enseña ajedrez a niños a los que maltrata sin piedad.
La existencia de Boris sufre un quiebre cuando en la puerta de su casa aparece Melody, quien dice venir de Mississippi, haberse fugado de su casa y le solicita algo para comer.
Melody es una joven rubia, ingenua e ignorante que logra que Boris le permita vivir en su casa. Y termina enamorándose de su "sabiduría". Este personaje es interpretado por Evan Rachel Wood, una buena comediante, que le fue recomendada a Allen por su esposa Soon-Yi.
Cuando las acciones decaen, el director introduce en el ruedo a los padres de Melody, quienes están separados, llegan a Nueva York un año después de la fuga de la hija y parece que el aire de la ciudad les produce una extraña liberación.
El padre descubre sentimientos que llevaba en sus repliegues más íntimos y la madre, además de convertirse en artista, ensaya un insólito ménaje á trois, que le hace exclamar al marido: "¡Sabía que no debíamos confiar en el maldito francés!"
A través de Boris, a la postre un ser apasionado y el único que "ve la película completa", Allen expresa sus obsesiones habituales y deja entrever su actual concepción de la vida, del mundo, de la sociedad, el amor, el sexo, la fe y la crisis del matrimonio como institución.
Pero conserva el mismo inconfundible estilo narrativo y demuestra sentirse en Manhattan tan liberado como sus personajes y mucho más relajado que en sus trabajos en Europa.
Los memoriosos que peinan canas seguramente hallarán en este filme afinidades con El búho y la gatita, una comedia sobre un intelectual librero y una prostituta, que en 1970 dirigió Herbert Ross, con Barbra Streisand y George Segal.
En la última secuencia, el director resume su filosofía, explica el sentido del título y sugiere disfrutar del amor que se puede dar y recibir. En suma y aunque no es lo mejor de Woody Allen, es una bocanada de aire fresco en el desastroso panorama del cine en Bahía Blanca.