Messi, el final de una historia que también fue nuestra
Desde aquel debut en 2005 hasta la consagración en Qatar, su recorrido quedó ligado a los recuerdos de millones de argentinos.
Periodista y comunicadora. Forma parte del equipo de redacción de La Nueva desde 2022, donde cubre eventos locales, nacionales e internacionales, generando contenido para las ediciones impresa y digital, además de sus redes sociales.
Hay jugadores que se convierten en leyenda después de retirarse. Hay otros que, mientras todavía juegan, empiezan a formar parte de algo mucho más difícil de explicar: la memoria de quienes los vieron crecer.
Lionel Messi pertenece a esa segunda categoría.
Por eso la despedida de hoy tiene algo diferente. No se trata solamente de que el mejor futbolista argentino de las últimas décadas deje la Selección, sino también de cerrar un período que, para millones de personas, atravesó la infancia, la adolescencia y la adultez.
Cuando Messi apareció con la camiseta argentina todavía era un chico. Muchos de quienes hoy lo miran despedirse, también.
Su debut con la Selección mayor ocurrió en 2005, cuando tenía apenas 18 años. Aquella presentación ante Hungría duró menos de un minuto: entró, recibió una falta y fue expulsado 47 segundos después. Era imposible imaginar que aquel episodio extraño sería el comienzo de una historia que terminaría con la conquista de los Juegos Olímpicos, dos Copas América, una Finalissima y, finalmente, la Copa del Mundo.
En el medio hubo de todo, claro: noches gloriosas y derrotas que parecían interminables, finales perdidas, críticas, comparaciones, discusiones sobre su rendimiento con la camiseta argentina y hasta un momento en el que el propio Messi anunció que dejaba la Selección, que bajaba los brazos.
Para quienes crecimos durante esos años, el fútbol argentino también estuvo marcado por preguntas que no parábamos de escuchar. ¿Podía Messi hacer con Argentina lo mismo que hacía en Barcelona? ¿Podía ganar un título importante? ¿Podía, finalmente, ocupar en la Selección el lugar que ya tenía en la historia del fútbol? ¿Podía ser Maradona?
La respuesta llegó de a poco.
Primero fue aquel Maracaná semivacío de 2021, con la Copa América que terminó con una espera de 28 años. Después llegó la Finalissima y, finalmente, Qatar.
El 18 de diciembre de 2022 cambió para siempre la manera en que se cuenta la historia de Messi con la Selección. En Lusail, después de una final que tuvo prácticamente todos los capítulos posibles, levantó la Copa del Mundo.
Aquel título no significó solamente que Argentina volviera a ser campeona después de 36 años; también modificó para siempre el vínculo entre Messi y una generación entera.
Los más chicos lo vivieron de otra manera. Para muchos de ellos, Messi no es el futbolista al que hubo que defender durante años. No conocieron las finales perdidas ni tuvieron que esperar para saber si algún día levantaría la Copa. Lo vieron hacerlo.
Lo vieron entrar a una cancha con la camiseta número 10, recibir la pelota y generar esa expectativa tan particular que aparece cuando juega un futbolista capaz de hacer algo que nadie más puede anticipar. Lo vieron besar la Copa del Mundo, llorar y levantarla.
Para ellos, Messi forma parte del paisaje: está en las camisetas que usan para jugar, en las figuritas, en los videos y en las conversaciones después de un partido. Está en esa costumbre infantil de elegir al 10 cuando toca repartir equipos, aunque después nadie tenga una zurda parecida.
Es probable que recién dentro de muchos años puedan dimensionar lo que significó haberlo visto jugar en vivo, al mismo tiempo que ellos crecían.
A nosotros nos pasa algo parecido, pero desde otro lugar, porque vimos todo el recorrido.
Vimos al chico de pelo largo, al delantero que aparecía en Barcelona y empezaba a romper récords, al jugador que hacía cosas imposibles con una pelota pegada al pie. Vimos cómo se convirtió en capitán y cómo, con los años, dejó de ser simplemente el heredero de una camiseta para convertirse en el dueño de una historia propia.
También vimos el paso del tiempo y esa es, quizás, una de las razones por las que esta despedida conmueve tanto.
Messi estuvo durante una porción enorme de nuestras vidas. Estuvo cuando éramos más chicos, cuando empezábamos a trabajar, cuando formábamos una familia. Estuvo en Mundiales que miramos con amigos, con nuestros padres, con nuestros hijos. Estuvo en esas reuniones en las que nadie necesitaba explicar por qué había que llegar a tiempo para ver el partido.
Durante años hubo una certeza sencilla: si jugaba Messi, algo podía pasar. A veces era un gol; otras, un pase imposible, una gambeta, una pelota al ángulo o un tiro libre. Incluso podía ser una derrota en la que, pese a todo, quedaba la sensación de haber visto algo extraordinario.
Los números cuentan una parte de esa historia. Messi se despide como el máximo goleador histórico y el futbolista con más partidos disputados con Argentina. Y con decenas de records más. Pero ninguna estadística alcanzará para medir la dimensión cotidiana que tuvo su presencia.
No hay registro para los chicos que empezaron a jugar al fútbol imitándolo, ni para las familias que se reunieron frente a un televisor, ni para las personas que se abrazaron después de un gol. Tampoco para quienes, simplemente, encontraron en sus partidos una forma de volver por un rato a una época más sencilla.
Hoy, cuando Messi se ponga la camiseta celeste y blanca por última vez, seguramente habrá una mezcla extraña de orgullo y nostalgia.
En el Monumental estarán quienes llegaron hasta allí para despedirlo. En otros lugares, millones harán lo mismo frente a una pantalla. Y entre ellos habrá chicos que todavía no entiendan completamente por qué una despedida deportiva puede emocionar tanto.
Cuando vean videos de aquella época, cuando alguien les cuente cómo fue el Mundial de Qatar, cuando descubran que hubo años en los que Argentina buscaba una Copa que parecía cada vez más lejana y conozcan las historias de las finales perdidas, quizás entiendan algo más. Descubrirán que aquel jugador que hoy les parece inevitable alguna vez también tuvo que soportar dudas y derrotas.
Entonces quizás comprendan que no estaban viendo solamente a un futbolista. Estaban viendo una época.
Messi no solamente ganó títulos, también acompañó el paso del tiempo de quienes lo miramos. Por eso hoy, cuando termine el partido y su camiseta deje de aparecer en la Selección, no se va a ir únicamente un jugador: se va a cerrar una historia que empezó hace más de dos décadas y que, para muchos de nosotros, ocurrió al mismo tiempo que la nuestra.