Bahía Blanca | Viernes, 27 de enero

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Jóvenes bahienses en el exterior: ¿Por qué se fueron? ¿Volverán?

La mayoría dice que en la Argentina faltan oportunidades laborales. Y que las crisis recurrentes no permiten avizorar un futuro. Estas razones presumen más migración y menos regresos a casa. ¿Hay excepciones? Sí.

Pasaportes y pasajes en mano; indispensables. / Fotos: Pablo Presti-La Nueva. y gentileza familias Carrera Hurst, Felder, Vargas, Vera y Rueda
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Audionota: Malena Ruppel (LU2)

   “Mi forma de pensar, vivir, trabajar y proyectar la vida es completamente funcional a este país. No me imagino en otro sitio que no sea Nueva York, u otra ciudad de los Estados Unidos. Este lugar cambió mi vida y mi persona; hoy es mi casa”.

   Para Camila Carrera Hurst no existen muchas chances de regresar a Bahía Blanca, al menos en lo inmediato.

   “Sólo volvería a visitar a mi familia y para unas vacaciones. Incluso, ahora no voy desde 2018”, dice.

   Esta es sólo una historia de las tantas que, cada vez más a menudo, conocemos de jóvenes bahienses que deciden que su futuro (acaso ya ni siquiera promisorio) está en un sitio lejano a su zona de confort y arraigo familiar y afectivo.

   La principal razón está relacionada, según dicen los propios migrantes, a la falta de oportunidades laborales y al desgaste que provocan las recurrentes crisis económicas, más allá de la coyuntura por la pandemia.

                                                                                                  ***

   Camila Carrera Hurst se fue de nuestra ciudad en noviembre de 2018. Lo hizo como parte de un programa de intercambio cultural denominado Au Pair.

   “A través de una agencia de niñeras te buscan una familia en los Estados Unidos para que vivas y trabajes en su casa”, cuenta.

   “Dentro del programa tenés la posibilidad de hacer cursos en la universidad, pagados por la propia familia; auto propio y hasta tiempo libre para viajar y conocer el país”, repasa.

Camila Carrera Hurst vive en Nueva York.

   “El beneficio más importante del programa es mejorar el idioma. Desde que llegue no paré de hablar, leer y escribir en inglés, para absorber el acento y hasta la jerga”, sonríe.

   Camila también dijo que vivir sola en otro país —bajo este plan— le dio la posibilidad de conocer personas de todas partes del mundo y establecer contactos para un futuro laboral.

Camila vive hoy de su profesión: maquilladora profesional.

   “Acá no hay que perder el tiempo y se debe aprovechar cada oportunidad con cada persona que uno conozca”, afirma.

   “Mi contrato con la familia donde trabajaba se terminó a los 2 años y medio. Igualmente, es mi sponsor y quien me permite tener una visa de trabajo y residencia legal en el país”, admite.

   “Hoy me siento muy feliz. Fue un proceso difícil de adaptación que valió la pena”, admite.

Guillermo Carrera (izq.), Miriam Hurst, Camila y Agustín, en 2018, antes de tomar el avión a Nueva York.

   “Actualmente ejerzo mi otra profesión, ya que soy maquilladora profesional. Trabajo en fashion weeks, shows privados, gráfica, con novias y modelos”, enumera.

   Camila, de 27 años, nació en el barrio Santa Margarita y fue al Colegio San Cayetano. Es hermana de Agustín y sus padres son Miriam Hurst y Guillermo Carrera.

En Haifa, Israel

   En el año 2020, Tomás Felder se recibió de ingeniero en Sistemas de Información por la Universidad Nacional del Sur (UNS). Llegó a Israel en septiembre de ese mismo año, a través de un programa —de cinco meses— para estudiar hebreo.

   “Ya tenía una buena base de Bahía Blanca, pero me sirvió para fortalecerlo (al idioma). Viví en Haifa, cerca de Tel Aviv, donde resido ahora con un amigo. Estoy trabajando en mi especialidad en una empresa de comunicaciones en desarrollo de aplicaciones móviles con juegos interactivos para la televisión”, cuenta.

   “¿Por qué me fui? Mi vida siempre estuvo ligada al judaísmo en las escuelas y en el movimiento juvenil bahiense. E Israel era siempre parte de mi vida. En 2014, cuando terminé el secundario, estuve un año; luego hice una pasantía. Y en este último tiempo pensé que sería una buena opción continuar mi vida allí una vez finalizados los estudios”, recuerda.

   “Es un país donde me siento identificado, porque puedo llevar la vida judía que me gusta y con la cual estoy cómodo”, dice.

   “Además, Israel tiene un fuerte progreso económico y ofrece muchas posibilidades de trabajo, especialmente en mi área y puedo progresar. Incluso, para 2022 planeo seguir estudiando algún posgrado en las ciencias de la comunicación”, explica.

“Hoy estoy contento. Me pude instalar, tengo un sueldo muy bueno y vivo bien y sin complicaciones. Pretendo que todo continúe así”, añade Tomás.

   “Otra de las facilidades es que recibís una ayuda económica del Estado durante los primeros seis meses. Con ese dinero pude sostener el instituto donde estudié hebreo y hasta el alojamiento donde estábamos”, relata.

   “Incluso, ya con la nacionalidad, tenés acceso a descuentos en determinados impuestos, como Ganancias y algunos municipales, a fin de acceder a un auto o a una vivienda”, concluye.

   Tomás vivió siempre en el barrio Palihue de nuestra ciudad. Hizo la primaria en la Escuela N º 39 y el secundario en el Ciclo Básico y en la Escuela Normal. Tiene dos hermanas mellizas: Meital y Abiela, y sus padres son Hilda y Manuel. Su novia, quien está en Israel, se llama Dana.

En Berlín, Alemania

   El primer destino de Selene Rueda fue Copenhague, Dinamarca, en el año 2016. A través del programa Work and Travel, allí trabajó de chef —su profesión— y, en 2017, se radicó en Berlín, Alemania.

   “Más que irme de la Argentina, escapé”, dice ahora, sin dar mucho margen para eventuales interpretaciones.

   “Creo que la ciudad en donde vivía (por Bahía Blanca) me empezó a quedar chica respecto de mi proyecto de vida. Y no estoy diciendo nada nuevo, ya que en la Argentina nada es sencillo a la hora de hacer planes”, agrega.

   “¿Qué me molestaba? La situación del país; es algo constante”, describe.

   “Los problemas políticos, económicos, sociales; es un caos del cual uno nunca puede escapar. Esas son las razones por las cuales tomé la decisión de irme. Desde ya, no me arrepiento ni un solo día”, explica.

Selene es chef y está en Berlín desde 2017.

   “Trabajo de mi profesión y he estado siempre muy cómoda. Por supuesto que la epidemia nos llegó a todos y no fue nada placentero, pero estoy agradecida de vivir acá, en este momento especial. Por la crisis sanitaria nos han dado oportunidades y el Estado está siempre presente”, indica Selene.

   “Hoy de a poco todo va volviendo a la normalidad, aunque todavía no se sabe qué va a pasar (con el coronavirus). Pero mientras tanto es bueno disfrutar en la actualidad del antiguo Berlín, un lugar lleno de vida, así como de residir en esta ciudad hermosa”, añade.

“¿Por qué me voy a ir de acá? Berlín me dio la libertad y la tranquilidad que nunca pude sentir en la Argentina”, comenta.

   “No he pensado en la posibilidad de volver. En tal caso, la pregunta sería: ¿Por qué me voy a ir de acá? Berlín me dio la libertad y la tranquilidad que nunca pude sentir en la Argentina”, comenta.

   “Obviamente, tengo una clara respuesta de mi impagable familia y de mis amigos, pero para mí sería imposible vivir en un lugar en el cual no me sienta feliz”, concluye la joven de 28 años.

Jano (izq.), Mirna Urban, Selene y Guillermo D. Rueda, en 2017, antes de marcharse a Berlín.

   Selene vivió en el centro y en el barrio de Prensa; estudió en la Escuela Nº 69 del Patagonia; en San Vicente de Paul y egresó del Colegio Nacional. Se recibió de chef en el Colegio Pedro Goyena. Tiene un hermano: Jano (24) y sus padres son Mirna Urban y Guillermo D. Rueda.

En Verona, Italia

   “En realidad, mi idea no era irme de la Argentina”, dice Julieta Vera, quien reside en la ciudad italiana de Verona desde 2014.

   “Tenía ganas de viajar y, en 2009, compré un pasaje a Costa Rica, un lugar del que me enamoré. Viví en Santa Teresa, una localidad pequeña que ha crecido mucho. Es un sitio con playa, muy lindo, como un paraíso en el mundo. Trabajé allí; luego me fui a Bocas del Toro, en Panamá, pero regresé a Santa Teresa, donde permanecí varios años”, relata.

Julieta, Alessandro y Gino, de vacaciones.

   “Hasta que en un momento conocí a mi pareja de hoy, Alessandro, quien es de Verona. Ale está hoy a cargo de un restorán. Antes tuvimos en bar en Costa Rica y trabajamos un tiempo en España”, añade.

   “Verona es muy linda. En este momento no estoy trabajando por la pandemia, pero generalmente lo hago en restorans. Estuve en uno español, en el centro veronés, pero ahora me tomé una pausa”, comenta.

Julieta Vera, con sus padres Silvia y Aldo, y Gino. 

   “Cuando Gino (el hijo de 3 años que tienen con Alessandro) empiece la escuela volveré a trabajar. Este tiempo lo utilicé para hacer cursos de perfeccionamiento y demás”. sostiene.

   “¿Si regresaría a Bahía Blanca? Sí. Tranquilamente”, asegura.

“Todos nos dicen que no volvamos por la crisis recurrente, pero a veces hay cosas que tiran un poco más. Crisis va a haber siempre. Crecí en la Argentina y sé qué significa eso; conozco el paño”, comenta.

   “Lo importante es estar bien, tener la familia cerca y eso se valoriza un poco más cuando estás afuera. Lo importante es aprender a convivir con la crisis para superar esos obstáculos”, amplía la joven bahiense.

   “Hoy, los padres de Ale (por su pareja) tienen algunos temas de salud y por eso estamos un poco frenados, pero la verdad es que no somos de quedarnos tranquilos en un lugar”, explica.

Julieta Vera (arriba) y su familia, en el verano de 2019 en Bahía Blanca.

   Julieta creció en Lavalle al 100. Desde el jardín hasta la secundaria, fue a La Inmaculada, al igual que sus hermanas Leticia (vive en Costa Rica) y Sofía (quien sigue en nuestra ciudad). Sus padres, hoy jubilados, son Silvia y Aldo Vera. La última vez que estuvo en Bahía Blanca fue en 2019, cuando Gino cumplió un año.

En México DF

   Con el sueño de ser actriz a cuestas, Daniela Vargas decidió irse —a los 28 años— de Bahía Blanca. En primer lugar, hacia Buenos Aires.

   “En mis primeros tiempos recuerdo haber comido una vez al día para pagar las clases de la prestigiosa Joy Morris, quien venía del Actor’s Studio de Los Angeles”, recuerda.

Algunas de las producciones comerciales en las que participó Daniela Vargas.

   “Pero pronto tuve la fortuna de acceder a castings de comerciales, de cine y de tevé. Desde entonces sólo he trabajado de mi profesión, pasando desde teatro, tiras televisivas, cine nacional e internacional y hasta programas en tevé abierta”, agrega.

   “Pero en 2016, motivada por otra iniciativa personal, decidí instalarme en México para dar mis primeros pasos como productora audiovisual”, agrega Daniela, quien es profesora de actuación frente a cámara y productora audiovisual.

   “Me asocié y fundamos una escuela de actuación en cine y televisión. Me gusta la idea de expandir mis horizontes y acá, justamente, encontré un mercado internacional, más oportunidades de audiciones y la bendición de contar con una manager que, al día de hoy, maneja mi carrera”, añade.

En la ciudad de Taxco, estado de Guerrero, al suroeste de México DF.

   “Siempre estoy agradecida por las experiencias, las oportunidades y las enseñanzas de mis maestros en la Argentina, principalmente a los talleres gratuitos que brindaba la municipalidad de Bahía Blanca que, de alguna manera, fueron el impulso para animarme a dejar mi ciudad y a tomar la actuación como una profesión”, sostiene Daniela.

“Por ahora no pienso volver. Tengo muchos compromisos laborales aquí. ¿La Argentina? Me apena mucho la situación actual de mi país y cómo repercute en todos los sectores”, dice.

   “Por la pandemia, este último tiempo ha sido muy difícil. En México se decidió seguir con las propuestas audiovisuales con estrictos protocolos de prevención y cuidado y, para muchos que están en mi situación de extranjera, este fue un motivo más que válido para no volver”, explica.

   “Aunque siempre está la ilusión de estar cerca de los afectos y nunca dejamos de soñar con una Argentina próspera y llena de oportunidades. Igual, ahora parece que tendremos que esperar...”, concluye.

Daniela Vargas, junto a su hermano Diego y sus padres Rosa María y Jorge.

   Daniela se crió en el centro, fue a la Escuela Nº 6, luego al Colegio Pedro Goyena e hizo la carrera de profesorado de inglés en el Instituto Superior Juan XXIII.

   La familia Vargas, que hoy reside en el barrio Villa Belgrano de Bahía Blanca, se compone de su madre Rosa María y de su padre Jorge; sus hermano Diego y Juan Alejandro (hace 30 años que vive en España) y un sobrino: Francisco. La joven pasó por la ciudad en 2020, unas semanas antes de que comience la pandemia.

Columna de opinión

Ezeiza

Por Guillermo D. Rueda (*)

   ¿Cuándo se empezaron a ir los jóvenes al exterior en busca de un futuro (promisorio)? ¿Fue en el verano 2001/2002, en que la crisis económica del gobierno de la Alianza hizo eclosión? ¿O en 2019, cuando retornó el kirchnerismo al poder tras la pausa de cuatro años de Cambiemos? En realidad, es una libre interpretación, acaso más ligada a una lógica de la economía y de la (in)seguridad de cada momento que a una cuestión ideológica. Pero sí hay una coincidencia: en este último tiempo en nuestro país casi siempre ha existido convivencia (y connivencia) con un formato parecido al caos.

   Para los jóvenes, la situación parece tener una certeza de salida (léase Ezeiza) así como imprecisión —inicial, cuando se deciden— de la llegada: desde algún sitio de España, pasando por Israel hasta algún país oceánico.

   La decisión que postergamos oportunamente los mayores de 50 años, porque volvimos a soñar con un país grande a partir del 10 de diciembre de 1983 con el regreso de la democracia, hoy la toman estos jóvenes; nuestros hijos.

   El mundo vertiginoso de hoy no admite —dicen ellos mismos— esperanzas de un futuro mejor como las prometidas en la Argentina una y otra vez, al tiempo que las posibilidades de acceder a un empleo y a un desarrollo personal, más allá de las capacidades y los estudios (en el mundo sí reconocidas), son cada vez más escasas.

   No todos los jóvenes se quieren ir; algunos tampoco pueden. Pero lo que no se deja de observar es que, justamente, la mirada hacia Ezeiza a la hora de planificar un futuro (una vida lejos de los afectos) se ha internalizado en las familias argentinas.

(*): Redactor de La Nueva. / grueda@lanueva.com