Lo dio todo

Sangre de bombera: Ludmila fue descalza al cuartel para rescatar a un niño de un pozo de 20 metros

25/9/2021 | 06:30 |

Oyó la radio del cuartel de Bomberos de Coronel Dorrego y salió sin calzado y en pijama. En el lugar del accidente, no dudó. Bajó con cuerdas y cargó a Federico, de 10 años, hasta la superficie. Mamá de dos niños, es voluntaria desde los 18. Su papá fue jefe del cuartel por 22 años.

Ludmila Uribe, hija, prima y sobrina de bomberos.

   Anahí González Pau
   agonzalez@lanueva.com

   Federico Pallero, de 10 años, llegó a la superficie abrazado de la bombera Ludmila Uribe, dejando atrás el pozo de 20 metros en el que había caído, de noche, cuando jugaba en casa de un amigo, en Coronel Dorrego. Ahora, aferrado a aquella mujer de mameluco, casco y cuerdas que lo había guiado dulcemente se sentía a salvo. Tanto que tardó en soltarla. Días atrás, al volver a verla dejó de jugar a la pelota con los amigos para correr a su encuentro. Le dio las gracias y le regaló caramelos y girasoles.

    “Es la experiencia que más feliz me hizo desde que soy bombera”, contó Ludmila Uribe, quien por estas horas no deja de recibir mensajes de afecto y felicitaciones por haber efectuado el rescate.

   “He vivido situaciones muy feas en accidentes y tuve que seguir adelante. Cuando pasan estas cosas, nunca sabés bien a lo que te vas a enfrentar ni tampoco si vas a volver”, señaló.

   Tiene 30 años, es oriunda de Coronel Dorrego y voluntaria del cuartel local desde que terminó la secundaria.

   “Justo cuando cumplí los 18 se abrió la inscripción por primera vez. Parecía un regalito de cumpleaños. Antes no había mujeres”, contó.

   Fue la tercera en inscribirse y hoy es la mujer con más antigüedad en la institución.

    La vocación de servicio viene de familia: su papá Néstor Uribe , fue jefe del cuartel por 22 años y estuvo 42 en actividad.


Ludmila, de seis años, junto a su papá Néstor. Siempre en el ambiente bomberil.

   “Mi papá y mi tío pasaron a la Escuadra de Reserva con más de 25 años de servicio. Mis tres primos son bomberos y también mi pareja. Yo me crié en el cuartel”, contó.

   Se enamoró de Eduardo García, en Huanguelén, cuando hacía sus capacitaciones. Tienen dos hijos juntos: Nahun y Nehuen, de 3 y 8 años.

   Su marido trabaja como camionero y ella hace changas en albañilería y brinda clases de apoyo escolar. Además está siempre atenta a las necesidades de las instituciones del pueblo y colabora con un grupo scout al que perteneció.


Ludmila junto a Eduardo, su compañero, quien también es bombero.

   --¿Cómo conciliás tantas demandas: el trabajo, la maternidad, el servicio?

   --Tengo mucho apoyo de la familia, amigos y vecinos. Si en este momento llega a tocar la sirena, yo estoy sola con mis hijos. Tengo un grupo de Whatsapp en el que aviso cuando tengo una salida de guardia. Siempre alguien me dice “yo voy” o “quedate tranquila”. Mi papá, mi mamá, siempre hay gente que está ayudando. Con hijos cuesta el doble, pero tengo mi rutina y mi gente, que me apoya y me acompaña.

   Cuando uno de sus bebés tenía 4 meses tuvo que partir a un incendio y dejarlo en el cuartel. Aún estaba amamantando. Tenía mamaderas con leche y pañales en su casa, en el cuartel y “por todos lados”.

   
   Ludmila y su pequeño hijo Nahun.

   “Me ha pasado de tener que dejarlos en un mercado. Mi vida es así. Y mis hijos lo entienden. Yo muchas veces le reproché a mi papá. En mi cumpleaños de 15 sonó la sirena y mi papá se tuvo que ir. No quedó nadie. La mayoría de amigos y familiares son bomberos. Y ahí lo entendí”, confió.  

   Aseguró que costó incorporar a la mujer en el cuartel. Al principio les daban tareas como encargarse de las viandas de los bomberos que llegaran de los incendios.

   “Ocupar el espacio que hoy tenemos costó, pero cuando vieron los resultados no volvieron a dudar ni a tener miedo. La mujer labura igual que el hombre. Algunas manejan camionetas de emergencia. Hoy cuando toca la sirena no importa si sos hombre o mujer”, sostuvo.

   El rescate, paso a paso

   Era domingo, Ludmila estaba por acostarse a dormir y escuchó por la radio del cuartel que había caído un menor en un pozo. Estaba de guardia. Le dijo a su marido: “Se cayó un nene”. Y salió hacia el cuartel en pijama y descalza, en el auto. Lloviznaba.

   En vez de ponerse equipo de estructura eligió un mameluco, que es más liviano, dispuesta a descender al pozo, en caso de que fuera necesario.

   Sus compañeros corrían buscando los equipos de rescate y partieron dos dotaciones hacia el lugar del accidente. Al observar el fondo del pozo, Ludmila advirtió que el nene estaba parado.

   “Fue un milagro, no se había lesionado. Todavía no lo puedo creer”, dijo.


Los Uribe. Claudio (primo) Benito (tío) Fabio (primo) Ludmila y su papá Néstor.

   Le pusieron los arneses, los mosquetones, las cuerdas y cuando estaba a punto de bajar se acercó a hablarle el papá del niño, Nicolás Pallero.

   “Resultó ser un amigo de la infancia, del mismo barrio, con quien jugábamos cuando éramos chicos y salíamos a andar en bicicleta”, dijo.

   “Me abrazó y me dijo: ‘Negra, el que está en el pozo es mi bebé, es mi hijo. Confío en vos. te conozco y sé que vas a hacer lo mejor’”.

   Eso le dio un plus de adrenalina. Descendió sostenida por las cuerdas (una de seguridad y otra conectada a un trípode)  Solo veía sombras. El nene no lloraba ni gritaba, solo respondía a las preguntas. El pozo no terminaba más. La cuerda estaba quedando corta.


Con su hermano Nicolás, su papá Néstor y sus hijos Nahun y Nehuen.

   Cuando estaba casi llegando el nene la agarró de los pies, como para ayudarla a bajar.

   Federico estaba ansioso y asustado. Le dolía la cara y tenía miedo.

   “Le dije: ‘Ya está, lo peor ya pasó. Ahora salimos los dos”, contó.

   “Esa criatura tiene una fortaleza admirable”, reflexionó.

   Estaban tan hondo que al mirar para arriba apenas se veían las luces de los cascos.

   “Apenas le dije que lo iba a sacar pegó un salto koala y me abrazó”, contó.

    “Le dije : ‘Vos quedate tranquilo que yo por nada del mundo te voy a soltar’”.

    Y así fue.

    Al llegar a la superficie un bombero agarró al niño y le dijo a Ludmila: “Soltalo que ya lo tengo”. Ludmila ya lo había soltado, pero Federico seguía abrazado.


Nicolás Pallero, papá de Federico, publicó en Facebook: "Podrán pasar tormentas pero nunca jamás dejaremos de ver el sol".

   Finalmente lo llevaron a una ambulancia. Ludmila fue al cuartel, se cambió y se fue al hospital para saber más del niño, a quien lo derivaron a Bahía Blanca para hacer unas placas.

   Llegaron los golpecitos en la espalda de “buen trabajo”, por parte de colegas, policía, vecinos. Había mucha tensión y conmoción. En el cuartel el oficial de servicio felicitó a todos por el excelente trabajo.

   "El trabajo es en equipo. Estoy orgullosa por la institución y por la confianza. Esto es así por la ayuda de mis compañeros", destacó.

   Su papá, bombero de toda la vida, la felicitó y la abrazó con orgullo. Le dijo: “Lú, ¿trabajaste segura?”

    “Siempre me dice que me detenga a pensar veinte veces las cosas, que revise todo y tome precauciones”, contó.

   Ella abrazó a sus hijos y cuando se sentó a comer, sonó la sirena. Un accidente en Ruta 3. Finalmente no era jurisdicción de Dorrego y Ludmila pudo volver a casa.

   Gajes del oficio. Un oficio que, sin dudas, lleva en la sangre.

   "Gracias a vos mi hijo puede festejar dos veces su cumpleaños", le dijo la mamá de Federico, agradecida.

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