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Nora Peresevalli, la maestra de White que todavía escucha el “¡señorita!” de sus alumnos

Se recibió en 1956 y comenzó a enseñar al año siguiente. Pasó por el Colegio Sarmiento, escuelas rurales y la Escuela Primaria Nº 13, donde había sido alumna y terminó su carrera como directora.

Fotos: Rodrigo García-La Nueva.

Cuando era chica, Nora Peresevalli convertía el patio de su casa en un aula imaginaria. Su papá, Francisco, le había fabricado unos palos que ella acomodaba como si fueran alumnos y, frente a ellos, jugaba a ser maestra. Décadas después, aquella niña de Ingeniero White cumpliría su sueño de dedicar su vida a la enseñanza, pasar por distintas escuelas y regresar a la Nº 13, donde había sido alumna.

Hoy, jubilada desde 1988, conserva los recuerdos de aquella trayectoria y todavía se encuentra con antiguos estudiantes que, aunque los años hayan pasado, la siguen llamando “señorita”.

La historia de Nora con la enseñanza comenzó mucho antes de su primer nombramiento. Cuando era chica, en su casa de Ingeniero White, ya jugaba a dar clases. Su papá, Francisco Persevalli, ferroviario, le había fabricado unos palos que ella colocaba en el patio como si fueran alumnos. Los acomodaba, imaginaba la clase y se ponía en el papel de la maestra.

"Siempre dije que quería ser maestra. No fue una vocación que descubrí de grande ni una decisión tomada por descarte. Desde muy chica supe que quería dedicarme a enseñar", afirma Nora con una sonrisa que la traslada al pasado.

Nora había cursado la primaria en la Escuela Nº 13 de Ingeniero White, a la que iba desde su casa de la calle Plunkett 3557. Su mamá, Leonor Peyssé, y su papá acompañaron aquella formación que luego continuó en la Escuela Normal de Bahía Blanca.

Entre 1951 y 1956 cursó los cinco años que entonces se necesitaban para recibirse de maestra. Cada jornada implicaba una rutina exigente, porque salía de White en tren a las 7 de la mañana, llegaba a Bahía y caminaba hasta la escuela, ubicada en la esquina de Villarino y Brown.

"Las clases empezaban a las 8 y el regreso era en el tren de las 13.30. Recién cerca de las 14 estaba otra vez en mi casa. Por la tarde seguía con las clases de piano y después había que hacer los deberes", apunta.

Así, los horarios se volvieron difíciles de sostener, por lo que sus padres la hicieron elegir entre continuar con esa actividad o concentrarse en aquello que podía convertirse en su futuro laboral.

"Mi respuesta estaba clara; quería enseñar", asegura.

En diciembre de 1956 obtuvo el título y apenas seis meses después llegó la oportunidad que esperaba.

"El 21 de junio de 1957 me convocaron del Colegio Sarmiento, en Ingeniero White, porque necesitaban una maestra. El Colegio estaba ubicado en la esquina de Guillermo Torres y Sisco, donde funcionaba desde 1926. Era un edificio de chapa y madera, precario pero con todo lo necesario para poder enseñar", aclara Nora, mientras señala que en 1987 la institución se trasladó a su actual edificio de Sisco 3547. 

Le asignaron tercer grado y permaneció cuatro años en el establecimiento.

"No era una elección casual, siempre me sentí más cómoda con los alumnos mayores. Las condiciones de trabajo eran muy diferentes de las actuales. En invierno, el frío se metía en las aulas y no había estufas para combatirlo. Con un tapado daba clase y escribía en el pizarrón, con las manos duras, pero no importaba, porque las ganas me podían y había que escribir", recuerda.

Los chicos permanecían con sus abrigos puestos y el rocío de la noche podía filtrarse por el techo, lo que hacía que las mañanas fueran realmente difíciles.

"La escuela era privada y los estudiantes debían rendir examen a fin de año ante maestras de la Escuela Nº 2 de Bahía Blanca. Por eso había que prepararlos muy bien, estar encima en cada detalle", cuenta Nora.

La exigencia también se notaba en los contenidos.

"Las tablas de multiplicar se aprendían de memoria y las prácticas de escritura ocupaban un lugar importante. Mis alumnos realizaban cuadernillos de letra gótica y redondilla, con una prolijidad que formaba parte de la identidad del colegio", subraya.

A Nora, que siempre disfrutó de las matemáticas, todavía le gusta ejercitar la mente.

"Hago sudokus, resuelvo juegos numéricos y llevo mis propias cuentas en una papel o cuadernillo. Me gusta saber lo que tengo y lo que me queda, pero las cuentas me tienen que coincidir”, dice, entre risas, con el mismo rigor que seguramente esperaba de sus estudiantes.

También recuerda una época en la que, a su entender, había una relación diferente entre docentes y alumnos.

"Tenía apenas 18 años cuando empecé a trabajar y mis estudiantes rondaban los 9. La diferencia de edad era pequeña, pero la autoridad de la maestra era indiscutible, se hacía notar. Cuando era la hora de clase, era la hora de clase", resume.

"Los chicos entraban al aula, se sentaban y escuchaban. En los actos escolares, además, se practicaban los desfiles en el patio, se formaban las escuadras y se cuidaba cada detalle de la presentación. Las niñas llevaban pollera y guardapolvo; los varones, pantalones cortos. Para salir a desfilar, todos debían estar prolijos y mantener la distancia, que se medía con el brazo estirado para amar filas bien ordenadas", afirma.

Después de aquellos primeros años, su vida tomó otro rumbo. En marzo de 1961 se casó con Edgardo Gardellini, también de White, y se mudó a la localidad de Saavedra, donde su marido había conseguido una vacante mejor como tornero ferroviario.

"Allí estuvimos un año y trabajé en la oficina de una sala del Hospital Ferroviario, aunque extrañaba la docencia. Pasaban los trenes con gente de Bahía y me reconocían, nos saludábamos", cuenta.

Cuando regresó a Ingeniero White, nació su primera hija, Adriana, en febrero de 1962. Como el puesto que había ocupado en el Colegio Sarmiento ya estaba cubierto, comenzó a inscribirse para obtener nuevas designaciones. Así llegó a Médanos, donde trabajó tres años en la escuela rural Nº 24.

"Luego hice un cambio con una docente que que quería ir a vivir a Médanos y que daba clases en Villa Harding Green. Ahí me quedé otros tres años. En la escuela rural tuve alumnos de distintos grados en una misma clase, donde coincidian alumnos de primero, segundo y tercer grado. Pero era todo muy cercano, el respeto se imponía", acota.

"Recuerdo que iba a Médanos a las 10 de la mañana y volvíamos a las 17. En ese interín, como yo había hecho un curso de cocia y repostería, me ofrecieron una bacante en la Escuela Profesional de General Cerri, recién creada, y una de las materias era el curso de cocina. La única que estaba en condiciones con el título de docente y el de cocina era yo. Me lo ofrecieron y acepté porque en ese momento estábamos levantando nuestra casa en White", subraya.

"Cuando volvía de Médanos me bajaba en el acceso a Cerri y tomaba la 19. Terminaba de dar clases después de las 21 y llegaba a mi casa alrededor de las 22. En esos días, mi mamá se ocupaba de cuidar a Adriana y me esperaba con la comida preparada", dice.

Finalmente, alrededor de 1970, consiguió una vacante en la Escuela Nº 13. Era el regreso a la institución donde había aprendido a leer, escribir y hacer las primeras cuentas.

"Volví como maestra y me quedé hasta 1988, cuando llegó la jubilación, aunque antes tuve el privilegio de pasar por la vicedirección y la dirección. Los últimos cinco años estuve al frente de la escuela y tenía alrededor de 14 docentes a cargo. Era una etapa de trabajo compartido, en el que muchas de mis compañeras eran también vecinas de Ingeniero White", confirma.

"Había que trabajar como una familia", dice.

Esa idea se reflejaba también en su forma de resolver los problemas escolares. Cuando la entrevistaron para un cargo directivo, le preguntaron a Nora dónde solucionaría un conflicto.

"Mi respuesta fue contundente: 'Adentro de la escuela. No le llevo el problemita a la inspección'. Si había una dificultad con un alumno, citaba a los padres y conversaba con ellos en la dirección, con la presencia de otro integrante del equipo directivo. Para mi el diálogo y la responsabilidad eran parte inseparable de la tarea de enseñar", asevera.

Se jubiló a los 50 años, después de tres décadas de trabajo, pero no recuerda aquel momento como una despedida dramática.

"El último acto de fin de curso terminó y me pareció que comenzaban las vacaciones. Recién en marzo, cuando los demás regresaron a las aulas y yo ya no tuvo que hacerlo, tomé verdadera dimensión de que mi vida laboral había cambiado", cuenta.

Lo aceptó bien. Sus hijas, Adriana y Gabriela, y sus nietos -Gastón, Hernán y Julieta- ocuparon un lugar central en la nueva etapa.

"Adriana trabajó durante 30 años como obstetra, mientras que Gabriela siguió vinculada a la enseñanza y es profesora de Biología en el Colegio Sarmiento. También está mis bisnieto, que son Valentín, hijo de Gastón y Estefanía", dice orgullosa.

Nora, mientras tanto, nunca dejó de sentirse parte de Ingeniero White. Sigue yendo a la localidad y durante cuatro años participó del Taller de la Memoria en el Centro de Jubilados. Sin embargo, reconoce que ya no visita las escuelas como antes. Las instituciones cambiaron, las personas se fueron renovando y parte de aquella historia compartida quedó en manos de quienes la vivieron.

"Cuando la Escuela Nº 13 cumplió 100 años me invitaron a participar de la celebración. Veinte años después, para el aniversario número 120 no fui invitada, pero es entendible porque ya no hay tanto personal de White, sino de los alrededores", reflexiona.

"En uno de los actos se acercó un exalumno y me gritó ¡señorita!, pero le dije callate, que ya no soy tu maestra. Era Omar (Schbib), el 'Turco', de quien tantos recuerdos tengo porque es una excelente persona, aunque de chico me hacía renergar un poco (risas)", recuerda.

Nora conserva su propio archivo de recuerdos. Del Colegio Sarmiento llegó a reunir más de 50 apellidos de alumnos a los que había enseñado, una lista que fue reconstruyendo con el paso de los años. Cada nombre es una puerta que puede abrirse hacia una anécdota, una familia o una historia de la localidad.

"También mis amistades de toda la vida, docentes que ocupan un lugar importante en mi corazón, siempre están presentes. No me quiero olvidar de saludar a Norma, Lidia, Elba y Amelia", finaliza.

La matemática sigue acompañándola, al igual que la curiosidad y la costumbre de mantener la mente activa.

Hoy, cuando alguno de sus antiguos alumnos la encuentra por la calle y vuelve a llamarla "señorita", Nora se ríe y le recuerda que el tiempo también pasó para ella. Para muchos sigue siendo la maestra que alguna vez estuvo frente al pizarrón, con el tapado puesto en invierno y las manos frías, dispuesta a seguir enseñando.

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