Vitivinicultura: la doble encrucijada entre la contracción global y la pérdida de competitividad
Las cantidades exportadas de varietales fraccionados se desplomaron un 36 % entre 2010 y 2026. En la producción, vender más litros no implica, hoy, recuperar el valor exportado ni revierte el deterioro de largo plazo. El informe es de la IERAL.
Periodista. Círculo de Periodistas Deportivos de Bahía Blanca. Fue redactor de la revista Encestando (1985-2000). Desde 1987 trabaja en el diario La Nueva Provincia (hoy La Nueva.). Pasó por las secciones Deportes, La Región y La Ciudad, donde se desempeña actualmente. Está especializado en periodismo agropecuario desde 2001. Miembro de la Asociación Bonaerense de Periodistas Agropecuarios. Responsable de las páginas webs de la Asociación de Ganaderos (AGA) y de Abopa.
Marcado por un fuerte descenso en los volúmenes y precios reales, en medio de un mercado mundial que se achica y donde el país pierde terreno clave frente a sus competidores en los Estados Unidos y Brasil, un pormenorizado informe revela un preocupante retroceso exportador del sector. Para la vitivinicultura argentina, y en especial para la producción de la provincia de Mendoza, que concentra una alta participación en las exportaciones nacionales, el escenario externo se ha vuelto sumamente desafiante.
Las exportaciones de vino no responden a una única causa: por un lado, el mercado mundial se ha debilitado con un consumo global que se encuentra por debajo de sus máximos recientes.
Por el otro, la Argentina también ha perdido terreno de manera drástica dentro del negocio global: tras haber alcanzado un máximo cercano al 4,7 % de las exportaciones mundiales a fines de la década de 2000, la participación del país descendió hasta rondar apenas el 2,1 % en 2025.
Los datos aparecen en el último Informe de Coyuntura Cuyo del Instituto de Estudios Económicos sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL) de la Fundación Mediterránea, denominado Vinos argentinos: menor consumo mundial y menor participación, que realizaron Gustavo Reyes y Jorge Day.
Al analizar las últimas dos décadas se distinguen claramente dos etapas para el sector: un primer período de fuerte crecimiento que alcanzó su techo a comienzos de la década pasada, seguido de un estancamiento y posterior caída que afecta incluso a los segmentos más importantes, como los vinos varietales fraccionados mendocinos.
Al responder si este retroceso obedece a cantidades o a precios, los datos muestran que el principal deterioro estuvo por el lado de los volúmenes. Las cantidades exportadas de varietales fraccionados se desplomaron un 36 % entre el año 2010 y el primer semestre de 2026. A esta caída en las cantidades se suma que los precios reales también se debilitaron: tras un incremento del 24 % hacia mediados de la década pasada, hoy se ubican un 7 % por debajo de su nivel de 2010.
Aunque el primer semestre de 2026 registró un repunte del 14 % en el volumen exportado (impulsado principalmente por el mayor dinamismo de los vinos a granel), el valor de estas ventas apenas subió un 3 % (debido a una caída cercana al 10 % en el precio medio). Esto demuestra que vender más litros no implica necesariamente recuperar el valor exportado ni revierte el deterioro de largo plazo que sufren los vinos fraccionados.
Las menores exportaciones argentinas se producen en un contexto internacional decididamente menos favorable.
El consumo global de vino, que creció durante las décadas de 1990 y 2000, comenzó a disminuir recientemente: desde niveles cercanos a los 244 millones de hectolitros en 2017, cayó hasta unos 208 millones en 2025, lo que representa una baja del 15 %.
Gran parte de esta retracción se explica por la fuerte disminución del consumo en China; sin embargo, incluso excluyendo al gigante asiático de la ecuación, el consumo mundial restante se redujo un 10 % en ese mismo período. Esta menor demanda internacional se traduce en que las importaciones mundiales de vino acumulan caídas en los últimos tres años.
Contraste de mercados clave
La pérdida de participación argentina se hace evidente al observar el desempeño en sus dos principales clientes extranjeros: los Estados Unidos (que absorbe el 24 % de las exportaciones de vino argentino) y Brasil (que representa el 15 %).
Las dinámicas de ambos países muestran las dos caras del problema:
—Los Estados Unidos (mercado débil y pérdida de cuota): las importaciones estadounidenses de vinos fraccionados perdieron dinamismo, registrando una caída del 32 % en once años al comparar los primeros semestres de cada año.
Al mismo tiempo, la Argentina sufrió una pérdida continua de terreno: pasó de abastecer un récord del 8,2 % de esas compras a descender hasta apenas un 3,7 % en el primer semestre de 2026.
La contracción del mercado norteamericano explica una parte de la caída, pero la pérdida de competitividad propia agravó el resultado.
—Brasil (mercado en crecimiento, pero menor participación): a diferencia de los Estados Unidos, las importaciones brasileñas de vinos fraccionados muestran una fuerte tendencia expansiva, pasando de unos 44 millones de dólares a finales de los noventa a cerca de 299 millones de dólares en los primeros siete meses de 2026. Sin embargo, la Argentina no logró acompañar plenamente este auge.
Mientras que a mediados de los años 2000 la cuota de mercado del vino argentino en Brasil alcanzaba el 26 %, luego cayó al 15 % y apenas logró una recuperación parcial hasta el 19 % en 2026. Aquí, la pérdida de terreno no se puede atribuir a un mercado achicado, sino a la incapacidad local para captar la nueva demanda.
Los factores internos
Aunque el contexto internacional influye, la competitividad de la Argentina depende en gran medida de sus condiciones internas.
El tipo de cambio real juega un rol histórico muy importante: el período de fuerte ganancia de mercado coincidió con la mejora del dólar real posterior a 2002, mientras que la posterior apreciación de la moneda local coincidió con la pérdida de terreno.
En julio de 2026, el tipo de cambio real oficial se ubicó en torno a los 1.537 pesos (a precio de ese mes); un valor superior a los momentos de dólar muy barato (como 1996 o 2016), pero sustancialmente menor a la competitividad cambiaria excepcional de los años posteriores a 2002. Un dólar real más bajo se traduce en costos internos y logísticos más altos, elementos críticos para la estructura del negocio exportador de vino.
Finalmente, el sector enfrenta un cambio profundo en la demanda global. Los consumidores internacionales muestran —hoy— una clara preferencia por vinos blancos, rosados, productos más frescos, de menor graduación alcohólica y nuevos formatos, mientras que los tintos tradicionales de precio medio enfrentan una demanda cada vez más débil.
Si la oferta de las bodegas argentinas se adapta con mayor lentitud a estas tendencias, el país corre el riesgo de seguir perdiendo participación internacional, independientemente de la evolución del dólar.