Bahía Blanca | Miércoles, 18 de febrero

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El Palacio de la escuela Normal: el dolor de ya no ser, la fantasía de seguir siendo

Un inmueble con historia que terminó sus días de la peor manera en la esquina de Brown y Villarino

“No hay otros paraísos que los paraíso perdidos”. Jorge Luis Borges.

Pocos ejemplos tan claros y contundentes para entender el significado y los dañinos efectos que puede generar la demolición-perdida de un edificio emblemático como la ocurrida con el palacete que durante 50 años ocupó la Escuela Normal Mixta, en la esquina de Brown y Villarino.

Son miles de alumnos que han perdido su lugar de formación, el espacio que los contuvo, donde generaron amistades y cruzaron aulas y patios durante una de las etapas más trascendentes de sus vidas.

La posibilidad de compartir ese espacio emblemático (“ahí estudié, ahí estudió el abuelo…”) les está vedado. Cuando en 1970 se definió el traslado del establecimiento a nuevas dependencias en 11 de Abril al 400, se decretó también el comienzo del fin del edificio.

El edificio en todo su esplendor, 1930

Baskoien jauregia (El palacio de los vascos): una mansión real

Una primera observación que corresponde hacer sobre el inmueble es que no fue pensado para servir como escuela. El proyecto original estaba lejos de ese funcionamiento.

Fue diseñado en 1908 por el arquitecto vasco-francés Jean-Pierre Passicot (1860-1937) para alojar la sede social de Laurak-bat, la entidad que agrupaba a los vascos residentes en nuestra ciudad.

La obra en construcción, 1909

De allí que desde el principio se hablara del Palacio de los Baskos. Para ese destino fue organizado, con dos canchas de paleta y “una bien atendida distribución de servicios y armonía”, además de tener un aspecto de grandiosidad y “toda la apariencia de una mansión real”.

El emprendimiento no tuvo el mejor final para la entidad. Acuciado por las deudas, el inmueble terminó en manos de una entidad bancaria. Los vascos apenas alcanzaron a organizar un par de partidos de pelota y no más que eso.

La Escuela

“Alegres y entusiastas/¡Alto el corazón!/quiere volar, quiere cantar/¡A la escuela normal!”

Para 1921, la Escuela Normal Mixta, creada en 1906, atravesaba severos problemas edilicios. Había ocupado un par de casonas alquiladas, todas inadecuadas, estrechas y maltrechas. Las promesas de construir un edificio acorde no terminaban de concretarse.

Fue ese año que el ministerio de Instrucción Pública decidió alquilar el palacio de Laurak-bat, propiedad del Banco El Hogar Argentino.

“Se harán las reformas necesarias para su nuevo uso. No será el desiderátum, pero al lado de la casa que ocupaba la escuela resulta una verdadera maravilla, como higiene, ventilación y amplitud”, señaló este diario.

Durante 50 años el establecimiento funcionó en el lugar. En ese tiempo el edificio fue sufriendo las consecuencias del uso, la falta de mantenimiento, la no renovación de sus instalaciones y la carencia de cuidados mínimos. En la década del 60 eran reiterados los reclamos y pedidos por la necesidad de una reparación integral o la mudanza a un nuevo espacio.

Un grupo de egresado, 1920

Para entonces, la Escuela Normal estaba en la órbita de la Universidad Nacional del Sur, que finalmente decidió ampliar las instalaciones de la Escuela de Comercio en calle 11 de abril 441. A ese lugar se trasladó en 1970 la Escuela Normal, allí funciona hasta el día de hoy.

El principio del fin

Como sucede con inmuebles que suman años y de los que nadie se ocupa de mantenerlos, llega un momento en que su recuperación exige inversiones tan importantes que sus propietarios optan por venderlo en las condiciones en que están y sus adquirentes consideran el valor del terreno antes que el del bien.

Se vende: el principio del fin

Puesto a la venta el palacete, el comprador no tuvo dudas y a fines de 1973 comenzó su demolición. Desde entonces, han transcurrido 53 años, la esquina nunca volvió a cobijar edificación alguna.

La demolición en marcha, 1973

Cuando en 2006 la Escuela Normal cumplió cien años, el escenario montado para la entrega de diplomas tenía como fondo un telón con el dibujo del histórico edificio. Ninguno de los estudiantes lo había conocido, pero todos lo reconocían como un símbolo.

La imaginación al poder

Cuando en 1970 se inauguró el curso lectivo en las nuevas aulas, la profesora Haydeé Bermejo Hurtado, directora del establecimiento, señaló: “las flamantes dependencias nos traen más que nunca la nostalgia de la vieja casona. Hemos traído mesas y bancos y también nuestro espíritu”.

¿Hubiese podido salvarse el edificio de Brown y Villarino? Es difícil asegurarlo. Primero, porque debería haber sido adquirido por el Estado Nacional, segundo por la necesidad de una inversión por demás importante para su completa adecuación. Cuando se deja que un bien agonice tanto tiempo es difícil salvarlo en el último minuto.

Puesta en valor del edificio, el deseo que no fue

Solo nos queda entonces imaginar, a través de gráficos y recreaciones digitales, como se vería hoy esa esquina con el edificio remozado, destinado a un uso educacional, dando testimonio de su historia a través de su materialidad, sosteniendo la identidad de muchos, sacando lustre a su condición de ser el lugar donde se formaron decenas de generaciones de maestros.

El sueño de haber permanecido.

La yapa en imágenes

Primera promoción de maestras, 1910. Artemia Perramón, Mercedes López, Juana Dozo, Ana Allegretti, Carolina Toce, Julia Gutiérrez, Magdalena Bayo. Sentadas: Carmen Zurita, Marta Robles Gorriti, Carmen Sobre y Emma Villarruel

La celebración de las bodas de oro, 1956

Estudiantes en la vereda de la escuela, 1964

Un acto en el patio-cancha de paleta de la escuela, 1936